• Mauricio Muñoz Escalante*

Cuando tus posesiones son más que tú mismo


Foto: Marion Fayolle | The New York Times

Tengo un perro grande y peludo que saco al parque por las noches. De esa manera él libera la energía que acumula acostado en la casa mirando para el techo, hace relaciones sociales con los otros perros que encuentra para jugar, se retuerce en el suelo hasta quedar sucio por delante y por detrás —para que yo lo limpie y lo peine y, como entre chimpancés, creemos lazos más fuertes de amistad—, salta, corre, orina y caga, mientras yo lo miro o hablo por teléfono. Es una relación madura.

También salimos en las mañanas a caminar y él me escolta todas las veces que salga a la calle a hacer cualquier vuelta. Y, obviamente, donde voy yo él es la noticia. Para los habitantes de mi barrio yo no existo: soy un apéndice humanoide que va pegado a «ese perro tan bonito». Por eso supongo que, como intuí secretamente que él me opacaría con seguridad, le puse un nombre épico, como si ningún otro espécimen jamás visto sobre la faz de la tierra se le comparara.

Lo llamé Légolas, hijo de Thranduil, hijo de Órofer, el elfo del arco y la flecha de El señor de los anillos, la saga de J.R.R. Tolkien, protagonizado en la trilogía cinematográfica de Peter Jackson por Orlando Bloom, un gringo alto, rubio, delgado, blanco, ojiclaro y adinerado, que por razones que los psicoanalistas disfrutarán bastante a costa mía, son precisamente las cualidades físicas opuestas al colombiano bajo, pelinegro, robusto, moreno, ojinegro y pobre que va amarrado al otro lado de la correa de mi perro, que soy yo.

Pero no fue al único que le pasó eso, no, no, no: mi amigo Pablo, por ejemplo, llamó a su perro «Pólux», hijo de Zeus y Leda, inmortal, hermano de Cástor, Helena y Clitemnestra; y mi amiga Francy llamó al de ella «Gohan», hijo de Goku y Chi-Chi, primer híbrido mitad humano y mitad Saiyajin; y Esteban llamó al de él «Zéus», el dios del cielo y del trueno del Olimpo, padre de todos los dioses y los hombres, ¡y eso que es un Pinscher! El único medio sensato fue Miguel, que llamó a la perra de él «Laika», aunque esta tiene en sus pergaminos ser el primer ser viviente enviado al espacio desde la tierra por los rusos, lo que a mi juicio no está nada mal.

Pero otra cosa es cuando llega el segundo perro. Como la tenencia de animales domésticos se aleja bastante de las escenas de los comerciales de las inmobiliarias en las que niños y padres corren por praderas sin fin, seguidos de cerca por un Golden Retriever (parecido a Orlando Bloom, pero perro), con el pelo rubio brillante al sol, moviéndose libremente por efecto del viento, todos riéndose; como en la realidad los pastos no son tan verdes ni están tan bien podados, y en su lugar tienen baches y huecos y piedras que se usan para jugar cotejos de banquitas, y las familias no se persiguen ni se lanzan en montonera con sus perros en alegría incontenible; como resulta que nuestros animales domésticos no son seres sin parangón, la segunda mascota no se llama Aragorn, hijo de Arathorn, heredero de Isildur, como podría pensarse con rima, sino por ejemplo «Negro», como en mi caso; o «Firulai», como en el caso de Pablo; o «Chavito», como en el caso de Francy; o «Mateo», como le puso Miguel al de él, cayendo en la tendencia cada vez más popular de nombrar los perros como si fueran humanos, y abriendo de paso el camino para que a los niños entonces les pongan los nombres más estrafalarios:

— ¡Tan lindo tu perro! ¿Cómo se llama?

— Sebastián.

— ¿Y el niño?

— Yohan Euseliberth.

— ¡Guau! —exclama la amiga de la ciclovía.

Esa es mi teoría. La prueba es que mi amigo Javier, que a su primer perro le puso Duque (sobra explicar por qué, y obviamente no es por nuestro recién elegido presidente), como su segundo perro quedó postergado indefinidamente por la llegada del primogénito, al bebé lo bautizó James, como el futbolista colombiano que juega en el Bayern de Múnich. Entonces, cuando me preguntan cómo se llama Negro (aunque reconozco que ocurre con una frecuencia bajísima) y yo respondo «Negro», todos entienden inmediatamente «Negro»; no hay espacio para la confusión. Pero cuando a él le preguntan por el niño y él dice «James» y la gente pronuncia «James» (en español) y no «Yeims» (como dice él que es en inglés), se le complica la vida. No es como «John Freddy» (indiscutiblemente uno de los nombre más populares de nuestra geografía), que siempre pronunciamos igual, así a la hora de escribirlo se observen todas las combinaciones habidas y por haber: Jonh, Jon, Yon, Yohn, Yonh, Yonnhn; y Fredy, Fredi, Freddi, Fredhi, Freddih.

A propósito dice Fernando Vallejo en La virgen de los sicarios : «Con eso de que le dio a los pobres por ponerles a los hijos nombres de ricos, extravagantes, extranjeros: Tayson Alexander, por ejemplo, o Fáber o Eder o Wílfer o Rommel o Yeison o qué se yo. No sé de dónde los sacan o cómo los inventan. Es lo único que les pueden dar para arrancar en esta mísera vida a sus niños, un vano, necio nombre extranjero o inventado, ridículo, de relumbrón».

Por eso tal vez cuando me preguntan cómo se llama Légolas y yo respondo «Légolas» (cosa que ocurre además con demasiada frecuencia), casi nadie entiende y entonces cada cual le dice como le da la gana: Légula, Débola, Débora, Nérola, Pátula, siempre sin la ese, como el chiste flojo del costeño que no reconoce el plural en «el domingo» y «lo domingo». Lo más cerca que han llegado a decirle a Légolas es Nícolas, con tilde en la i, como se pronuncia en inglés (pero escribiéndolo con hache: Nicholas).

Eso me pasa por comprar un Golden Retriever y además ponerle Légolas. Porque por punta y punta me encargué de desaparecer bajo su sombra canina, la que los niños del parque confunden con la de Aslan, el león amistoso de Las crónicas de Narnia. Tanto es así que hace poco cuando fui a la carnicería, al hacer el recibo de mi compra el tendero ni siquiera se preocupó por preguntarme a nombre de quién: simplemente escribió «Papá Légola», sin la ese y sin la preposición «de», que indica propiedad. Así de invisible soy.

Foto: Archivo particular

Pero no me ofendió. Todo lo contrario: pensé que así hubiera estado solo, sin el Golden Retriever con cara de afiche de inmobiliaria que me sigue a todas partes (riéndose), cuando el señor de la carnicería me hubiera preguntado «¿A nombre de quién?», yo igual le habría respondido «Papá de Légolas», con la ese y la preposición posesiva, pues el pollo era para él y no para mí, y el paseo mañanero también era para él, porque según el veterinario «él tiene exigencias atléticas que no pueden faltar».

—Somos lo que poseemos. Si para el carnicero usted es «Papá de Légolas», para el del concesionario es «Propietario de carro X», para el de la joyería es «Poseedor de reloj Y», y para el ladrón es «Dueño de celular Z». Usted nunca es usted.

Podría ser «domador de pájaros», como Radagast.

—¿Radagast?

Uno de los Istari enviados por Valar a Tierra-Media para ayudar a los elfos y a los hombres a combatir a Sauron.

—Para esa gracia, mejor «sirviente de perros», que le cuadra perfecto.

Claro: a la hoja de vida.


LA GUACHAFITA