• Mauricio Muñoz Escalante*

Del alcohol y otros demonios


Después de la primera vuelta presidencial rodó por internet una broma de los votantes por Fajardo que decía, «Profe, no tomamos ayer y vea cómo nos fue», apelando a que incluso obedeciendo lo que nos sugieren los maestros, los resultados no son los que esperamos.

Y como «al que no quiere caldo se le dan dos tazas», como bien reza el dicho popular, el pasado 17 de junio los amantes de las copas volvieron a guardar el domingo como si se tratara de una promesa con el de arriba, y sin embargo perdió Petro, que era en quien se resguardaban al menos en teoría los desilusionados seguidores de Fajardo. Eso sugiere que el consumo de alcohol no tiene nada que ver con el resultado en las urnas.

¿O sí?

La sola posibilidad suena estrambótica, pero digamos que sí tiene que ver en honor al mencionado profesor. Digamos que es una legítima pregunta de investigación. Porque en los meses recorriendo el país para lanzar sus consignas («Años de trote cubriendo palmo a palmo cada rincón de Colombia», dicen como alucinados), las que corrieron a borbotones fueron las bebidas espirituosas, construyendo el fanatismo electoral no pueblo a pueblo sino trago a trago, probando que lo que hace que el resultado final se balancee de un lado a otro, lo que provoca que la línea divisoria entre las propuestas de los candidatos se vea borrosa, no son las arengas como nos quieren hacer creer.

Nadie lo va a reconocer, por supuesto que no. Se trata de uno de esos aspectos de la realidad que funciona mejor cuando la gente lo niega a pie juntillas, como dice Slavoj Zizek que pasa con Santa Claus: «Si se le pregunta al jefe del hogar éste responde, “Claro que no. Soy un adulto. No soy un pendejo. Santa Claus no existe. Le digo a mi hijo que Santa Claus existe para no dañarle la fantasía”, y si se le pregunta al hijo éste dice, “Claro que no. Santa Claus no existe. El que compra los regalos es mi papá. Digo que creo en Santa Claus para no herir sus sentimientos”. Ni uno ni otro cree en Santa Claus y sin embargo, con sus actos, confirman su existencia». Lo mismo podría decirse del trago en el proselitismo: nadie podrá decir que de los labios de los candidatos salgan las palabras, «Compren muchas botellas de aguardiente y emborrachen a toda esa gente», así, con rima, porque ellos no son dados a hacer rimas, pero se asume que lo aprueban, así sea en silencio, «de dientes para dentro», pues nadie creerá que en una intervención multitudinaria —sea esto lo que quiera decir en tiempos de retoque fotográfico y superposición de imágenes en Photoshop, como se ha denunciado de bando y bando— en Barrancabermeja o Puerto Berrío, a cuarenta grados a la sombra, no haya así sea escondida en una caleta una cervecita. Y no es posible pensar tampoco que «Los financiadores están ebrios de felicidad» sea sólo una expresión.

Tan cierto es que el alcohol y las campañas políticas sí caminan de la mano que el gobierno ha optado, para evitar que las elecciones se conviertan en un baño de sangre, impedir por el contrario los baños de alcohol antes del evento, de manera que la gran mayoría de las personas se acerque a las urnas sobria, y totalmente seca.

«Es para asegurar el orden público durante los comicios», nos dicen. Y sí, claro, si después de la mencionada cervecita —o canastas de cerveza, según sea la capacidad estomacal del personaje, o mejor, la tolerancia alcohólica del paciente— el debate público (que en realidad no es debate sino discurso) se convierte en juerga una vez el candidato de turno se ha ido de nuevo a Bogotá, ojalá en avión, y ojalá en primera clase, y los beodos participantes «se pasan a diésel», como canta el argot de las canchas de tejo, y empiezan a destaparse las botellas del famoso licor anisado, 100% vidrio convertible en arma blanca después de una escena de celos, suena perfectamente lógico que se cohíban los instintos por lo menos 24 horas antes de la contienda.

Pero esa no debe ser la única razón. Si fuera por mantener la seguridad estaría terminantemente prohibido el consumo de alcohol en cualquier espacio público, partido de mundial o concierto de metal, siempre, sin excepción, tal como ocurre en otros países. No tiene mucho sentido que la gente solamente no se mate en medio de una borrachera el día de las elecciones y el resto del año reine el caos por doquier.

La verdadera razón de la ley seca puede ser más bien que la gente no se exalte demasiado precisamente el día de las elecciones, pero sí que se exalte lo que quiera todos los demás días del año, incluyendo por supuesto los días de campaña. Así se garantiza que el día de la votación sea la primera vez que las personas miran los candidatos a la cara lo suficientemente sobrias para pensar cuál les conviene, pues de la juma de los meses anteriores no queda ni un plan ni una política ni un propósito que pueda recordarse con claridad, y porque se sabe que entre los chistes flojos de los programas de opinión y los mano a mano de rancheras y vallenatos de las emisoras de radio se olvida qué se juega el país ese día. Así, cuando el votante decide salir, con su paraguas en mano como talismán invocando que se acabe la ley seca (lo que seguramente es la razón detrás de que tantas veces ese día se rompa el cielo en cruentos aguaceros, pero esa es una hipótesis aún más atrevida), y entra al cubículo de cartón y toma el marcador que le ha sido entregado y escribe la letra X sobre la cara de uno de los rostros estampados en el tarjetón, en ese preciso instante es probable que lo haga no porque ése o aquél sea su candidato preferido, sino porque es el único con la sonrisa simétrica o porque está mejor peinado o porque tiene la ropa planchada o porque parece tan sobrio como él, haciendo más caso a su instinto que a los eslóganes, coincidiendo con Yuval Harari cuando dice que en las elecciones no se nos pregunta «Qué pensamos» sino «Cómo nos sentimos», o sea, reposados, obedientes y sumisos, que es todo lo contrario a enérgicos, inconformes y rebeldes, que eran las cualidades que inspiraban los candidatos que anunciaban el relevo.

Porque en el fondo era eso de lo que se trataba con Fajardo o con Petro: de un giro hacia un lado, de salirse del centro. No es un secreto que los grandes cambios de mando han sido precedidos de momentos estáticos, ánimos encendidos y pasiones exaltadas. Raramente la revolución es como nos la pintaron en V por Vendetta, cuando el pueblo reunido pacíficamente detrás de las famosas máscaras de Guy Fawkes se toma el palacio del opresor sin ninguna resistencia por parte de los militares. Por eso el mismo Zizek dice también en tono de broma, «Estoy dispuesto a vender mi madre como esclava con tal de ver una película que se llame V por Vendetta, Parte II».

Es lo normal. No es que a lo largo de la historia hayan existido derecha e izquierda como bandos opuestos absolutamente equilibrados. Hubo siempre una autoridad, ejercida por algún tipo de gobierno político o religioso o militar, que era el que indicaba cómo y cuándo se hacían las cosas, de manera que cuando se seguía la norma se consideraba «bien», o sea «right», o sea «en derecho» a lo estipulado. Y así mismo el que desobedecía, de acción o pensamiento, quedaba «por fuera», o sea «left out», o sea «a trasmano» del canon, que era como se les consideraba incluso hasta hace poco a los zurdos, que son los que hacen las cosas «con la izquierda». Por eso cuando un dirigente social se declara contrario a lo que se hace «por derecha», necesariamente es «de izquierda». Y por eso derecha e izquierda no están en el mismo plano. El de izquierda siempre está por debajo, conceptualmente, lo que obliga a que la insurrección requiera un tris de irracionalidad, una pizca de romper las reglas para consumarse.

Pero no digo que ese centavo que le faltó al peso para la victoria de Fajardo o de Petro sea el alcohol, ni mucho menos. El planteamiento del problema puede evidenciar fallas metodológicas que conducen a falsas hipótesis. Pero entonces parece que lo que eligió a Duque fue la resaca.


LA GUACHAFITA