• Marccio González

La confianza ciudadana: un reto "crónico" para el Estado colombiano/institucional


Foto: Estrategia Electoral

Si bien históricamente, el estamento institucional colombiano ha sufrido la ausencia de confianza por parte de la ciudadanía tanto a quienes ocupan los cargos públicos, como a las instituciones mismas; esta realidad adquiere relevancia, atendiendo a las esperanzas de paz que se han gestado desde hace algunos años, a raíz de los Acuerdos de Paz entre las Farc-EP y el gobierno colombiano.

Aquí, es preciso aclarar que aunque la paz no se materialice per se mediante tales acuerdos, pues hace parte de esas palabras/conceptos que integran diversas dimensiones como la erradicación del analfabetismo o el hambre, la disminución de la brecha social entre ricos y pobres, y en sí dinámicas de índoles que van más allá de lo meramente político; la oportunidad histórica de avanzar en su efectivización capitaliza la necesidad de recuperar la confianza ciudadana hacia lo institucional.

Ahora bien, el punto de discusión es la forma en que el Estado colombiano debería responder a los fenómenos negativos como la corrupción estatal y el clientelismo, la polarización ideológica, la imposición del interés particular sobre el social o el asesinato sistemático de líderes sociales, los cuales potencian aún más la pérdida de la confianza ciudadana. Los ciudadanos, como cuerpo social siempre nos encontramos directa o indirectamente alimentando nuestra percepción institucional con base a la respuesta estatal a dichos fenómenos, pero éstos demarcan la situación a un nivel general. También existe, una dimensión mucha más cotidiana en la cual la ciudadanía experimenta a diario el ejercicio del poder estatal; y es a esta dimensión a la cual se le podría apostar desde el Estado.

Se trata entonces, de atender la imperante necesidad de recuperar la confianza ciudadana, pero abandonando el ejercicio transversal, jerarquizado y homogeneizante de formular políticas públicas sin atender las condiciones contextuales propias de cada espacio social; y en lugar de ello el fortalecimiento de las cotidianidades políticas ciudadanas. Por ejemplo, que los ciudadanos perciban también una labor pedagógica en los estamentos policiales y no únicamente recriminatoria; que uno como usuario de cualquier entidad institucional no sufra demoras o retrasos respecto a otros usuarios debido a amistades o favores políticos; que la formación intelectual de una persona sea razón suficiente para aspirar a cargos públicos y no únicamente los lazos familiares o generacionales, o que el hecho de distinguirme como líder comunitario o social no signifique llevar una cruz encima esperando ser enterrada; y como tal, aspectos cotidianos en los cuales se cristaliza el ejercicio institucional de una forma más directa con la ciudadanía, y a partir de los cuales ésta va construyendo un tipo específico de relación con el Estado colombiano.

Así, se puede deducir que la erosión de la confianza responde también a una ausencia de "sinergia institucional", en la cual se percibe una imposibilidad - ya sea por voluntad o por incapacidad - del Estado colombiano por configurar lazos de comunicación que proyecten y promuevan el buen y efectivo ejercicio del poder público entre quienes lo ejercen o aspiran a hacerlo, y lo cual ha conducido tristemente a que como ciudadanos no tengamos la posibilidad de sentirnos representados o siendo parte de un proyecto colectivo de Estado y sociedad.

Quizá, si el Estado le apunta más a fortalecer la experiencia cotidiana del poder institucional por parte de la ciudadanía, realidades negativas como el abstencionismo electoral o el poco uso de los formas constitucionales de participación política, se vean revertidas o por lo menos disminuidas, al mismo tiempo que la confianza ciudadana le aportaría un grado más amplio y real a la legitimación institucional. Nos encontramos en un punto histórico como sociedad, en el cual la confianza ciudadana en lo institucional debe ser fortalecida, proyectada y sostenida.


LA GUACHAFITA