• Mauricio Muñoz Escalante*

¿Ciudades naranja o anaranjadas?


Foto: Cortesía BID

Hace muchos años en el argot de los arquitectos se decía que las ciudades colombianas eran «anaranjadas», debido en gran parte a que los edificios se construían dejando el ladrillo a la vista. Hoy, sin embargo, las ciudades ya no serán «anaranjadas», no sólo porque la paleta de colores de clientes y arquitectos y contratistas ahora es mucho más variada, habida cuenta del sinfín de materiales de todas las procedencias, sino porque con la llegada de Iván Duque al poder, quien en varias oportunidades se ha expresado a favor de la creatividad como motor económico, las ciudades tendrán que llamarse entonces «naranja».

— ¿Será?

Así lo sugirió el presidente electo hacia la mitad de su discurso de posesión: «Quiero que los jóvenes de Colombia escuchen esto con atención: estamos comprometidos con el impulso a la economía naranja para que nuestros actores, artistas, productores, músicos, diseñadores, publicistas, joyeros, dramaturgos, fotógrafos y animadores digitales conquisten mercados, mejoren sus ingresos, emprendan con éxito, posicionen su talento y atraigan los ojos del mundo».

— ¿«Economía naranja»? ¿Y eso qué es?

Pues en un libro que escribió el presidente, La economía naranja: una oportunidad infinita, se dice que es «el conjunto de actividades que de modo encadenado permite que las ideas se transformen en bienes y servicios culturales, cuyo valor está determinado por su contenido de propiedad intelectual»… ¿Entendió?

— La verdad no.

Es comprensible. «Economía naranja» no quiere decir nada en el sentido idiomático, pues es como decir «Medicina pera», «Filosofía chirimoya» o «Derecho anón». Obviamente, la economía no puede ser naranja. Y si se refiere al color tendría que ser economía «anaranjada», como las ciudades, o sea, «de un tono parecido al de la naranja», que es la fruta. Pero así tampoco tiene mucho sentido, pues no existe «Estadística azul» o «Ingeniería mecatrónica púrpura». Iván Duque y Felipe Buitrago (el coautor del libro) dicen «Economía naranja» porque asocian el color naranja a la cultura, la creatividad y la identidad con base en algunos datos curiosos: que en el antiguo Egipto, por ejemplo, se usaba ese color para adornar los jeroglíficos de las tumbas de los faraones; que Baco, dios del vino y patrón del teatro de la mitología griega, vestía prendas de ese color; que en el confucianismo ese es el color de la transformación; que para los Tupac-Katari de Perú es el color de la sociedad y la cultura; que en el hinduismo el chacra naranja, que se ubica en el estómago, es el centro creativo del individuo; que en la cultura popular no faltan las metáforas como el fuego creativo o el fuego del amor, que también se piensan en ese color; etcétera.

— Ah, ya. ¿Economía naranja es como una economía creativa?

«Economía creativa» es el término del que desarrolló el concepto originalmente en el 2001, que se llama John Howkins, al que dan crédito Buitrago y Duque en la página 15 del librito que le cuento. Pero la de ellos es «naranja», me imagino que para diferenciarse de la otra, aunque en el fondo son como lo mismo.

— Pero muy bueno, ¿no? Así Wílfercito, que pinta tan chévere, puede vender sus cuadros y logra comprarle la nevera que tanto le ha prometido a la comadre Berta, ¿cierto? Y Leidy Yulieth, la hija de misia Concha, sale adelante con las pulseras esas que hace… Tan bonitas que son. ¿Las ha visto?

No, pero no es tan fácil. No es que la gente no sea creativa porque no estaba Duque para decirle, «sea creativa». Claro que faltaba el impulso del estado (hay ideas creativas que no se desarrollan por falta de presupuesto), pero no es la norma. La creatividad no es una cualidad de la personalidad muy común. Todo lo contrario, es muy extraña; tanto que en ocasiones se relaciona con algunos desórdenes mentales.

— Es que hay artistas muy locos.

Pero no es que sean «locos» en el sentido de que toque internarlos para someterlos a terapia de electrochoques, aunque habrá sus casos. La relación es más bien que el creativo y el enfermo mental hacen razonamientos desviados del centro; por eso lo de «excéntricos».

El problema es que hay cálculos que estiman que sólo el 1% de las personas son creativas y sólo el 1% de ellos logra además vender su talento. Esto explica por qué consiguen un éxito tan formidable, pero también por qué los jóvenes de los que habla el presidente, cuando dicen que se quieren dedicar a cantar al terminar el colegio, las primeras personas en las que piensan sean Shakira, Juanes, Maluma o J.Balvin, y no en las decenas de miles de cantantes de los bares y las fiestas de matrimonio y los buses del transporte público. De ahí que si alguien tiene una idea creativa no se considere que eso equivalga ni al 1% del proyecto, pues para llevarla a la realidad falta la producción, la distribución, el mercadeo, la comercialización, el servicio al cliente, la categorización, etcétera, y que los músicos sólo reciban un porcentaje mínimo de las súper-ventas de sus canciones, además de que para tener el reconocimiento que poseen tengan que alcanzar límites millonarios. Por eso, aunque los cantantes ricos y pobres «vivan» de su arte, la creatividad no se percibe como una estrategia conservadora para progresar en la vida, sino por el contrario, como una actividad de mucho riesgo. Y si es así, no pareciera el método ideal para sacar la economía de un país adelante, basándola en la incertidumbre. La dificultad de la creatividad, como bien intuyen los padres de los muchachos que quieren ser cantantes, es que no es nada fácil darle valor (monetizar, como dicen ahora) las iniciativas que dependen exclusivamente de la innovación.

La razón es que una idea creativa es inicialmente sólo eso: una idea. Y el gran error está en pensar que lo único que se necesita para convertirla en una iniciativa exitosa sea el dinero. Aunque es comprensible, pues cuando se quiere financiar una idea creativa, las primeras personas a las que acude son la familia y los amigos (si se corre con la suerte de pertenecer a una familia adinerada o se tiene la fortuna de tener amigos con plata). Pero como ese no es la mayoría de los casos, el siguiente nivel al que se tiene que llevar la idea creativa es donde algún mecenas que esté dispuesto a comprometer su pecunia para costear la iniciativa, a precio de dejar al artista casi sin nada, pues los mayores dividendos se los llevará él por atreverse a invertir. Y si no es el mecenas, hay que subir otro escalón, hasta una organización… Y así sucesivamente Es un problema capitalista por excelencia precisamente porque es un juego de alto riesgo y alto retorno.

Visto así, claro que el problema parece ser la carencia de dinero, pero falta la otra mitad: que haya quién consuma los productos creativos. Por eso el 99% de la población (que no es creativa) debe realizar actividades económicas que involucren menor riesgo y así mismo dejen menos retorno, de manera que por ser muchas más las personas involucradas la ganancia ya no sea despreciable.

Veamos el valor en el mercado de algunas de las compañías que cita Duque en su libro: naturalmente las más valoradas (por las que la gente —en teoría— pagaría más) son todas empresas que dependen en un porcentaje muy alto de la creatividad: Apple, Amazon, Microsoft, Facebook. Pero si miramos el número de trabajadores que tiene el sector de la economía «diseño de sistemas computarizados y sus servicios relacionados» en Estados Unidos (al que pertenecen Apple, Amazon, Microsoft y Facebook), vemos que es un mero 1,1% de los 145 millones de personas empleadas en total en el país.

"Por eso el 99% de la población (que no es creativa) debe realizar actividades económicas que involucren menor riesgo y así mismo dejen menos retorno, de manera que por ser muchas más las personas involucradas la ganancia ya no sea despreciable."

Así la apuesta de Duque pareciera estar dentro de la lógica: si el 1% de los empleos produce el 80% de la riqueza de una nación, hay que trasladar —en otra nación— los esfuerzos a dichos sectores creativos. Pero lo que se le olvida a Duque es que esos otros 143,4 millones de personas trabajando en Estados Unidos fuera de la industria creativa están ganando mínimo 1.200 dólares mensuales, que porcentualmente les permiten consumir más servicios creativos que el empleado básico colombiano con sus 781.242 pesos que se gana al mes.

Pensemos en los escritores, que fueron unos de los olvidados por el presidente en su discurso de posesión sobre la «economía naranja»: el segundo libro más vendido de no-ficción esta semana en Estados Unidos es Educada de Tara Westover, que vale 12,74 dólares en su versión digital, que es el medio que más vende allá, muy por encima de los libros impresos. Eso quiere decir que un estadounidense podría comprar 94,1 libros de última generación en promedio con su salario mensual. Acordemente, el segundo libro más vendido de no-ficción esta semana en Colombia es Las cuatro disciplinas de la ejecución de Sean Covey, que vale 49.000 pesos en su versión impresa. Sin tener en cuenta que ambos autores son estadounidenses (los colombianos se lucran 0 pesos por las ventas) y sin tener en cuenta el costo ambiental (que evidentemente pagamos peor en Colombia imprimiendo el libro en lugar de venderlo digitalmente), el colombiano del común podría comprar sólo 15,9 libros en promedio por mes, o sea, casi seis veces menos que su homólogo del norte… Y esas casi seis veces hacen toda la diferencia.

— Ah, pero es porque ellos consumen más.

Por supuesto. La cuestión es precisamente que ellos están dirigiendo el consumo que ya existe a industrias creativas en el mismo sector. Pero no se puede pretender que donde no hay tanto consumo, como en Colombia, el primer objeto de consumo sea necesariamente algo creativo, porque eso no va a ocurrir. Volviendo a los libros: se necesita que haya un consumidor de libros antesde que haya libros «creativos». La industria de los libros (el 99%) debe preexistir para que el 1% de los Westover y los Covey puedan ser los fenómenos editoriales que son.

— Pero es que no todo en la vida es consumir.

¿No?

— Claro que no. A mí me gusta salir a caminar con Jameson al parque y mirar los pajaritos, y eso no me vale nada.

Ese es el punto: que las economías que toma Duque de referencia para hacer sus análisis (Alemania, Estados Unidos, Japón, Finlandia) son «capitalistas tardías», como diría otro Jameson —Fredric, el teórico—, o sea, basadas en el consumo de productos intangibles que ya tienen solucionado lo que llamamos coloquialmente en nuestro país «las necesidades básicas»; y en esos mismos términos la economía colombiana sería tal vez apenas «pre-capitalista». No se ve claramente cómo nos vamos a saltar doscientos o trescientos años y, de buenas a primeras, mudarnos a una economía de servicios si el 99% de la población no tiene un mejor ingreso. Claro que con un poco de apoyo saldrán adelante algunas ideas creativas y, por supuesto, eso va a mover los números de manera positiva. Pero no se puede pensar que la «economía naranja», con todo y sus estadísticas impresionantes, sacará la economía completamente del letargo.

Por eso se mencionaba al comienzo de este escrito que hace unos años los arquitectos decían que las ciudades colombianas eran «anaranjadas». Porque afirmar que eran «naranja», al estilo de Duque, sería como asegurar que el color se debía a las obras de Rogelio Salmona, Charles Émile Carré o Benjamín Barney, y cualquiera que vea a Bogotá, a Medellín o a Cali («Desde el aire», como muestran los hermosos libros de Villegas Editores o desde algún cerro cercano que sirva de mirador) se da cuenta de que los edificios icónicos del ladrillo a la vista son prácticamente indiscernibles (pueden estar también rondando el 1%), y que lo que da esa particular tonalidad a las ciudades es más bien el océano de los asentamientos informales construidos con el menos sofisticado bloque aligerado de arcilla No. 4, a cual más popular por dos razones bastante paradójicas: por economía, pues con la tradicional tapia y bahareque había que invertir en el revoque, mientras que el ladrillo podía dejarse como acabado final; y al mismo tiempo para darle valor a sus casas, pues al pasar de las tablas, los cartones y las tejas desportilladas de la vivienda típica de las comunas a una casa en ladrillo, se mostraba cierto ascenso social dentro de la comunidad.

La ciudad era «anaranjada» porque la gran mayoría de la gente no compraba el famoso tolete prensado Santa Fe, homogéneo, cocido a una temperatura entre 900°C y 1.200°C en hornos industriales; sino con lo que se llama en el gremio «ladrillo sucio», que son los cocidos por debajo de los 800°C, caracterizados porque el color de la arcilla varía entre unos y otros, e incluso muestra vetas de colores oscuros, dependiendo de si el horno trabajaba con carbón o con leña, que era la usanza de los chircales, que es como se conocen las ladrilleras artesanales.

Igual ocurre con la economía naranja que se imagina el presidente. Lo más probable es que no sea «naranja» como las tangelo (que son un híbrido entre mandarinas y toronjas, con forma de pera), homogéneas, perfectamente texturizadas, producidas en Florida, Estados Unidos, sin una peca, siempre dulces como la miel, cultivadas en un estricto equilibrio entre fertilizantes y herbicidas, acentuadores de color y aumentadores de olor; sino que sea más bien una economía «anaranjada», como nuestras frutas, medio amarillas y medio verdes, con puntos negros cerca del ombligo o sin ellos, unas dulces y otras ácidas, unas maduradas a golpes y otras deliciosas.

La prueba es que en otro libro que circula a propósito del tema, Economía naranja: innovaciones que no sabías que eran de América Latina y el Caribe, se afirma que la economía naranja da empleo a 1,9 millones de personas en la región. Pero si miramos la estadística de la Organización Internacional del Trabajo, vemos que a finales del 2017 el desempleo en Latinoamérica y el Caribe llegó a 26,4 millones de personas.

— ¿Quién va a emplear al 92,9% restante, que además es poco o nada creativo?

Está color de hormiga.


LA GUACHAFITA