• Mauricio Muñoz Escalante*

Hacer ciudad folclóricamente


Foto: Archivo personal del Mauricio Muñoz Escalante

En la primera página de este sitio alguien se pregunta si este portal «se va a dedicar a criticar o a proponer».

La paradoja es que Palomita mansa, que es como firma la persona, ya es parte del problema que identifica, pues critica que no se proponga y no está proponiendo nada. Pero aparte de esa sutileza, vale la pena analizar la observación—no porque sea de ella sino al revés—porque la frase ya se ha vuelto popular en Colombia y se nos puede convertir en un lugar común: pensar que «criticar» entorpece el cambio («Ya hay muchos sitios de opinión y todo sigue igual») puede ser una manera engañosa de formular el problema, pues obvia que entre crítica y propuesta exista cierta causalidad; ignora que «criticar» sea la base para «proponer» y que, por ende, su poder radique no en materializarse sino en mantenerse como posibilidad.

Así se puede evidenciar en la demanda recién publicada aquí en la que se amenaza la vida de unos periodistas. Es más peligroso «criticar» el accionar de otro, que «proponer» una acción en su contra: fue más temerario haber dicho, «Eso que está pasando está mal por X y Y», que haber condenado, «Emití una orden de captura en su contra». En la primera, las acciones que pueden resultar de la crítica son tan variopintas que espantan (es fácil imaginar que, según sea la gravedad de la denuncia, las consecuencias puedan incluso terminar en la muerte), mientras que en la segunda la solución es tan concreta, tan real, que aun siendo grave, carece del mismo poder.

Pero los ejemplos no tienen que ser siempre tan trascendentales. El asunto se puede ilustrar también con situaciones más ligeras, del día a día… Tomemos un problema en el que seguramente está de acuerdo todo el planeta: la escasez de ciclovías. Apenas habría que mencionar los porqués: por seguridad, por calidad ambiental, por economía, por salud, por tiempos de traslado, etc. ¿Si a pesar de las ventajas que plantea esto, una ciudad no ofrece una red comprehensiva de ciclovías (como ocurre en cualquiera de los 1.101 municipios de Colombia), qué debemos hacer?

Según Palomita mansa no se puede denunciar que no haya ciclovías, pues se estaría criticando y no proponiendo; tampoco se puede escribir que es el colmo que la administración distrital haya hecho X kilómetros de ciclovía sin seguir los requerimientos técnicos (como ocurre en cualquiera de los 1.101 municipios de Colombia), pues eso también es criticar y no proponer. Y menos se puede opinar que la implementación de ciclovías descongestionaría las vías, pues aunque ahí hay un atisbo de propuesta no se dice ni cómo ni por dónde, lo que al final convierte la oración otra vez en una crítica pues está atacando, así sea de manera delicada, a los gobernadores y alcaldes y directores de planeación que no hacen bien su tarea (como ocurre en cualquiera de los 1.101 municipios de Colombia).

Lo único viable entonces es presentar un plan completo para una ciclovía «por la avenida tal, de tal ancho y en tal material»; y anexar además los planos urbanísticos, arquitectónicos y constructivos; y hacer plantas, cortes, alzados, levantamientos topográficos, planes de tráfico, presupuestos de obra, cronogramas de actividades y flujos de caja, entre otros.

—Pero «proponer» una ciclovía no quiere decir que se vaya a «hacer» una.

—Claro que no. Cuando los políticos «proponen» miles de kilómetros de ciclovías, no las «hacen». «Hacer» está precedido de «pensar», que es lo que no hacen ellos cuando lanzan la propuesta.

—Puro tilín, tilín, y nada de paletas.

—Exactamente. Por eso la mansa observación inicial de Palomita suena tan lógica por encima («criticar» es pura palabrería). El problema es que por debajo se vislumbra algo de la ideología de la descolonización: porque en el comentario «pensar» se subestima (se asume como una actividad que no incita a la acción) y «hacer» se sobrevalora (se asocia con los resultados que tanto extrañamos).

—No veo el problema.

—El problema es que aunque eso suena medianamente lógico a escala nacional, si aceptamos que a «pensar» se le otorgue un valor social menor que a «hacer», eso nos pone en la acera contraria del modelo que encarna occidente, lo que nos deja fuera de la carrera.

—¡Calle esos ojos! ¿Cuál carrera?

—Pues la del desarrollo. Vea: una de las ideas esenciales de la descolonización es que no hay países «más» desarrollados y «menos» desarrollados, sino «tipos» de desarrollo diferentes, ¿cierto?

—Sí. Por un lado los duros (Estados Unidos, Alemania, Francia, Reino Unido…) y por el otro, nosotros.

—Eso: si asumimos que el desarrollo de ellos está cimentado sobre el conocimiento sistémico y racional, que es aquel donde prima «pensar» sobre «hacer», en el desarrollo de los países como Colombia (aunque a veces la teoría se infla y cubre a toda Latinoamérica e incluso a las naciones del llamado «Sur global») debe ser al contrario: primero «se hace» y después «se piensa». Álvaro Cabanzo, un académico del tema, me lo explicó así hace un tiempo: si Beethoven compuso gran parte de su obra mientras perdía el sentido del oído, e incluso cuando estaba casi totalmente sordo, fue porque su música hace parte de un sistema, que es lo que queda consignado en las partituras; de esa manera, así no pudiera oír lo que estaba componiendo, él sabía («pensaba») cómo sonaban las notas mientras no rompiera las reglas predeterminadas en la estructura.

Pero la música de Petrona Martínez, por ejemplo, no se escribe igual que la música de cámara, sino que se inscribe en una costumbre de cantadoras que se transmite oralmente de generación en generación. Entonces, mientras que para estudiar a Beethoven se puede recurrir a sus obras doscientos años después entendiendo el sistema, el que quiera aprender los bullerengues de Petrona muy probablemente deba mudarse a Arjona (Bolívar) para unirse a la tradición. Aunque ambos estilos son música propiamente dicha, el del alemán es un producto netamente intelectual, mientras que el de la colombiana es corporal. Uno se piensa y se ejecuta; y el otro se vive y se actúa.

—Petrona es más chévere.

—No se trata de chévere o no chévere. El discurso de que «hacer» puede ser primero que «pensar» funciona más o menos cuando se aplica a las artes, pero el quid está en demostrarlo en otras esferas. El argumento de occidente es que si tanto «hacer» como «pensar» son escalas medibles de donde se pueden extraer niveles de valor (hay personas más inteligentes que otras; hay productos mejor hechos que otros), no puede existir lo instintivo; todo se puede racionalizar. Y el argumento de la descolonización es lo contrario. ¿Me entiende?

—No.

—Piense otra vez en las ciclovías: en cualquiera de esos países que llamamos «desarrollados» no puedo «hacer» una ciclovía intuitivamente, como si fuera una fusión de sonidos de tamboras y gaitas y maracas que me fluyen del alma, heredada de una tradición milenaria de hacedores de ciclovías…

—¿Sería muy folclórico?

—Hacer la ciudad así, sí, literalmente.

—Como acá:

Foto: Archivo personal del Mauricio Muñoz Escalante

—Precisamente. Si se «piensa» en una ciclovía, así sea desde lo metafórico, lo primero que sale a la luz es que ésta tiene un sentido y un propósito; no es una vía que no conduce a ninguna parte. En el caso que me muestra el dueño del proyecto se echa a cuestas «hacer» la ciclovía, porque de lo contrario no puede vender ni un apartamento ni un local en esa ubicación; pero necesariamente sólo «hace» lo que está justo al frente suyo, los cincuenta o sesenta metros que le corresponden a su lote, «haciendo» así mismo que nada funcione como si se hubiera «pensado»: que primero se hubiera trazado la calle, diseñado el andén, construido la ciclovía, etc., y después se hubieran ofrecido los lotes para que los constructores «hicieran» sus edificios.

Al revés, que fue como se hizo, la ciclovía sólo sirve para mostrar que existe ciclovía (a los futuros compradores a través de espectaculares imágenes generadas por computador, pues su presencia implica que el inversionista no sólo adquiere un inmueble, sino que accede a un estilo de vida donde prima el espacio público), pero en el fondo no hay nada. «Hacer» la ciclovía, sin insertarla en un sistema prefigurado que la articule con otras iguales a ella, así como en un lenguaje estético y normativo que la relacione con sus alrededores, no tiene mucho sentido, ¿o sí?

—Es lo que pide la gente.

—Esa es justamente la oposición entre ambos modelos. Para occidente, que la gente quiera ciclovías ya quiere decir que anhela algún tipo de organización donde los vehículos están separados de las bicicletas. Y hacer vías exclusivas para ciclistas no es tan fácil como suena: es relativamente complejo y, por ende, requiere de un planeamiento sistémico y de análisis estructurados, razón por la cual «hacerlas» no depende de la gente, sino de expertos que las «piensen». No se deja nada a la improvisación. «Hacer» la ciclovía implica coordinar varios factores armónicamente, como en una sinfonía…

Para nosotros, si la gente quiere ciclovías pues «hacemos» ciclovías, así no más, azules, de un metro con veinte de ancho, con una zona verde con palmas sembradas y luminarias con tecnología LED de 100 vatios de potencia; y la siguiente puede ser de ochenta centímetros, en cemento esmaltado pintado con mineral rojo, sin césped y sin postes de luz; y después puede que no haya ciclovía sino paneles de concreto fundidos en sitio; y después sólo haya un camino de arena que termina contra una pared, cada uno haciendo lo que quiere, como puede, cuando puede… Por eso es que su amigo alemán, cuando lo ve manejar a usted por el tráfico de Bosa o de Buenaventura, con una llanta en un carril y la otra en el otro, entre decenas de motociclistas y ciclistas que danzan por entre los vehículos esquivando niños pobres vendiendo chicles y hombres tragando fuego haciendo malabares con machetes afilados y carretas de tracción animal cargadas de escombros y perros famélicos que «saben cruzar calles» y árboles nativos que nacieron espontáneamente por entre el pavimento y alcantarillas destapadas de las que sale un chamizo con una camiseta amarrada para advertir a los conductores y tractomulas cargadas de varillas de acero corrugado de media pulgada y camiones de dos ejes que transportan cerdos que se dirigen al matadero; cuando él presencia ese fandango improvisado de actores de todas las clases y abolengos, con todas las especies animales y vegetales, sin ningún orden ni jerarquía, él no piensa en los compases cadenciosos del concierto, sino en las vibraciones explosivas y en los efluvios eléctricos de un carnaval.

—Por eso la historia depende de cómo le va a cada uno en el baile.

—Así es.

*Arquitecto, Profesor de la Universidad Antonio Nariño.


LA GUACHAFITA