• Mauricio Muñoz Escalante*

Un no sé qué en un no sé dónde


Foto: Cortesía de El País (Cali).

El pasado 7 de mayo Slavoj Zizek fue galardonado con la medalla de oro del Círculo de Bellas Artes de España. Como de costumbre, después del consabido protocolo, el filósofo esloveno dio una charla bastante humorística sobre algunos de sus ya conocidos planteamientos, pero al final de su intervención otra cosa llamó más la atención: confesó que cuando le dijeron del premio se dijo a sí mismo, «Ah, España: ese país latino», pero que luego pensó en Madrid y Barcelona y se sorprendió de cómo han logrado unir «lo mejor de los dos mundos: por un lado conservan lo vivaz de lo latino, pero al mismo tiempo son ciudades eficientes y limpias».

El comentario es pertinente hoy, cuando cumplimos 208 años de nuestra declaración de independencia de España, pues aunque es loable nuestra tendencia cada vez más fuerte hacia buscar una identidad y a mirar con más y más recelo nuestro pasado español en pro de favorecer nuestra sangre aborigen, es útil reconvenir a los vehementes que anhelan la negación total de nuestras raíces europeas, que la injuriada globalización resultante de los procesos de colonización también se puede ver fuera de las dicotomías tradicionales de opresor/oprimido, rico/pobre, blanco/negro y norte/sur.

Pero antes de intentar un análisis vale la pena descartar dos reacciones que, aunque plausibles, no tienen fundamento: 1) censurar la acotación como un lapsus linguae, arguyendo que la conciencia traicionó al célebre intelectual y éste enunció algo totalmente incorrecto en el lugar y tiempo equivocados, pues Zizek sabe bien dónde queda España y dónde queda América; y 2) demeritar la afirmación por prejuiciosa o malintencionada, pues el mismo Zizek advierte segundos antes que no tiene ningún sesgo racista. Es obvio que no ataca deliberadamente a España, porque él imagine a Europa consciente o inconscientemente sin la península ibérica; ni arremete implícitamente contra América Latina por lo que sugiere el apunte sobre nuestras ciudades, pues eso es un secreto a voces. Cualquiera que vaya a Madrid o a Barcelona y las compare —no digamos que con La Hormiga o Buenaventura— sino con Bogotá o Medellín, claramente va a repetir lo mismo: que estas últimas son incompetentes y sucias (si se usan los antónimos casi precisos de las palabras «eficientes» y «limpias» usados originalmente).

Se entiende, cómo no, que lo que irrita en este caso al colombiano es que «toda» Bogotá y «toda» Medellín caigan en dichos adjetivos, pues se dirá que «hay lugares» que son tan eficientes y limpios como las citadas ciudades españolas y que, por ende, no es justa la generalización. Pero lo que habla por una ciudad no son sus mejores barrios, pues en todos lados hay sectores adinerados: Madrid no se piensa en general por la calle de Velázquez ni Bogotá por la calle 93. Lo que habla de una ciudad (sobre todo a nivel internacional) es cómo viven y cuántos son los más pobres: Ciutat Meridiana en Barcelona, por ejemplo, o el barrio Moravia en Medellín (podría haber dicho barrio Triste, pero su horror ya lo mostró Juan Arredondo en las fotografías que aparecieron en el Daily Mail).

Por esta razón se puede intuir que la aseveración de Zizek es deliberada, pues se aleja de eso que acabamos de discutir (claramente lo más obvio), para ilustrar la paradójica relación entre colonizador y colonizado. Porque cuando se habla de España y América, el lenguaje no plantea una concordancia entre ambos sectores del atlántico: decimos Hispanoamérica o Iberoamérica, de manera que «América» siempre está en segundo plano, subyugada a los prefijos «Hispano» e «Ibero» que aparecen primero, mientras que en la expresión «España: ese país latino», el que lleva la mano es «país latino», como si se hubiera querido decir «Latinoespaña», implicando que seguimos siendo españoles, pero no porque ellos sean nuestros amos sino porque sin nosotros desaparecen ellos; porque ahora ellos tienen enquistado un elemento latino que los caracteriza.

Esto estaría en línea con la premisa de Germán Arciniegas de que Europa se descubrió en América, pues el concepto europeo de paraíso era, fiel a la propia etimología de la palabra, el de una naturaleza controlada por la cultura y, cuando se encuentra con la exuberancia de América, no tiene otra opción que aplicar las herramientas disponibles de su bagaje a pie juntillas, que no eran otras que las de ordenar el caos, como hizo Dios con el mundo al principio de los días, según rezaba la Biblia que traía Colón en las carabelas que financió Isabel I de Castilla, también llamada «la católica». Así, América estaba primero (literalmente, pues el continente y su cultura existían ante de la llegada de los conquistadores) y después llega España «a poner orden». Pero como «al que anda con la miel algo se le pega», como dicen las abuelas, cuando España regresa después de conquistar América ya no era la España de antes, la España europea, sino una España americanizada, una España que se llevó algo de ese caos que vino a ordenar: una Latinoespaña.

Por eso la frase de Zizek, cuidadosamente elaborada, dice en primer lugar que Madrid y Barcelona «conservan lo vivaz de lo latino» y en segundo lugar que son «ciudades eficientes y limpias». Primero el desorden y la alegría y la relajación, y segundo el orden. Pero «lo vivaz de lo latino» no tiene una medida precisa; lo único que puede inferirse es que es inversamente proporcional al control. Entonces cierta cantidad de «lo vivaz de lo latino» en una ciudad o un país es algo positivo, pero sólo cuando justo detrás viene «el orden» a ponerlo en cintura, pues éste sí es definible, verificable y revisable. De esa manera se puede inferir que Madrid y Barcelona están «en algún lugar intermedio» entre las dos condiciones, y se anula la posibilidad de armar la frase al contrario, o sea, que Madrid y Barcelona «son eficientes y limpias», pero «conservan lo vivaz de lo latino», pues en esa secuencia de ideas «lo vivaz de lo latino» no puede surgir por encima de la condición de ser «eficientes y limpias», alterando la noción de que el orden ocurre después del desorden y no al revés.

No es pues entonces que España envió todos sus maleantes a corromper nuestras culturas autóctonas y a ultrajar todas nuestras riquezas, como tal vez lo quieren abreviar algunos puristas después de indignarse frente a los 183 kilos de plata y 18 de oro de la custodia de la catedral de Toledo, aunque sí un poco. Lo que nos muestra Zizek es que en los procesos de colonización el intercambio es en ambos sentidos, nos guste o no, de manera que Bogotá y Medellín tienen algo de España, y Madrid y Barcelona tienen algo también de ese «no sé qué» en un «no sé dónde» de nuestras ciudades.

No es sólo como cantan rabiosos los Fabulosos Cadillacs en V Centenario, hablando de los quinientos años del descubrimiento de América, cuando le gritan a sus seguidores, «No hay nada que festejar». Claro que hay que festejar. No porque el fin justifique los medios al estilo de Maquiavelo, sino como demuestra Yunis Turbay en ¿Por qué somos así?, porque desde el punto de vista genético entre más cruces tenga una cultura, mejor. Lo acabamos de ver en la selección francesa de fútbol que algunos hinchas se atrevieron a llamar «la última selección africana», según reportó The Washington Post. Claro que no se pretende borrar con eso la historia y negar la masacre, ni tampoco clamar por la Francáfrica que encomió en los años sesenta Félix Houphouët-Boigny, sino todo lo contrario, exaltar una Áfrifrancia, pues como escribió Gregory Pierrot recientemente, es Francia la que le debe su alma a África.

Por eso otros argentinos, no cantantes de ska sino comentaristas de fútbol clamaron en la final de la copa mundial de Rusia que los invadiera algún país africano pronto, para que como los campeones, aparte de los jugadores descendientes de europeos, en la albiceleste haya también Umtitis de Camerún, Pogbas de Guinea y Kantés de Mali que refresquen las filas de los Messis y los Di Marías y los Mascheranos que no los terminan de convencer.


LA GUACHAFITA