• Daniel Cortés

Crónica de un hurto anunciado


Foto: EFE

La desigualdad económica del país, la ruptura del tejido social, la falta de oportunidades de trabajo, el díficil acceso a la educación, las relaciones familiares afectadas y la falta de disciplina de una parte de la población han llevado a crear un ambiente de inseguridad en las calles. Situación de convivencia a la que ya nos hemos acostumbrado al parecer, somos conscientes de que en cualquier lugar nos pueden robar el celular, no podemos caminar por un parque en las noches o trabajar apacibles con nuestro computador en algún café.

Es sábado en la noche, hace pocos minutos se escondió el sol definitivamente, luego de una calurosa tarde en la capital Huilense. Se vivieron las fiestas del San Pedro con gran movimiento de turistas, varios conciertos presentaron cantantes internacionales, desfiles folclóricos fueron vistos por todos los integrantes de las familias, el plato de asado huilense fue compartido en reuniones laborales pero ya todo eso pasó. La ciudad se encuentra calmada porque algunos retomaron sus horarios de trabajo, otros pendientes del ingreso a la universidad y los padres organizando el regreso de sus hijos a los colegios. Todos ellos tienen en común, la necesidad de conseguir dinero suficiente para solventar las obligaciones a corto plazo, por lo que las calles están relativamente solas, la mayoría prefieron quedarse en casa viendo una película, poniendose al día en sus tareas pendientes

o simplemente descansando.

Ya son un poco más de las siete de la noche, la temperatura bajó a unos 30 grados, por lo que es cómoda comparada con la que sentía unas horas antes. Recuerdo que había invitado a mis padres a comer tamales y también caigo en cuenta que ellos suelen cenar a esta hora precisamente, me dispongo a conducir mi automóvil por las calles de Neiva, sin afán pero con el rumbo enfocado en el lugar donde debía recoger el delicioso y tradicional encargo alimenticio de los sábados de gran parte de la población Huilense.

Llego al destino diez minutos después de percibir el comienzo de la noche con poco tráfico y cierta tranquilidad pese estar en pleno fin de semana, observo que en la cuadra donde está ubicada la casa que debo visitar hay varios carros estacionados y queda poco espacio para el mío, entonces decido dejarlo en una bahía ubicada a 20 metros de la esquina de la calle que debo recorrer para llegar al destino en comento.

Quedaba un solo espacio para mi carro en la bahía aledaña, por lo que concluyo que la mayoría de personas decidieron quedarse en casa, empero, no hay ambiente de fiesta ni nada por el estilo, no hay niños jugando fútbol como es usual, tampoco están paseandose en su bicicleta y los vecinos no están sentados en sus aceras hablando con familiares que los visitan eventualmente. La noche está demasiado pasiva, tan solo hay algunas personas en la panadería de la esquina. Cuando le puse seguro al carro me dispuse a revisar si podía cruzar al andén inmediatamente y noté que no venía ningún carro, moto o bicicleta.

Caminé los 20 metros hasta la esquina donde debía cruzar para sentirme en un lugar familiar y esperando saludar a personas ya conocidas pero éstas brillaban por su ausencia por lo que decido coger mi teléfono celular para responder un mensaje por whatsapp, lo cual hice mientras seguía dando pasos serenamente. Alcancé a dar cuatro pasos durante la redacción del mensaje mencionado, luego, en el instante en que pretendía guardar el celular en mi bolsillo derecho, escucho el sonido de una bicicleta en movimiento a unos cinco metros de distancia, es decir, tal vez oí el sonido de los pedales y la cadena cuando el velocípedo ingresó a la cuadra que estaba atravesando.

Al escuchar ese sonido común en la cuadra no tuve preocupación alguna, me resultaba un estruendo normal porque los niños montan bicicleta en el barrio y los trabajadores la usan como medio de transporte. Tan sólo procedí a arrimarme unos centímetros hacia la reja que se encontraba a mi lado izquierdo para darle paso al esperado ciclista que acababa de percibir con mis sentidos porque lo escuché y en el acto giré mi cabeza para poder ver la llanta delantera de la bicicleta todoterreno color gris oscuro. Noté que éste no siguió su camino en línea recta como debía ser, en el caso de que no quisiera tropezarse conmigo, por el contrario, el supuesto ciclista condujo también hacia el lado izquierdo sin razón aparente por lo que reaccioné con preocupación dando un giro de 90 grados para observar qué estaba pasando por la mente de esta persona.

No había terminado de dar el giro, por lo que en realidad fue un giro hacia mi derecha de 70 grados aproximadamente, cuando sentí la mano izquierda del cicliste que se convirtió en un ladrón en mi hombro derecho, observé su pie izquierdo en medio de mis piernas y vi cómo el brazo derecho del victimario mostraba el puñal con el que quiso intimidarme junto a la frase de cajón estructurada con la jerga de estos tipejos: “quieto pirobo, deme el celular”.Mi primera reacción jamás hubiese podido ser quedarme expectante a la actividad del ladrón; la práctica de deportes como el fútbol, ping pong, calistenia y atletismo me han permitido mantener mis reflejos intactos y mis reacciones rápidas por lo que logré quitar su brazo izquierdo de mi hombro, ni siquiera pude ver su rostro malechor, miré sus brazos tatuados, su piel trigueña, sus jeans y percibir su estatura, pues sentado en la bicicleta era igual o más alto que yo (1.79 m).

En cuestión de tal vez dos o tres segundos, zafé mi hombro derecho para poder devolverme hacia el carro, con la mano derecha sujeté con fuerza mi celular y con mi brazo izquierdo pude bloquear el brazo derecho del victimario que ponía su puñal desde abajo hacia arriba en un movimiento constante enfocado hacia la parte izquierda de mi tronco. Si quería herirme o tan sólo asustarme, eso no se podría determinar, sin embargo, tan sólo unos minutos después del peligroso episodio, sentí un dolor intenso en mi tríceps izquierdo, como si hubiese ejercitado únicamente ese músculo en una sesión de dos horas en un gimnasio o como si hubiese sufrido una herida por arma punzocortante. Al día siguiente el dolor continuó y empezó a observarse la piel colorada y un morado incipiente.

Cuando el ladrón hacía los movimientos intentando apuñalarme, alcancé a pronunciar con angustia y en bajo tono unas palabras que mostraban el sentido de supervivencia cimentado por el miedo: “no, no, no” decía con vehemencia como Alfonso Reyes Echandía rogando que cesaran el fuego en la toma del Palacio de Justicia en 1985. Mientras expresaba con dificultad mi ruego por no sufrir ningún daño, alcancé a empujar levemente al ladrón con mi brazo izquierdo al sujetarle su bíceps derecho para proceder a mi huída, tan sólo pude dar un paso hacia la esquina recorrida unos segundos antes cuando sentí la pierna izquierda del ladrón en mi pie izquierdo, luego de haber completado el giro de 180 grados desde mi posición inicial, la que tenía cuando quería guardar mi teléfono.

Caí sobre mi rodilla derecha, parte del tronco en su parte baja derecha y el celular sujeado por mi mano derecha soportaron la fuerza de la caída. Tal vez caí en esa posición porque no debía perder de vista al victimario, quien podía fácilmente perseguirme para apuñalarme o seguir intentando consumar el delito. Procedo a hacer una flexión de pecho para ponerme de pie y al mismo tiempo giro mi vista por la izquierda hacia el ladrón para saber su posición, éste se había quedado quieto, como si él siguiera forcejeando conmigo y yo me hubiese desaparecido de la escena. En ese instante tampoco pude ver su cara, la oscuridad y el temor del momento me impidió vislumbrarla.

Corrí cinco metros hasta la esquina, giré a la derecha para dirigirme al carro que estaba a diez metros más pero sentí que ese lugar era muy oscuro y todavía muy cercano a la posición del ladrón, entonces decidí correr 20 metros más hasta la otra esquina donde está ubicada una panadería que se encontraba abierta con cuatro clientes, quienes vieron llegar corriendo a un joven de 25 años tal vez, con su mano derecha sangrando, con su bermuda color beige con diversos vestigios de sangre, asustado, agitado por la corrida y observando con rabia la pantalla rota de su celular; pese a todos esos indicios, ninguna persona se percató de preguntar algo o siquiera de mirar con sorpresa o curiosidad al recién llegado.

Esperé 15 segundos parado en la panadería, pensando qué debía hacer, sintiendo tristeza, expresando rabia, luego de revisar las heridas me sentí un poco aliviado porque no tenía nada grave excepto el dolor intenso en el tríceps izquierdo, el cual trataba de mirar pero fue imposible, lo cual dejó en suspenso la eventual tranquilidad que pude haber sentido. Decidí no llorar pese a la inminente necesidad de desahogarme por la combinación de ira, agonía o beneplácito. Troté hacia el carro para recorrer las cuadras cercanas al lugar del incidente descrito, mientras conducía llamé la policía, contestaron rápido, todavía muy agitado logré recordar la dirección y mi ubicación grosso modo, seguí conduciendo durante 10 minutos por las cuadras cercanas para tratar de encontrar esa bicicleta todoterreno color gris o azul oscuro con un hombre de 20-30 años con los brazos tatuados, piel trigueña y estatura de 1.80 pero fue superfluo. Transcurridos esos minutos, la policía jamás llegó o no la vi en ninguna parte del barrio; pese al miedo todavía intacto, decidí acercarme a recoger los tamales porque mis papás estaban esperando compartir la cena conmigo y considero que debemos enfrentar cualquier obstáculo.

Recogí los tamales, dejé mi auto en frente de la casa de mi novia. Cogí una bolsa que estaba en la cocina que yacía al lado de otra más grande, conduje estupefacto un kilómetro hasta el apartamento de mis padres. Llegué a lavarme las heridas inmediatamente, le pregunté a mi mamá si veía alguna otra herida en la espalda o tronco pero por fortuna no habían. Encontramos una raspadura en la parte baja derecha de mi tronco, la rodilla derecha raspada, el dedo pulgar de mi mano izquierda golpeado, la palma de la mano derecha con una herida relativamente profunda y un intenso dolor en el tríceps de mi brazo izquierdo que persiste a pesar del paso de los días. Asimismo, todavía veo la pantalla destrozada de mi teléfono móvil. Ah, y la bolsa que agarré en casa de mi novia no era la de los tamales sino que eran unos envueltos más pequeños y sin pollo o carne de cerdo, por lo que mi papá expresó: “lo que le robaron fueron los tamales”. En todo caso, aunque no me hurtaron el celular, sí me han robado el sentimiento de libertad que sentía cuando caminaba o trotaba en los barrios cercanos a mi hogar.

Vivimos en uno de los países más desiguales del mundo, con la mayor cantidad de desplazados internos por la violencia, los índices más altos de corrupción, desnutrición infantil, delincuencia común, narcotráfico, paramilitares, bacrim, disidentes de las FARC que extorsionan y valores éticos inexistentes. Estamos en una lucha de clases donde todo vale, donde no podemos estar tranquilos ni vivir en paz, donde los ricos viven a las afueras de las ciudades en suburbios como en las películas gringas, donde los pobres viven en invasiones sin títulos de propiedad, sin educación, sin servicios públicos domiciliarios, con hambre y violencia intrafamiliar; en medio de éstos estamos los que queremos salir adelante a través de trabajo duro y disciplina constante, quedamos en la mitad de esa mezcla de seres humanos indiferentes y fútiles. ¿Cómo es posible que no se pueda caminar con tranquilidad ni siquiera en la esquina de tu casa? ¿En cuál realidad es justo que te maten por un celular? ¿Por qué una vida se puede acabar en unos segundos por nuestra reacción ante el ataque a nuestra integridad física? ¿Eso es paz? Tan sólo nos queda seguir actuando con dignidad, trabajar con enfoque, amar a nuestra familia, tener cuidado al utilizar nuestro celular en la calle y mejorar a este país de mierda.


LA GUACHAFITA