• Mauricio Muñoz Escalante*

La formalidad dentro de la informalidad


Foto: Cortesía La Nación

Hizo mal el presidente del senado, Ernesto Macías, al decir en su discurso del día de la posesión del presidente electo Iván Duque que la informalidad colombiana llega al 48%.

Pero no hizo mal porque haya sugerido que la culpa es de Juan Manuel Santos, pues así es. Es culpa de Santos y de Uribe y de Pastrana y de Samper y de Gaviria y de Barco y de Betancur y de Turbay y de López, sólo por mencionar los posteriores al Frente Nacional, porque los de antes, esos son más culpables todavía.

Macías hizo mal porque el dato es erróneo o, por lo menos, incompleto. Cuando le dice al presidente Iván Duque, que el país que recibe tiene una tasa de informalidad del 48%, seguramente se refiere a la informalidad que nos hemos inventado los colombianos para poder vivir con nosotros mismos y la consciencia nos deje dormir por la noche, que es decir que la informalidad es «del otro», especialmente de los más pobres. Macías se refiere a lo evidente, a lo que salta a la vista de cualquiera: saltimbanquis y tragadores de fuego y vendedores de chicles y niños drogados limpiado parabrisas en todos los semáforos («Informalidad laboral»), y montañas sembradas de tugurios y mediaguas y casas a medio hacer que se pueden ver rematando el eje de la avenida El Dorado por el que se desplazaron los mandatarios al bajarse del avión, y que se pueden apreciar también desde la suite presidencial del último piso de los hoteles donde se hospedaron los invitados al evento («Informalidad urbana»).

Macías no dijo nada que no sepa todo el mundo. Pero el problema no es decirlo. Yo lo digo, tú lo dices, él (Macías) lo dice, nosotros (los colombianos) lo decimos, ellos (los presidentes invitados) lo dicen; todos lo saben. El problema es de los números de Macías, que están bajitos pues según la organización mundial del trabajo, la informalidad laboral está en el 50% (el 74% según otros estudios); y la informalidad urbana, según los estudios de la Universidad Nacional, llega casi al 60%. Decir que «la informalidad» (así, en general) llega al 48% es sólo la punta del iceberg. «La informalidad» (así, en general) es cercana al 100%.

Veamos no más el tema de la movilidad; no en vano es el que nos muestra cómo nos conducimos: ¿Qué tal «la forma» de las orejas de los puentes, planeadas por ingenieros civiles y de tráfico, a través de barrios residenciales, como ocurre en todas las ciudades de Colombia? ¿Y qué «formación» recibieron los arquitectos y planeadores urbanos que diseñaron la autopista que pasa de cinco carriles (o seis, si se cuentan los buses de transporte interurbano que no deberían estar ahí) a sólo tres en la terminal del norte de la capital del país? ¿Y será muy «formal» la adjudicación de los contratos de las grandes autopistas que dizque van a surcar nuestra geografía de norte a sur y de oriente a occidente bajo el extraño nombre de vías 4G? ¿Y qué tal la «formalidad» de los diseños del superpuerto de Barranquilla, del que algunos dicen —para empezar— que no tiene canal navegable? ¿Y no se hizo acaso 10 u 11 veces «formalmente» el puente ese que parece una eseentre la autopista norte y la avenida ciudad de Quito en Bogotá? ¿Y no hubo «forma» de que el nuevo aeropuerto de Aguachica, en César, se entregara con torre de control? ¿Y en Neiva, desde donde regentó también Macías las veces que fue gobernador encargado del Huila, la construcción del sistema BRT no sólo tiene una piedra, la que se colocó en ceremonia «formal» hace casi tres años, y todavía no se ha hecho nada? ¿Y si han visto la «forma» en que manejan las motos?

Hace unos meses en Ibagué (ciudad que conoce el mismo Iván Duque al dedillo, siendo su familia oriunda del Tolima), vi en una obra de infraestructura de la ciudad, en la que los contratistas habían cerrado con cinta de seguridad el lugar de trabajo, que los conductores de moto hacían el retorno sobre los separadores de las vías aledañas. Era una práctica tan común, se había hecho durante tanto tiempo, que el bordillo ya se había roto (los pedazos aún estaban tirados en el pavimento) y los motociclistas hacían fila juiciosos, el obrero, el del servicio a domicilio de la pizzería, las mujeres embarazadas, los agentes de tránsito, uno tras otro, ocupando la mitad del otrora carril izquierdo de los carros, ¡con la direccional prendida!, todos muy «formales» dentro de lo informal, ciudadanos ejemplares, esperando pacientemente su turno para subirse al separador y hacer el giro en U. ¡Y todo por no avanzar, en moto, hasta la glorieta que la alcaldía mandó hacer cien metros más adelante hace unos años, precisamente para «formalizar» un poco el caótico tráfico de la ciudad!

Así somos. Lo vemos todos los días, a toda hora, en los barrios más ricos y en los más pobres, y no hacemos nada. Y después nos quejamos y ponemos el grito en el cielo cuando Macías dice que la informalidad es del 48%. Tal vez fue «la forma» de decirlo, pero esa es otra historia.


LA GUACHAFITA