• Mauricio Muñoz Escalante*

En país de ciegos, el tuerto no habla inglés


En un radio de quinientos metros del lugar donde vivo hay cinco grandes colegios distritales. Lo sé porque a las seis de la mañana, a las doce del día, y a las seis de la tarde otra vez, las calles se inundan de niños de todas las edades que se agolpan como un enjambre de abejas contra unas puertas metálicas inmensas, destinadas más bien para la entrada y salida de buses particulares que no tienen.

Allí llegan a pie, o en bicicleta (sin casco, sin chaleco, sin luces, sin frenos, sin sillín: por la ciclovía que tampoco existe), o encaramados en un moto-taxi (sin casco, sin chaleco, sin luces, sin frenos), o en moto familiar, contraviniendo toda la lógica, como «pasajero sándwich» (hombre conduciendo en jean y con casco, mujer atrás en jean y con casco, y en la mitad un niño de 4 años en pantaloneta y sin casco), o en carros que se detienen en la mitad de las vías, ocupando los tres carriles (porque al caos hay que sumarle los padres de familia), todos los días, de lunes a viernes, desde el 1 de febrero hasta el 15 de junio, y del 15 de julio hasta el 30 de noviembre, todos los años, desde hace varias décadas, frente a la mirada indiferente de los policías y agentes de tránsito, que esperan a la sombra el cambio de turno, comentando las noticias con los vendedores ambulantes.

Porque en frente de los colegios hay señoras que venden empanadas fritas en pailas de aceite hirviendo calentadas por estufas de gasolina, que es el derivado del petróleo más inflamable que existe; y hay señores que tienen conectado ilegalmente a algún cable del alumbrado público hornos de panadería de grandes como una nevera, en los que hacen centenares de pandebonos, que son unas bolitas de harina de maíz con un poco de queso rancio adentro; y hay personas que venden dulces y otros que ofrecen minutos de telefonía celular a cien pesos; y otros, a lo mejor, venden droga (todos lo sabemos, pero esperamos a que nos lo cuente el noticiero).

Eso es por fuera.

Por dentro los pisos están descascarados y los techos tienen goteras; el balancín tiene soldadas varillas de media pulgada como agarraderas y los columpios tienen como asiento un pedazo de llanta de un carro viejo, dentro de la que hay agua reposada incubando sika y chicungunya y dengue hemorrágico; los pupitres están rotos y las paredes están sin pintura; los tableros verdes para escribir con tiza están desvencijados, los que son para escribir con marcador seco están manchados con las letras de los profesores desconfiados que usaron encima los de tinta indeleble, y los tableros de la cancha de baloncesto no existen: existen el marco y el aro, sin malla—por supuesto—para hacer cestas con Gasparín, el fantasma amigable.

Cualquiera que vea la escena pensará que es en Bangladesh o en Burkina Faso o en algún país de América Latina, como es el caso, y así mismo cualquiera, sin ir al colegio, sabe cuál es la solución.

Está ahí, a la vista de todo el mundo.

Pero como no hay peor ciego que el que no quiere ver, leo en la prensa que la respuesta al problema educativo colombiano está a diez mil kilómetros de distancia, cerca del círculo polar ártico, saliendo de Bogotá a París vía Air France y conectando en el Charles de Gaulle con Finnair para llegar a Vantaa dieciséis horas después, en un país del que apenas sabemos el nombre y del que los niños que van a los colegios distritales ni siquiera saben dónde queda, habida cuenta de que en las aulas no hay mapamundis ni globos terráqueos ni proyecciones de Mercator ni de Peters.

- ¿Y el internet?

- Bien, gracias.

- ¿Funciona?

- Claro que no.

- ¿No hubo acaso una partida millonaria para llevar internet de alta velocidad hasta el último rincón de nuestra geografía?

- Pues en principio sí, pero la partida no fue tan millonaria (los congresistas cobraron su comisión del 80% en la fuente); y no fue para llevar «internet», o sea la conexión, sino para llevar un cable, o sea el objeto; y no era de alta velocidad, sino de ninguna velocidad; y no fue hasta el último rincón de la geografía sino hasta donde se ve.

- ¿Cómo así?

- Es el caso típico de corrupción de este país: se le entrega el contrato, digamos, de una carretera de 50 kilómetros a alguien, y ese alguien sólo construye los primeros 500 metros (lo que se alcanza a ver desde el lugar donde van a ir el presidente y el ministro y el alcalde y el gobernador a hacer la ceremonia de inauguración) y el resto de la vía no se hace. Igual con todo: se le otorga la licitación para llevar cable de fibra óptica hasta los últimos confines de la tierra al contratista X y dicho personaje sólo lo lleva hasta los dos o tres pueblos donde van a ir los interventores o los revisores fiscales o los auditores (dígales como quiera), y ya: listo el pollo.

- ¿Y para qué tienen entonces al gobierno?

- Pues para nada. El gobierno en Colombia sirve para lo mismo que la monarquía en Finlandia.

Las gigantes puertas herrumbrosas del colegio se cierran. Adentro los niños quedan atrapados hasta nueva orden. Se escucha un timbre y se calla el zumbido de sus voces. Entonces vuelve la calma. Me los imagino sentados en grupos de treinta o treinta y cinco, con sus uniformes, en el calor de estas ciudades del trópico macondiano, sin ventilador.

Afuera del colegio sólo queda muda la valla que anuncia el cambio que nunca será: «Aulas para la paz», dice con nombre bombástico. Y no asegura una inversión de millones, sino de billones de los de los gringos: un 2 y nueve cifras al lado derecho; lo suficiente para hacer un edificio como el de la perspectiva del anuncio. El proyecto se promueve con bombos y platillos que respaldan —no uno— ¡seis! organismos o programas del gobierno encargados de que todo se cumpla al pie de la letra: «Ministerio de educación»; «Todos por un nuevo país: paz, equidad, educación»; «El camino es la educación»; «Plan nacional de infraestructura educativa»; uno comiquísimo: «Consorcio interventor educativo 2016», siendo que estamos terminando el 2018; y el mejor de todos: «Gobierno Santos: está cumpliendo», con un chulo que indica «Hecho», después de que duró ocho años en el poder y no pudo terminar el colegio, y lo peor, ni siquiera tuvo la delicadeza de quitar la valla. Ahí quedó como documento invaluable para la posteridad.

- ¿Y qué pasó con el dinero?

- Se lo dejo a su imaginación...

Cualquiera con dos ojos se da cuenta del problema, y de quién es la culpa. No digo «cualquiera con dos dedos de frente», que fue como me enseñaron a mí, seguramente para trazar la línea entre los humanos y los primates superiores, sino «dos ojos» porque la diferencia ahora es entre humanos: «Vea lo que hacen allá».

- ¿En dónde?

- Pues en Escandinavia.

Porque la historia es que en Finlandia tal, que en Noruega pascual, que nada mejor que el sistema educativo en Estocolmo o en Reikiavik. Los pedagogos y los analistas de turno de los periódicos nos tienen secos con la cantinela: dicen a cada rato que el modelo escandinavo es el norte, que allá debemos apuntar, que vea tan educados, que así debe ser.

Todo parece tan de ensueño. Pero no nos cuentan lo que escribe Nima Sanandaji en El poco excepcional modelo escandinavo. Porque una cosa son los problemas vistos desde aquí, con el agua al cuello como en Puerto Carreño (del que ya nadie habla porque a nadie le importa, supongo), y otra muy distinta desde allá, en el estado del bienestar que a veces parece malestar con el estado. Que me late que antes de ser una manera real y factible de hacer las cosas, recurrir a los países nórdicos para argumentar cualquier asunto —en este caso la educación— se nos volvió más bien una estrategia para sonar visionarios.

- En país de ciegos…

- Exactamente. Porque sumidos en esta realidad asumimos que el que está pendiente de lo que pasa en Estados Unidos o Europa está mirando lejos, cómo no; pero el que mira a Islandia está con los ojos —como Buzz Lightyear— «en el infinito y más allá». Y entonces los lectores y los televidentes y los radioescuchas endiosamos a los escandinavos, pero no caemos en cuenta de las diferencias tan astronómicas que nos separan: del cielo a la tierra, literalmente.

Podría arriesgar la fecha en la que finalmente implementemos el modelo escandinavo de educación en Colombia: cuando ellos no vivan en la tierra sino en Marte o quién sabe dónde, y nosotros nos hayamos quedado con el planeta Tierra, como Wall-e, organizando la basura que producimos nosotros diariamente… Porque ni siquiera será la basura que dejen ellos, pues en otra columna de otro periódico nos dijeron que en Suecia reciclan hasta el 99% de los residuos, mientras que acá, yo, tú, él, nosotros, los profesores y los alumnos de los colegios distritales, todos, vivimos en ciudades en las que en la misma bolsa van las cáscaras de naranja, los excrementos de los perros, las pilas AAA, los pedazos de televisor, las partes humanas y las resmas de papel.

¿Qué punto de referencia para solucionar un problema puede ser un país que, no sólo usa casi toda su basura sino que la compra a otras naciones para producir energía, contra el mero 17% de reciclaje al que llegamos en Colombia? Es como si a un niño de 5 años en una clase de atletismo le dijeran que debería correr tan rápido como Usain Bolt.

En lugar de andar hablando de Finlandia, de Islandia y de Suecia, deberíamos echar un vistazo al frente, aquí cerquita, a la vuelta de la esquina, como escribieron en la Biblia, mirar en el ojo propio y, por ejemplo, remodelar los colegios, dotarlos de escritorios cómodos y de libros recientes y de tableros y de baños con agua y bahías de parqueo y juegos que no atenten contra su vida. Eso sería algo. O no robarse la plata de los colegios ni la de los refrigerios infantiles. O mejor aún: echémonos otros cien años atrás y digamos que un buen comienzo sería que dejáramos de elegir a los que se roban el dinero de la educación, y elegir a Mockus en lugar de a Santos, a Fajardo en lugar de a Duque. ¡Pero si no podemos ni con eso, no cambiemos los planes de estudio todos los años, implementando modelos constructivistas y positivistas y posestructuralistas traídos de no sé dónde que ni siquiera entiende el que los propone!

- Hay que reinventarse.

- Precisamente. Primero inventémonos y después nos re-inventamos. Empecemos con «Pollito: Chicken; Gallina: Hen; Lápiz: Pencil; Pluma: Pen…» y después miramos el resto. Sin ir más lejos durante la alcaldía de Antanas Mockus en Bogotá se propuso un plan para que los colegios distritales fueran bilingües. ¡Hace 15 años! ¡En la capital de la república! ¿Cuál fue resultado? None, Zip, Zero, Nada.

- Bummer.

- Si alguien hubiera aprendido algo, un estudiante o un profesor, ¡alguien!, no se vería esto:

No hablemos de la reja hasta arriba, ni de los alambres cruzados de cualquier manera para evitar la entrada de los amigos de lo ajeno, ni de la concertina estilo campo de concentración que se vislumbra en la cubierta; supongamos que todo eso es normal, que Colombia es un país seguro. Si lo único que debe saber de inglés un colegio para atraer a sus estudiantes es decir, «Inscripciones abiertas. Cursos de preescolar, primaria y bachillerato» y eso queda mal, ¿qué les podemos pedir a los estudiantes del 2031, que es el año en el que se graduarán los que hoy se matriculen ahí?

Cuando alguien no distingue el gran cuadro por estar pendiente de las minucias se dice parroquialmente que no ve el bosque por culpa del árbol. Tal vez a los colombianos nos pasa lo contrario y no vemos el árbol —ese que tenemos en nuestras narices— por culpa del bosque. Tenemos el ojo cansado de mirar ese espectacular conjunto que se aprecia desde lo lejos, y ya los ojos se nos demoran mucho acomodándose para enfocar lo que tenemos en frente.

- ¿Se imagina cómo será la vida en el 2031 en Escandinavia?

- No.

- ¿Así como en Los Supersónicos?

Tal vez


LA GUACHAFITA