• Mauricio Muñoz Escalante*

El fracaso de la casa en el suburbio


Foto: Archivo Personal. Condominio Altamurani, ubicado en el oriente de Neiva.

—El gran problema va a estar en México, en Honduras, en Bangladesh…

El que habla es el historiador israelí Yuval Noah Harari. Está frente a una audiencia de 3.500 personas. Es jueves, 13 de septiembre y la noche es fresca. El termostato marca 17°C.

Exactamente un mes después, el sábado 13 de octubre, como si sus palabras se hubieran expandido como una profecía, 3.000 personas en Honduras salen de San Pedro Sula caminando con el único propósito de cruzar la frontera estadounidense, más de 3.000 km al norte. Pero Yuval no es brujo. Su argumento es que la automatización va a desencadenar la red global de comercio, y que los eslabones más débiles serán lo que más sufran:

—Se producirá una riqueza enorme aquí San Francisco, en Silicon Valley —dice—, pero la economía de países enteros puede colapsar completamente, pues lo que ellos saben hacer ya no lo necesita nadie.

Por la mente de los asistentes (que pagaron 2.626 lempiras por cada boleta en promedio, equivalentes al 30% del salario mínimo mensual de los hondureños) pasan raudas las imágenes de las películas en las que hordas de muertos vivientes asolan pueblos enteros de gente atemorizada.

Al otro día, el domingo 14 de octubre, la AFP informa que los caminantes van en Ocotepeque.

En el auditorio, una mujer en el puesto G-6 le escribe por whatsapp a su amiga en el balcón derecho, «Me hace acordar de La caverna», y la otra mujer, en la silla RB-02, le responde, «Me suena más a Ensayo sobre la ceguera». Ambas están en un club de lectura que se dedicó el último mes a las obras de José Saramago. «No salimos porque queramos sino expulsados por la violencia y la pobreza», dice el afiche que invita a la marcha en Facebook.

En los noticieros gringos entrevistan a personas de pequeños pueblos de la frontera que hacen planes para encerrarse en sus casas para protegerse de la turba.

—¿Por qué la culpa es nuestra y no de la gente de Honduras?—se pregunta uno de ellos—. ¿Qué culpa tenemos de que ellos no hayan podido inventarse ni un bombillo y no tengan nada en qué trabajar? Yo soy empleado de una fábrica de chips para teléfonos celulares, como los que ellos usan allá en sus países.

En Zacapa, Guatemala (donde ya va la marcha), los políticos de derecha dicen que la culpa es de la izquierda hondureña, de los del partido de Manuel Zelaya, o más específicamente de Bartolo Fuentes, que fue el que incitó al pueblo a la insurrección.

En Londres, donde ya llegó la noticia, un académico invitado a un panel de opinión dice que Honduras fue un lugar particularmente difícil para los conquistadores españoles.

—Hay una frase famosa que le dijo el monarca español Carlos V para poner fin a las aventuras de Hernán Cortés en 1524, cuando éste, después de fracasar con sus dos enviados anteriores, Pedro de Alvarado y Cristóbal de Olid, salió de México a la cabeza de una expedición que duró cerca de dos años y, tras miles de peligros y privaciones por semejante geografía, terminó en Trujillo: «¡No te metas en honduras!»

— ¿En el país? — pregunta el moderador.

— No — responde el profesor —. «Honduras» en ese contexto quiere decir «No te metas en problemas». Es un juego de palabras.

Todos los presentes dejan salir una sonrisa, reconociendo la ironía de la situación.

— La irrelevancia será un gran problema—dice Harari en San Francisco—. Hace un siglo una persona del común sentía que existían unas élites que lo explotaban, pero ahora el sentimiento creciente es que hay unas élites que simplemente no lo necesitan.

Frente a él está Sam Harris, quien aprueba con un ligero movimiento de cabeza la intervención de su invitado. Ambos hombres están sentados en cómodas sillas de cuero. En una mesa auxiliar hay dos vasos de agua de los que beben pequeños sorbos para mantenerse hidratados. La temperatura del recinto, según lo define el ingeniero encargado del evento, es de 22°C, pero en la tarima, bajo las luces sofocantes, el calor se hace sentir.

— Es mucho peor psicológica y políticamente ser irrelevante que ser explotado — explica Harari.

— Elabore — le pide Harris.

—Porque si soy irrelevante, soy prescindible.

En el auditorio, de pronto la idea de Trump de terminar ese muro de 6 metros de alto sobre la línea que divide al imperio del norte de las masas hambrientas del sur, dejó de parecer tan traída de los cabellos.

—No importa ser demócrata o republicano — dice un joven consultado en un noticiero —. Se trata de salvar a América.

El profesor londinense revela que siempre ha habido murallas para evitar las invasiones.

— Y lo peor es que son bellísimas —dice— : Dubrovnik, en Croacia; Taroudant, en Marruecos; Xi’an, en China; Mdina, en Malta; Jerusalem, en Israel; Itchan Kala, en Uzbekistan; York, aquí en el Reino Unido… Incluso hay unas hermosas en Suramérica, en Cartagena, Colombia.

En el auditorio, de repente la casa en el suburbio, la cuasimansión rodeada de zonas verdes adonde no llega el transporte público, empezó a tener sentido.

— En el fondo un muro, por muy alto que sea, no es gran cosa — piensa un hombre en la decimotercera fila, mientras recuerda la batalla del abismo de Helm: un castillo fortificado incrustado en una roca (no podía ser atacado por detrás), protegido por una alianza de hombres y elfos armados hasta los dientes, al que igual entran los orcos de Saruman con catapultas humanas y escaleras hechizas hasta casi doblegarlo —. ¡Y eso que contaban con Aragorn, Légolas, Gimli, Théoden y Éomer!

Las frases infalibles de Harari dejan en el ambiente de The Masonic la certeza de que esconderse no va a servir de nada:

—Si hace un siglo usted lideraba una revolución contra la explotación — expone —, podía estar seguro de que así las cosas se pusieran feas ellos no podían matarnos a todos. Porque nos necesitaban. ¿Quién iba trabajar en las fábricas; quién iba a servir en el ejército si se deshacían de nosotros?

El 24 de octubre los caminantes llegan a México, donde intentan contenerlos desplegando una fuerza policial de 400 hombres, que sucumben como era de esperarse ante la desventaja numérica.

— Pero si usted es irrelevante, ese ya no es el caso — dice Harari.

— Al que se vaya acercando le voy voleando plomo venteado — responde un hombre con aspecto de latinoamericano que ya tiene la residencia estadounidense al reportero de una cadena radial en Lukeville, Arizona, al otro lado de Sonoyta, estado de Sonora, en México lindo.

Desde siempre se ha sabido que la tipología de la casa suburbial es el mecanismo arquitectónico y urbano de las clases más favorecidas para alejarse del «otro», pero nunca pareció tan evidente como ahora dice el catedrático de Londres.

—Nuestra visión del futuro se determina por nuestro pasado reciente — dice Harari en Nob Hill.

Un adolescente en Falcon Dam, Texas, piensa en Rambo y en Chuck Norris y no siente que la violencia sea una opción tan excéntrica. — Por lo menos así, los demás que se quieran entrar lo van a pensar dos veces — dice. Desde donde está, se ve Nueva Ciudad Guerrero, en el estado de Tamaulipas.

El «proletariado nómada», que llama Alain Badiou en Francia, pasa por Guatemala prácticamente sin novedad, no sólo sin ser detenidos sino que además se suman a la marcha un par de cientos (o de miles) más.

—Los siglos XIX y XX fueron la era del pueblo, cuando las masas mandaban — argumenta Harari —: incluso en los regímenes autoritarios, las masas se necesitaban.

Harari es historiador y Harris es neurocientífico. Ambos son famosos y han vendido millones de libros presagiando que la revolución tecnológica que presenciamos (y que llevamos en el bolsillo) va a tener un impacto tan grande que puede incluso acabar con nuestra especie, el homo sapiens. Pero no hablan específicamente de Honduras, por supuesto: Honduras, México, Bangladesh, Somalia, Colombia, son todas palabras intercambiables, sin ningún significado. Elucubran que en el futuro cercano —pero no tan cercano— el problema del planeta no será que Estados Unidos grave a Google y a Facebook en San Francisco «para financiar educación gratuita para taxistas en Nueva York o mineros desempleados en Pensilvania», sino que los gobiernos, como el de Estados Unidos, «ponga impuestos a las corporaciones de California para pagar subsidios de desempleo en Bangladesh» (o en México o en Honduras o en Colombia o en Somalia) y que eso no será tan fácil que ocurra.

En el debate del Reino Unido, el maestro explica que los marchantes no se están revelando contra el sistema Hondureño (que no existe), sino contra el sistema global (el capitalismo), del que ellos son sólo un eslabón al final de la cadena.

—¿Por qué no tumban a sus mandatarios en Honduras si son tan malos? —se pregunta un anciano en la fila K del auditorio—. ¿Por qué tenemos que darles nuestros puestos aquí si ellos ni siquiera son capaces de votar por personas que no los roben hasta dejarlos sin nada? Si los eligieron, ¡pues lidien con ellos!

—No van a matarlos en la frontera — dice el teórico consultado en Inglaterra —. Es ilógico. Pero no porque Estados Unidos no pueda o no quiera deshacerse de todos los que se les quieren pasar a como dé lugar: es ilógico porque hay maneras más sutiles de hacerlo.

Fuente: Cuenta oficial de Twitter de Donald Trump.

«Esta es una invasión a nuestro país y nuestras fuerzas militares estarán esperándolos», escribe el presidente de Estados Unidos por internet.

— ¿Negando la ciudadanía, así sea habiendo nacido allá, como ya propone Trump? — pregunta alguien de la mesa al profesor.

— Esa es una posibilidad — responde éste —. Ellos tienen todos los recursos económicos del mundo, pero saben que llegará un momento en que no puedan costear toda la gente que quiere migrar allá… Las visas y las cédulas de residencia son simples papeles que, para funcionar, requieren que la gente crea en el poder que tienen éstas de igualar los inmigrantes con la población local. Pero si el procedimiento se ve como un verdadero impedimento para triunfar, puede ocurrir incluso lo contrario: que los ilegales se salgan de Estados Unidos.

La noche del 31 de octubre, en CNN dicen que los caminantes están a 1.400 kilómetros de la frontera.

— Qué coincidencia tan desafortunada — piensa una mujer en San Diego (California), pasando Tijuana (en México) — : el día de las brujas y nosotros esperando una invasión zombi de Centroamérica.

"El suburbio funcionó porque se diseñó pensando en tener las personas alejadas unas de otras en procura de las libertades individuales, pero ahora que necesitó de verdad separar, por lo menos hipotéticamente, unos de otros, no sirvió. Porque no se puede pensar que una familia encerrada en una casa pueda defenderse ante el paso de miles de personas."

—En el siglo XX — continúa Yuval su diálogo con Sam —, personas como Hitler o Stalin invirtieron muchos recursos construyendo colegios y hospitales; dando vacunas a los niños; haciendo sistemas de alcantarillado; y enseñándoles a todos a leer y a escribir, pero no porque fueran buenos tipos. Ellos sabían perfectamente bien que si querían, por ejemplo, hacer de Alemania una nación poderosa, con un ejército fuerte y una economía boyante, necesitaban millones de personas comunes y corrientes que sirvieran en el ejército y que trabajaran en las fábricas y en las oficinas… Algunas personas eran prescindibles, claro, o podían ser chivos expiatorios, como los judíos, pero no podían hacerlo con todo el mundo. Necesitaban la gente.

Trump ordena la movilización de 5.200 hombres de las fuerzas militares a la zona limítrofe con México.

—El suburbio funcionó porque se diseñó pensando en tener las personas alejadas unas de otras en procura de las libertades individuales — expone el profesor del debate —, pero ahora que necesitó de verdad separar, por lo menos hipotéticamente, unos de otros, no sirvió. Porque no se puede pensar que una familia encerrada en una casa pueda defenderse ante el paso de miles de personas.

—Menos mal Obama no pudo echar abajo nuestro derecho a portar armas — piensa un señor en Columbus, New México, cruzando Puerto Palomas, estado de Chihuahua—. Por eso está en la Constitución.

—Una cosa es lo que se dibuja en los planos y otra, muy distinta, lo que ocurre en la vida real —dice el académico.

—En el siglo XXI sí existe el serio peligro de que más y más gente sea irrelevante y, por ende, prescindible— anota Yuval, mientras Sam lo mira con cierta preocupación —. Ya lo podemos ver en la milicia: mientras los ejércitos líderes del siglo XX se apoyaban en reclutar millones de muchachos para servir como soldados rasos, hoy los ejércitos más avanzados necesitan cada vez menos número de soldados profesionales altamente entrenados y cada vez más tecnología sofisticada autónoma.

El gobierno mexicano lanza «Estás en tu casa», un programa para ofrecer empleo y atención médica para los migrantes, pero éstos lo rechazan.

—Monsters at your doorstep — piensa una periodista que necesita una frase que enganche a los lectores de su diario digital. Lo lee y lo relee, pero desiste del título porque no le parece políticamente correcto. La foto para encabezar su escrito es la que aparece en el New York Times, en la que se ven miles y miles de cabezas de pelo negro (hasta donde se pierde la mirada), con varios hombres jóvenes en primera plana: morenos, sucios, sin afeitar, hambrientos, con sólo un morral a la espalda. Los ojos les brillan…

En Honduras, los de la izquierda culpan a la derecha por propiciar el ambiente para que las corporaciones internacionales se hicieran a los mejores recursos de la nación sin dejar nada a cambio, y aúpan la movilización hacia Estados Unidos con consignas incendiarias, pues «es la cabeza visible de ese sistema del libre mercado que rige el mundo hoy y que nos tiene en la bancarrota».

—Si lo mismo ocurre en la sociedad civil —señala Harari—, entonces podríamos ver una división similar entre una pequeña élite muy capacitada profesionalmente, apoyada en tecnologías muy sofisticadas, y la mayoría de gente, así como ahora es militarmente irrelevante, convertida en irrelevante económica y políticamente.

—La pregunta es «¿Por qué no marchan al Palacio José Cecilio del Valle?» —dice una señora hondureña, inmigrante legal, en un noticiero gringo de la noche—. ¿Por qué no van al Palacete Presidencial en Tegucigalpa y hacen su protesta allá? Lo que están haciendo pone en riesgo la estabilidad de los que hicimos el proceso como era: «Donde fuereis haz lo que viereis».

El periódico USA Today informa que, según las fuentes oficiales centroamericanas, la movilización está formada por 4.000 personas, para unos, mientras que para otros superan los 10.000.

—¡En esos países no saben ni contar!—exclama una lectora del diario en Eagle Pass, Texas, a tiro de piedra de Piedras Negras, Coahuila—. Caminando a 5 kilómetros por hora en promedio, van a llegar en menos de un mes. ¿Qué vamos a hacer?

—El pastel está creciendo—dice Sam, ahondando en lo de la riqueza tan monumental que se acumula en Estados Unidos—. La pregunta es cuán sabia o generosamente lo vamos a dividir con las personas que se están volviendo irrelevantes porque no los necesitamos más por su trabajo. Pero aún si empezamos a ampliar el círculo y mejoramos lo que compartimos ahora, es fácil imaginar que primero identificaremos la necesidad de cuidar la gente de nuestro vecindario, aquí en San Francisco, y que nos demoraremos más en darnos cuenta de las personas en Somalia. La lección más dura será cuando nos percatemos de que si no nos hacemos cargo de la gente de Somalia primero, se puede desatar una crisis de refugiados (como la que jamás se ha visto) que nos asedie en seis meses: por razones que sólo nos sirven a nosotros mismos tenemos que erradicar el hambre y demás problemas económicos de otros lugares.

La oficina de contabilidad del gobierno de Estados Unidos, que es un brazo investigativo del congreso, estima que los 5,200 soldados le cuestan al país $120 dólares diarios por persona. El salario mínimo diario de un trabajador hondureño es 14 veces menor. Y el de un guatemalteco (que ya son también miles de peregrinos) es 9.

—Nadie en su sano juicio quiere ver al mundo como si fuera un capítulo de The walking dead —dice el panelista en Londres—. La solución obviamente va a ser la pacífica.

Los soldados americanos llevan consigo 1.500 millas de concertina. El mundo está en ascuas.

—El problema va a ser para los ricos de cada ciudad…

El que habla es Carlos, mi vecino. Estamos en el andén frente a mi casa, ante una audiencia de 0 personas. Es viernes, 2 de noviembre y la noche está particularmente caliente. Carlos está sin camisa y descalzo. No sabemos cuánto marca el termostato, pues la página del IDEAM se ha caído. Carlos busca en el Weather Channel y me dice que estamos a 30 grados: la misma temperatura que le tocó soportar a Harari y a Harris a casi 7.000 kilómetros al norte en la tarima de The Masonic.

—Elabore—le digo, como si estuviéramos también en un debate televisado.

—La gente es muy bruta —me dice—. No da para tanto. Lo que van a hacer los pobres en todos lados del mundo gracias al ejemplo de los hondureños es marchar, sí, pero no a la frontera de México. ¡Eso queda muy lejos! Van a caminar pero hasta los suburbios de cada ciudad… Van a subir ¡y se les van a meter a las casas! — Carlos piensa en Ipanema, el sector con nombre de playa brasilera donde viven los ricos en esta ciudad, que paradójicamente queda arriba en una loma, mientras que el original de Río de Janeiro queda abajo junto al mar, donde los «otros» de las favelas bajan a atracarlos.

Me acordé de Altamurani, el último conjunto residencial del perímetro urbano, donde quizás se respira paz. Pensé en la desafortunada coincidencia del nombre: «Altamurani: plural de Altamurano, gentilicio de los habitantes de Alta Mura (ciudad de muros altos), en Italia».

Fuente: Archivo Personal

—Y así en todo el país —siguió diciendo Carlos— : en Bogotá se van a subir a Los Rosales, a La Carolina, a Santa Ana Oriental; y en Medellín se suben a El Poblado; y en Cali se suben a El Peñón… ¡Se van a joder!

Carlos no está preocupado por sí mismo. Aunque tiene un arma (me dijo que cualquiera que venga a pasarle por encima a él o a sus hijas, «Va a llevar plomo del bueno»), no se afana porque está a sus anchas en la —no delgada sino anchísima— línea media: ese indistinto y prosaico lugar donde habitan los que no somos ni tan pobres ni tan ricos; esa población que no vive en conjunto cerrado ni en comuna, sino en barrios abiertos, unos enfrente de otros, lidiando con nuestros olores y nuestros ruidos, en esas economías que en los países desarrollados llaman «de supervivencia», donde compro pan y me lo anotan en un cuaderno viejo con un esfero Kilométrico, y después viene el mismo señor de la tienda y me barre el andén y quedamos a mano. A lo mejor eso es la urbanidad.

* Profesor de la Universidad Antonio Nariño


LA GUACHAFITA