• Mauricio Muñoz Escalante*

Tierra de nadie


Cerca de mi casa hay un colegio: el lugar al que van los niños a aprender cómo funciona el mundo. Y allá tenían un perro amarrado, al sol y al agua, aguantando hambre y con lesiones en la piel.

— ¿Cómo se explica que las generaciones venideras aprendan a respetar y querer los animales?

Nadie sabe.

— ¿Quién lo tenía viviendo en esas condiciones?

— Vaya y pregunte: el dueño no fue; las profesoras no fueron; las aseadoras, tampoco; los alumnos, menos. Conclusión: Nadie tenía muriéndose de hambre al perro.

Un día, sin embargo, Nadie lo dejó salir, o mejor, el perro se escapó, o peor aún, Nadie lo puso en la calle sin ningún resquemor, y entonces el perro salió corriendo (por su vida, literalmente) y se quedó a vivir en el parque, el mismo donde voy yo a pasear a mi perro y, por consiguiente, donde ambos juegan todos los días. Porque si hay algo que caracterice a un perro es que, por muy mal que esté la cuestión (digamos que hambriento, aporreado, enfermo y sin afecto), siempre es un buen momento para revolcarse en la arena y morderse y perseguirse con otro de su calaña hasta quedar exhausto.

Y como no se necesita ser Sor Teresa de Calcuta para darse cuenta de que algo estaba mal, al segundo o tercer día de conocerlo me hice cargo de él y, medio millón de pesos después, quedó como un lulo, o sea, perfecto. Como uno de los signos distintivos de nuestro país es que las ciudades estén llenas de perros deambulando las calles, orinando en los postes, montando perras en celo y comiendo de la basura que se acumula en los andenes, decidí hacer algo.

— ¿Cuántos son?

Nadie sabe.

Según el centro de zoonosis de Bogotá, por ejemplo, que es la capital del país y por ende la que imparte el ejemplo, en el 2014 había 322 mil perros abandonados, y en el 2016, según la secretaría de salud de la ciudad, bajaron a 90 mil, por arte de magia seguramente pues según un estudio de una Universidad de Ciencias Aplicadas y Ambientales (UDCA) ese mismo año dizque eran casi un millón.

— ¿A quién creerle?

— A Nadie.

Un desfase de esa magnitud no puede considerarse un margen de error o siquiera un mal cálculo, sino que no sabemos contar, o investigar. Por eso mejor extrapolar dos datos: el de un gringo, Stanley Coren, que dice que en Colombia hay 5 millones de perros que sirven como mascotas, con base en los estudios de mercado de las marcas de concentrado, quienes han desarrollado investigaciones para calcular el tamaño de la demanda en todos lados del planeta; y por el otro (pues los perros callejeros de Colombia no comen Dog Chow ni Taste of the wild) la estadística de la Organización Mundial de la Salud que calcula el abandono entre el 50% y 60% de la población canina. De esa forma entonces podemos decir que el huidizo número es de 2,75 millones de perros en la calle en Colombia.

— ¡Guau! —exclama apropiadamente una reportera.

El político que está siendo entrevistado apenas la deja terminar la oración y responde sin dudar:

Estamos actuando de la mano con la comunidad para hacer jornadas de esterilización. En compañía de los doctores de la gobernación y de la Asamblea Departamental vamos a tramitar un proyecto de ley para la tenencia responsable de animales domésticos. Hemos definido un equipo de trabajo para ir a todos los barrios de la ciudad para que las personas salgan con sus mascotas y acudan masivamente a las jornadas de educación y capacitación. Vamos a conseguir apoyo del sector público. Vamos a destinar recursos de las regalías del petróleo y de las exportaciones para sufragar las iniciativas. Vamos a financiar el programa con la comunidad internacional; ya estamos en contacto con la ONU, el FMI y el BID para poner en marcha el plan más ambicioso de la historia del país para corregir este problema. ¡Porque esta no es una pelea que debemos dar solos! El mundo debe acompañarnos. Por eso hemos diseñado estrategias para vincular a los organismos del estado en todos los niveles. Vamos a llevar felicidad hasta el corazón de cada perrito. Habrá albergues para todos y comida gratis de las mejores marcas del mercado. ¡Pondremos dispensadores de bolsas en las esquinas! Se destinará un recorrido de camiones especiales para recoger los excrementos de los animales, los cuales se llevarán los desechos a rellenos sanitarios tecnificados donde se producirá compost de primera calidad y se promoverá la creación de un nuevo abono, nunca antes visto, que se podrá utilizar en los cultivos de orquídeas y frutos hidropónicos en las terrazas de las casas de las ciudades. A través del nuevo ministerio de protección animal vamos a regalar las vacunas y los tratamientos contra las pulgas. ¡Vamos a ser un país sin perros de la calle! ¡El perro es el mejor amigo del hombre! Si no somos nosotros, ¿entonces quién? ¡Sumémonos ya a la consigna «Todos tenemos un perro en nuestro corazón»! Estamos recibiendo los aportes en una cuenta bancaria

La reportera observa cómo el político escupe cada vez que abre la boca y mira asombrada cómo en las comisuras de los labios se le empieza a acumular una babaza blanca. El hombre tiene tantas cosas que decir que no deja ni un segundo entre cada frase para pasar saliva y respirar profundo, sino que habla y habla y habla como poseído por el demonio. Pero la mujer no termina de sorprenderse, cuando estallan los ladridos rabiosos de dos perros que se trenzan en una pelea a muerte en medio de la vía pública sin que Nadie—por supuesto— se atreva a intervenir.

Eran «Danger», el perro del edil de la comuna donde vivo, que es vecino mío y también del parque y de los perros abandonados que Nadie arroja a la calle sin que ninguna autoridad haga nada al respecto, y «Negro», a secas, que es el perro que rescaté. La verdad es que iba a ponerle «Van Berkel», como se llama un arquitecto famoso que casi siempre se viste de negro, pero fue imposible que el perro reaccionara a ese toponímico (como si fuera otro idioma o quién sabe qué). Después un niño que va al parque me dijo que dizque Nadie le había puesto «Rocky», pero pensé en lo ilógica que era la propuesta siendo que Rocky (Sylvester Stallone) es blanco y el perro en cuestión es negro como el carbón. Pensé que si fuera por esa película lo lógico era ponerle «Apollo», que es el amigo negro de Rocky. Pero luego pensé que lo lógico era que Nadie no lo hubiera tenido en esas condiciones: lo lógico era que Nadie le hubiera provisto alimento y compañía y un lugar donde dormir, pero eso no era posible. Mejor pensé en ponerle entonces Afrocolombiano, para ser políticamente correcto, pero tampoco funcionó. Me di cuenta de que el perro no había leído nada de postmodernismo y no estaba al tanto del debate sobre las políticas de identidad y la teoría crítica, y finalmente me decidí por dejarlo como podía decirse antes cuando se quería describir un color, fuera blanco, amarillo, rojo o azul, sin que Nadie pensara que lleva un tinte racista: «Negro».

Corrí hasta el lugar y logré separar a «Negro» halándolo del collar, mientras él seguía lanzando dentelladas en dirección a «Danger», a quien finalmente se llevaron los hijos del edil.

—Ya, Negro —le dije, mientras le daba palmadas suaves en la cabeza—. Tranquilo.

Lo había llevado casi a rastras hasta la esquina de la tienda, de donde salía el sonsonete eterno de las noticias, 24 horas al día, 7 días a la semana, por los 2 canales que entran por la señal de la televisión digital terrestre.

—¡Perro traicionero! —gritaron de pronto desde adentro del local.

Me pareció un comentario fuera de sitio y no quise pasarlo por alto, así que entré. Don Folívoro, el dueño, estaba sentado detrás del mostrador, de manera que el lugar parecía vacío. En el televisor hablaban como siempre de desfalcos al erario público.

—No me parece —le dije—. Danger es el que ataca a Negro porque este representa una competencia para él en el propósito de quedarse con todas las hembras del barrio.

—Esos perros son todos iguales —dijo don Folívoro sin mirarme a los ojos, abstraído en el aparato colgado de la pared.

En el noticiero decían que la clase política colombiana es una de las más corruptas del mundo.

—Obvio que son iguales —saqué energías para decir—. Ambos son machos, ambos son jóvenes, claro que compiten por el territorio como cualquier otro animal.

Pero no podía pensar bien por el volumen infame del televisor. En el noticiero decían que el salario de los congresistas colombianos era 40 veces más que el de la clase obrera, mientras que en Holanda, el país del arquitecto que le iba a dar el nombre a «Negro», apenas era seis veces. Una reportera mostraba la habitación que les entregaban a los diputados en los países bajos: pequeña, sin lujos, como la de cualquier trabajador de clase media. Me acordé de los senadores colombianos que tienen casas con grifos de oro macizo y animales exóticos en fincas de cientos de fanegadas, además de investigaciones abiertas por todo tipo de fraudes y enriquecimiento ilícito.

—¡Deberían matarlos a todos! —volvió a proferir don Folívoro.

Pensé en decirle que eso era una estupidez, pero me contuve. Es famosa la denuncia contra un exalcalde de Bogotá, cuando de la mano de la secretaria de salud de la época, dizque mandaron asesinar miles de perros callejeros, electrocutándolos, para tratar de ponerle coto al problema en la capital, pero me imaginé que él diría, como casi siempre ocurre, que no había otra opción. Mejor le repetí mi diatriba de que matar los animales no es justificable de ninguna manera y que la misma gente debía hacer algo al respecto.

—¿Cómo se le ocurre? —le dije—. ¿Qué culpa tienen los perros? Los culpables son los amos. La gente compra perros como si fueran muñecos de peluche y después los botan a la calle sin más.

Pero don Folívoro no parecía escucharme y yo estaba exhausto. Ya había mandado a castrar a «Negro». Quería asegurarme de que no preñaría a decenas de perras durante su vida, dejando por supuesto cientos de cachorros en la calle para morirse de hambre, además de que dejaría de ser tan territorial y no saldría lesionado cada dos días por andar peleando. Sabía que Nadie me lo iba a premiar, pero sí esperaba que alguien lo reconociera… O que por lo menos «Danger» no lo atacara cada vez que había oportunidad, ¡a sabiendas del edil!

—¿Qué es lo que dice? —me preguntó don Folívoro, volviendo en sí.

—Le decía que deberían castrar también a Danger y dejar de quejarse de Negro, pues no es culpa de él. ¿De qué está hablando usted?

—Pues de la consulta anticorrupción del domingo. Hay que votar porque esos perros son los que tienen jodido a este país.

—¿Cuáles perros?

—¡Pues los políticos! ¿Quién más?

Le iba a decir que este domingo no había ninguna consulta anticorrupción; que el 26 de agosto era el día del perro. Pero como ya ni siquiera dejan en paz las fechas que la gente escoge para celebrar sus frivolidades, sino que los políticos se los mueven para donde quieren para armar sus pantomimas, así como hizo Santos con el día del Padre, recordé que este año lo pasaron para el 27 de julio (el del perro callejero, porque el de los otros fue el 21) y entonces no mencioné nada al respecto.

Nadie, don Folívoro —le dije, pero después corregí—. Nadie.

Pero creo que él no notó la diferencia.

Fuentes:

El Espectador (2018).Hoy se celebra el Día Internacional del Perro Callejero en Colombia. https://bit.ly/2wof5BD

Revista P y M (2014). El 26 de agosto se celebra en Colombia el día del perro. https://bit.ly/1pmsx0K

Revista Semana (2014). 322.000 perros callejeros.https://bit.ly/2Ln9e54

RCN Radio (2016). En Colombia hay 900.000 animales domésticos abandonados. https://bit.ly/2CpedC6

Dogalize (2016).Millones de perros callejeros y animales en Colombia. https://bit.ly/2LnfYjA

Psychology Today (2012). How many dogs are there in the world?https://bit.ly/2Nc1BAi

National Animal Interest Alliance (2011). The global stray dog population crisis. https://bit.ly/2MNyx52


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