• Juan D. Ramírez y Valentina Ortiz T.

La utopía de un encuentro. Perfil de Betuel Bonilla Rojas


Foto: Archivo Betuel Bonilla Rojas

"Hay que leer kilómetros para escribir milímetros”, es la premisa de algunos escritores y periodistas para explicar el cómo se logra una hábito constante de escritura, por supuesto, con una calidad óptima. Esta misma premisa no aplica para el escritor-cuentista huilense Betuel Bonilla Rojas, pues antes de ser escritor, es un lector agradecido, cada que puede robarle tiempo al mundo se sienta en el balcón de su casa junto a un libro y una jarra de café. “Me las puedo arreglar sin el mundo tranquilamente un día”. Considera que leer le permite asomarse al mundo de los otros, y que, a diferencia de no escribir, se afecta si no lee.

Hace casi medio siglo, 49 años exactamente, en Neiva inició su vida, en el puro marco de la Plaza de San Pedro, y salvo un par de estadías por cuestiones laborales en otros departamentos, es aquí en el Huila donde ha forjado su historia como persona y como escritor. Está de más describirlo físicamente, no porque sea algo insignificante hacerlo, sino porque priman las sensaciones que genera, es serio, usa un lenguaje concreto que genera incertidumbre sobre lo que puede pensar, misma incertidumbre que resuelve con cada frase que menciona en una conversación, conversación que a su vez permite comprender que su punto de vista del mundo es distinto, que más que un escritor es un teórico y que más que contar anécdotas, lo que busca es generar sus propias respuestas.

Siendo el menor de 6 hermanos y con 5 años de edad de diferencia con el más cercano, le es difícil describir su infancia, ante cualquier asomo a su consciencia se reconoce en Bogotá, donde su familia se asentó un tiempo y finalmente en 1976 (año en que el Instituto Universitario Surcolombiano “ITUSCO” por medio de la Ley 0013 de dicho año se transforma en la actual Universidad Surcolombiana, donde ahora es docente) regresaron a Neiva.

La definición más básica del cuento es: una narración breve, oral o escrita, de una historia de ficción con un reducido número de personajes y con un inicio, un nudo y un desenlace. Sin embargo, Betuel Bonilla va más allá de eso, se acoge en que escribir es una forma de quitarse el pasado de encima, lo menciona mientras se refiere a Goethe, porque más que un buen lector y escritor, Bonilla es un académico, y al conversar con él fácilmente se pueden conocer decenas de teóricos, escritores, novelistas y demás. Así que, más que narrar, él busca a través de sus cuentos entender asuntos de la existencia personal, y a su vez entender que muchas cosas tienen que ver con la condición humana. En ese sentido, hacia allá dirige su ejercicio escritural, a llenar vacíos y a conocer lo desconocido. “Uno siempre está inmerso en lo que escribe”, con esta frase refleja que la escritura es quien le permite comprender todas esas cosas.

El cuento le atrae, por medio de él busca comprender la complejidad de la condición humana, conflictúa su existencia, porque el conflicto es inherente a nosotros, eso es lo que le gusta de este género, y por medio de él no solo se inmiscuye en la condición humana, sino también en el mismo género, es decir, que es un cuentista y al mismo tiempo un teórico del cuento, aspecto que refleja en su libro “El arte del cuento” (2009), manual de cabecera de los talleres literarios en Colombia. En esta obra, establece que lo que aflora en los cuentos latinos, americanos y europeos tienen mucho que ver con los problemas de cada territorio, en especial los latinoamericanos que tienen una hostilidad y una inequidad acentuadas y que distan de la tradición norteamericana que se centra más en problemas psicológicos y se aleja de lo social.

Pero Betuel Bonilla es un académico, docente universitario y lingüista, y a través de la academia ha reflexionado, y lo hace constantemente, sobre el cuento, ya que a su parecer, a este le falta asomarse a una nueva narrativa, una que vaya más allá de la anécdota. Insiste en el conflicto como elemento propio de la cuentística que tiene que ver con el análisis de la condición del hombre. La existencia, la condición humana y el conflicto son asuntos que sigue de cerca, son como sus pensamientos en segundo plano, alimentan sus ansias de escribir.

Como todos en nuestras vidas, para lo que sea que hagamos tenemos una motivación, una musa, una inspiración. En su caso, es ajeno a lo suntuoso, lo magnífico, procede por imágenes, únicamente se sienta a escribir cuando una imagen muy perturbadora se aposenta en su mente y espíritu hasta el punto de iniciar un pugna por salir, solo en ese momento la escritura fluye naturalmente. Un proceso de reflexión que puede durar años y que, cuando se escribe, puede despacharse en un par de días. En ese proceso, más que trabajar esa imagen, lo que hace es perfilar el narrador, saber quién quiere contar la historia es una decisión, no técnica, no procedimental, sino de su personalidad como escritor.

En este punto de la realidad, los niños no leen cuentos, los niños ven Peppa Pig, y claramente por lo dicho hasta ahora, los cuentos escritos por él no responden a este público. Él es su público. Ordenar o ajustar las cosas que en algún momento no estuvieron en su lugar es su intención, y es una cuestión personal. Sin embargo, ingresar al mercado editorial ya genera unos aspectos técnicos que implican pensarse los textos para que gusten a alguien, de esta manera se empieza a definir un público. Y esto no ha sido impedimento para que el continúe con su objetivo de comprender la condición humana, en 2013 ganó el Premio Nacional de Libro de Cuentos, Universidad Industrial de Santander con el libro “Las maneras de volver”, en donde se acerca a temas de sexualidad y conductas irregulares en torno a esto en los colegios. Se trata entonces de que los cuentos sean independientes pero que también se puedan leer en clave de novela, donde los personajes entran y salen, y donde lo que le permite explorar los problemas y conflictos del ser es que son historias de la realidad y de familia.

Ya está dicho, es un académico, esta inmerso en la vida universitaria, desde donde intenta cumplir esa idea social de incidir en el destino de la humanidad en la medida que su radio de acción se lo permita. Desde allí también intenta mover cosas, aportar de otras formas, dicta talleres complementarios, por ejemplo, es director del taller literario Relata, un programa del Ministerio de Cultura fundado en 2006 para ver cómo estaba el terreno de los talleres literarios en Colombia y para emprender una nueva red de talleristas, desde entonces viene trabajando allí. Relata ha entregado al cuadro literario del país un gran porcentaje de escritores. “Gente que entró a mi taller si acaso escribiendo un párrafo hoy en día son capaces de escribir un cuento como los dioses”, afirma con orgullo. Entre todo esto, el tiempo que le queda lo dedica a la lectura y la escritura, al cine, y por supuesto, a su familia.

En la lectura; la narrativa, la novela, el cuento, la teoría literaria, la filosofía, el análisis cultural, los estudios culturales y mucha teoría sobre la lectura son los temas sobre los que se enfoca. Por otro lado, en el cine, persigue lo que tiene que ver con lo humano, lo que la cartelera comercial no trae, cine africano, asiático, esas latitudes desconocidas para nuestra retina. Y una que otra serie, de esas que, al igual que él, exploran lo complejo que es el ser humano.

A pesar de explorar a través de la lectura y el cine otras latitudes, siempre escribe desde el sujeto que es, y ese sujeto está anunciado en Neiva, como un profesor universitario, casi ateo, sobreviviente a mil relaciones fallidas, tendencias de izquierda y una familia que desborda en importancia, con todo y eso, es también hijo del calor, una construcción nada cultural neivana, y al escribir, busca entender a ese sujeto que está inmerso en esta ciudad.

Su sentido ético del universo es lo que lo define como “casi de izquierda”, no ubica el mundo de un lado o del otro políticamente hablando, su apuesta son los sueños, ser optimista pese a que las estadísticas digan lo contrario, perseguir esa idea de la sociedad más justa, esa es su expectativa del mundo, lo trasnocha, va a terminar por enfermarlo, pues en un mundo tan terriblemente injusto, es problemático procurar lo contrario. Si bien hay causas grandes que se persiguen y modifican en conjunto, desde lo individual es una persona que “se para en la raya” ante los temas que causan polarización y polémica, aunque eso a veces le haga sentir que está halando una rueda solo.

En ese sentido, responde al romanticismo natural de las personas, sin embargo, desde su tono de voz hasta su lenguaje concreto, entrega una sensación más racional que emocional, y reconoce que lo tildan de insensible. Pero él tiene cómo argumentarlo todo, la melosería individual y pluralmente aparencial que enseña el mundo no es su fuerte, él se ubica dentro del romanticismo colectivo, que además es urgente, en el que se le apuestan a cosas que parecen utópicas. Es un ciudadano positivo respecto del rumbo del país y crítico en cuanto a la posibilidad de alcanzar esa utopía de la igualdad.

“Nos hemos envilecido gradualmente, el peor mal que nos ha llegado no es la pobreza, es el cinismo que nos metieron y nos encubaron en los últimos años que hicieron de cada colombiano un cínico y un desfachatado, porque es lo que es nuestra conducta, cada quien es corrupto a su manera y quitarnos eso va a ser muy difícil.”

Su apuesta por el cambio no está en esta generación, está en los niños, en la escuela, la cual debe ser política, maravillosamente política, que permita a los niños ver la realidad de otra manera, construirse como sociedad de manera distinta, aunque eso requiera la unión de todas las fuerzas, otra utopía.

Volviendo a sus narrativas, aunque comparte con Harold Bloom la imposibilidad de escribir sin la tradición, son el resultado de las voces que resuenan todo el tiempo producto de tanta lectura, esas voces que se convierten en caras específicas y moldean lo que escribe, por eso, siente pena por ella, porque de repente se identifica con un autor y así escribe. Fue sencillo, enredado, aparatoso, complejo, todo dependía de cuál era la voz que más resonaba. En sus textos está lo coyuntural, no en la superficie, pero siempre está, no en su sentido amplio, sino en su sentido ético, los personajes podrían describir lo que es Betuel Bonilla desde una perspectiva psicológica a partir de lo que les ocurre y de las decisiones que toman.

Como escribe para él, los reconocimientos no le generan algo diferente a lo comercial, lo laboral, las oportunidades. Esto le permite asomarse a escenarios a los que no podría hacerlo sin los premios, y en un sentido más amigable, le brindan la posibilidad de tener amistades regadas por Colombia, amistades en las que no importa compartir físicamente un territorio, sino que los une el universo que están escarbando por medio de la escritura.

Desde su posición de teórico del cuento, de lector, de escritor y de docente, Betuel Bonilla nos entrega una lección importante a quienes pensamos escribir en adelante, contar historias, esto en su sentido más fiel, dejando a un lado la intimidación de la escuela y de la escritura clásica. Las cosas maravillosas de la escritura surgen cuando se escribe sobre las cosas que nos gustan, no respondiéndole a una disciplina que no “jalona” nuestro interés. Cuando se tiene libertad absoluta y creativa, emoción genuina por interpretar la realidad, todo esto se va convirtiendo en escritura. No hay que preocuparse por ESCRIBIR sino por entender la condición humana, y la escritura es un medio para llegar allá.


LA GUACHAFITA