• Mauricio Muñoz Escalante*

Sí hay polarización, pero al contrario


Es concebible que durante el último año de mandato de un presidente, cuando los candidatos que buscan reemplazarlo se ganan la aprobación del pueblo precisamente denigrando del estado final de las cosas, la labor realizada por el gobernante saliente se vea pésima (por decir algo positivo), y el afectado tema pasar a la historia como el peor de su clase. Sin embargo, en los meses que separan la victoria del nuevo elegido y su posesión se percibe todo lo contrario, es decir, un esfuerzo generalizado por ver el tiempo que finaliza con ojos más benévolos, un intento final —un pataleo de ahogado, a veces— por sopesar las críticas con los halagos, balancear los ataques con las virtudes y, en fin, poner en blanco y negro lo que se hizo o lo que se dejó de hacer.

Acordemente, uno de los comentarios más frecuentes hasta antes de que suba Iván Duque al poder es que los períodos de Juan Manuel Santos no fueron tan malos como se dijo durante los últimos meses, y que no deja un país patas arriba, como también quedó implícito en la pasada campaña electoral. Pero eso sí, aparte de cuál sea la vara de medida que use el gobierno saliente para dar sus cifras de despedida («pobreza multidimensional», «pobreza monetaria» o «pobreza extrema», en términos del DANE), el ciudadano común y corriente difícilmente puede aceptar que se diga que la Colombia que deja la Unidad Nacional no sea un país pobre. Por el contrario, aún contagiado de la euforia colectiva de la participación del país en el mundial de fútbol, cuando parece haber triunfado la famosa frase del extécnico Maturana de «Perder es ganar un poco», ese mismo colombiano reconocerá que —aunque no miserable— la gran mayoría de la población vive «alcanzada», «apretada» o «francamente jodida» (en términos del argot popular).

Por eso, cuando se dice que la Colombia de mediados del 2018 está polarizada entre ricos y pobres, porque teóricamente quedó en evidencia entre los dos candidatos que llegaron a la segunda vuelta, dizque porque uno era el representante de las masas y el otro el estandarte de la élite, la duda que surge de inmediato es quién con quién, pues aunque suponemos estar hablando de lo mismo, pareciera que no. Porque comúnmente se creyó que Petro, por haber propuesto el cambio de modelo de desarrollo, era el candidato de los más pobres, a quienes se les endilga que quieren la revolución… Pero si dicho cambio fuera de verdad beneficioso para las clases menos favorecidas, Petro tendría que haber ganado por un margen gigantesco, pues esas clases menos favorecidas son la mayoría. Y sin embargo ganó Duque, que generalmente se asumió como el candidato de la aristocracia, a quienes les endilgamos querer que todo siga igual. ¿Cómo pudo ocurrir eso si se supone que los ricos son muchos menos?

Aunque una opción es decir que los ricos votan más, los números no dan pues así el 100% de los ricos hubiera votado por Duque, éste jamás habría llegado a 10 millones de votos, pues eso querría decir que los ricos de Colombia son casi el 30% de la población (cosa impensable), y para que Petro hubiera llegado a los 8 millones que obtuvo, la abstinencia de los pobres tendría que haber sido de casi el 70% (una exageración). Tuvo que ser más bien que los pobres (que son más) votaron por Duque y los ricos (que son menos) votaron por Petro, probando que sí existe polarización en el país, pero es al contrario.

No es tan descabellado como suena. Los colombianos en general criticamos que en el país la corrupción política campea, la desigualdad económica es abismal, la informalidad laboral y urbana es dramática, y la concentración del poder es apremiante. Y en ese orden ideas pensamos que tal como están las cosas los beneficiados del caos son sólo las personas ubicadas en los estratos económicos más altos. Pero aparecen las alternativas que hipotéticamente producirían una sociedad más igualitaria y, al contrario de lo que cualquier observador predeciría, la gente vota para seguir gobernados por los mismos. ¿Cuál es la razón? Claro que la educación juega algún papel, igual que la economía y la ecología, pero debe haber algo más, algo embebido en lo más profundo de nuestra naturaleza… Pero no en la «naturaleza colombiana», que es asunto de otro debate, sino en la «naturaleza humana».

Hay estudios dedicados a entender las razones por las que las sociedades eligen a sus mandatarios. En uno que particularmente conviene traer a colación se recogió información de 31 países sobre cuatro variables fundamentales (producto interno bruto per cápita, repartición de la riqueza, nivel de educación y expectativa de vida promedio), y esos datos se correlacionaron con el nivel de autoritarismo en cada caso particular [[1]]. Los resultados pusieron en evidencia que, puestos a escoger entre los aspirantes que prometen el cambio y los que representan al establecimiento, la población tiende a votar más por el candidato conservador y no por el liberal, inclinándose precisamente hacia el autoritarismo, sugiriendo que el pueblo en realidad prefiere no improvisar con las condiciones básicas.

Eso podría explicar un poco porqué el discurso de la izquierda no logró imponerse una vez más sobre el tradicional en el país. La democracia es el gobierno del pueblo, y el pueblo parece que tiende a jugar a la derecha en momentos de incertidumbre, y no al revés.

Aplicado al contexto nacional, los seguidores de Petro nos advirtieron que una clase política corrupta e ineficiente como la colombiana, que impide en gran medida el éxito de cualquier propósito de corte social, debía ser reemplazada para eliminar con ella los vicios de la burocracia y la protección del status quo. Pero lo que muestra la investigación citada es que la gente no quiere vuelcos completos o empezar de cero, sino que se hagan pequeños ajustes, ratificando el «Más vale malo conocido que bueno por conocer» de la sabiduría «popular» (del latín populāris: perteneciente o relativo al pueblo). De esa manera, si A está torcida (que sería una analogía literal a lo que ocurre en el país) la solución que espera «el pueblo» no es B (otra opción radicalmente distinta) sino una A, pero recta.

El problema, observan los más incrédulos, es que «árbol que crece torcido nunca su tronco endereza» y la A está torcida más allá de su límite plástico. Y sugieren que por no lanzarnos a un cambio extremo (al estilo de Higuita) e irnos por una nueva B (al estilo de Petro), seguiremos igual o peor que antes. Y entonces dicen, así sea suave como un murmullo, que «el pueblo se equivoca», lo que sí es grave, pero muy grave: porque mientras duró la campaña electoral, Duque y Petro fueron «la voz del pueblo», literalmente encaramados en tarimas improvisadas prometiendo obras, y figurativamente diciendo lo que nosotros por ser tantos no podíamos hacer oír. Si, como bien se escenifica en la obra maestra de Orson Wells, el problema no es que el político «hable por el pueblo» sino, como dice Charles Foster Kane, que el pueblo «hable por sí mismo», lo que está en tela de juicio es la democracia, y eso son palabras mayores.

[1]Entendido como la existencia de restricciones gubernamentales sobre los derechos políticos individuales y las libertades civiles individuales (según www.freedomhouse.org); el nivel de protección de los derechos de los individuos de poseer y adquirir propiedad privada (según www.heritage.org); el índice local de democracia (según Vanhanen); la tendencia al desarrollo de personalidades autoritarias (según la Escala F de Adorno); y la prevalencia de parásitos causantes de enfermedades infecciosas como leishmaniosis, tripanosoma, lepra, citostoma, filaria, tuberculosis, malaria, dengue y tifo. Los datos de las variables se obtuvieron del Banco Mundial (www.data.worldbank.org), los coeficientes GINI de www.cia.govy los reportes de desarrollo humano de la Organización de Naciones Unidas (www.hdr.undp.org). El estudio está disponible en https://doi.org/10.1371/journal.pone.0062275


LA GUACHAFITA