• Dayana Méndez Aristizábal

Las víctimas de primera y segunda categoría. Una “selfie” no vale para todo


No voy a detenerme en lo obvio, porque es absolutamente asquerosa la agresión que sufrió la actriz Eileen Moreno por parte de su expareja Alejandro García y porque eso no requiere de mayor abstracción mental –bueno, para algunos sí lamentablemente–. Ahora quiero llamar la atención sobre algo que me tiene sorprendida y estoy segura de que no sólo a mí. En dos días Colombia se ha convertido en el país más solidario y concientizado sobre la violencia contra las mujeres. Es una cosa de locos, un día todo esto vale cinco y al otro las redes están repletas de fotografías tapándose la mitad de la cara acompañadas de mensajes de rechazo. Está claro que estas manifestaciones de repudio son tan bienvenidas como necesarias, pero ¡pilas!, este rechazo no puede llegar solamente cuando la agredida es una mujer famosa, una actriz que tiene reconocimiento en los medios de comunicación, en la televisión, en el cine y que por ello todos los famosos y las famosas del país ahora sí se movilizan y la gente entonces hace lo mismo.

He visto la susodicha fotico en los perfiles de personas que nunca han musitado siquiera un “ni una menos”, que nunca se han cuestionado estas cosas, que nunca han rechazado un golpe o un feminicidio, los señores que jamás se han revisado sus privilegios ahora están brindándole su apoyo a Eileen y pidiendo que se haga justicia y animando a las mujeres a que denuncien.

Vean. Vamos partes, uno no puede rechazar algo de lo que también uno hace parte y de lo que es en todo caso, responsable. Es innegable que nos han formado en un entorno machista. Lo reprochable es que no nos interese cuestionarlo, ni salir de allí. De nada sirve tanta solidaridad si no somos conscientes de que en Colombia cada día 50 mujeres son maltratadas[1] como lo fue Eileen.

Por lo demás, de cada 10 casos de maltrato al interior de una relación de pareja, solo 3 mujeres denuncian y ¿saben por qué? porque tienen temor de ser revictimizadas; de que las hagan sentir culpables; de que les pregunten que qué hicieron para provocarlo; de que el policía que se supone acude a ayudarlas, les pregunte si están seguras de denunciar, porque seguro que al ratico perdonan al tipo; de que su familia le diga que mejor no se ponga en esas porque qué dirá la gente, mejor evitar un escándalo; de que en un proceso judicial la sometan a verse con el agresor en múltiples ocasiones y de que finalmente el juez en una sentencia elaborada con fundamento en prejuicios, le diga que como hay duda probatoria (no hay suficientes pruebas) pues el hombre queda libre.

No exagero. En Colombia en promedio el 90% de los casos de violencia contra las mujeres está en la absoluta impunidad. Entonces no nos llenemos la boca diciéndoles a ellas que denuncien, que vayan y cuenten lo que pasó cuando en realidad lo que sucede es que todo el mundo les da la espalda y las exponemos doblemente. Esto tiene que cambiar, es urgente que así sea, y tiene que cambiar con la participación de las instituciones judiciales, obviamente, pero para que ocurra, hay que empezar por cuestionarnos lo que diariamente hacemos para aportar a este cambio.

¿Qué hacemos por la eliminación de las discriminaciones y las violencias contra las mujeres?, en lugar de sacarse foticos tapándose la cara, los hombres por ejemplo pueden empezar por hacerse responsables de las tareas de cuidado en el hogar y no dejárselas enteramente a sus compañeras. ¿Hombres, se quieren deconstruir? No saben lo que deconstruyen la escoba y la esponjita del lavaplatos, son muy efectivos; o el callarse los piropos en la calle; o no reírse de los chistes sexistas en la oficina; o no intentar sobrepasarse con una mujer que ha tomado; o no celar a sus parejas y querer controlar sus vidas como si ellas les pertenecieran.

En lugar de decirle a las mujeres de que “no se dejen pegar de ningún carechimba”[2], díganle mejor a esos “carechimbas” que no sean tan infames y cobardes y no permitan para sí mismos ni para ningún hombre de su entorno ninguna forma de violencia en contra de las mujeres. Hay que liberar de esas responsabilidades “sutiles” a las mujeres, esas que les ponemos cuando les decimos “no se deje”, “fíjese con quien se mete”, “denuncie, por qué no lo denunció antes”, ¡no!, tenemos que hacer responsables a los verdaderos causantes del daño y rodear y apoyar a las víctimas.

Empecemos por cosas tan sencillas como creerles, formar redes de apoyo, por abrazarnos entre nosotras mismas y no caer en la trampa de la culpabilización, de juzgarnos y de poner en tela de juicio el dicho de la mujer agredida. Caminemos todas y todos hacia la exigencia de mecanismos reales y efectivos que garanticen una justicia real, una que sí condene a los agresores y no sea todo letra muerta. Reconozcamos a todas las víctimas; las ricas, las pobres, las afro, las indígenas, las lesbianas, las trans, las que tienen discapacidad; todas. Una foto o un hashtag no sirven de nada sin un verdadero ejercicio de reflexión.

Como le escuché a Catalina Ruiz Navarro esta mañana mientras terminaba de escribir esta columna, mucho más efectivo que tomarnos una selfie solidaria es escuchar y acompañar a las mujeres a nuestro alrededor. Ya saben, una selfie no vale para todo.

[1]Datos de estudio realizado por la Universidad Libre de Colombia, liderado por la Docente Angela Gómez Juntico

[2]Como dijo Rigoberto Uran


LA GUACHAFITA