• Mauricio Muñoz Escalante*

Utopías y antiutopías prestadas


Cuando empezó la carrera por la presidencia se sintió cierto optimismo. Se hablaba de marxistas y socialdemócratas, de conservadores y liberales, y hasta de neoliberales, pero en la medida en que se fueron reduciendo las opciones, gracias a las votaciones del pueblo que inclina la balanza hacia donde quiere, ayudado sin duda por las coaliciones y alianzas entre partidos, así como por las componendas y arreglos secretos entre los elegidos, hoy ese optimismo se tornó no sólo en negativismo sino en «tragicismo», en «apocaliptismo». Se habla de que estamos ante una disyuntiva, se dice que estamos entre dos opuestos, de todos lados nos llegan las advertencias de los analistas, las sentencias de los caricaturistas, los avisos de las campañas, los consejos de los blogueros, los sermones de los párrocos, las exhortaciones de los jefes de los partidos, los ultimátum de los youtuber (sic): «Estamos ante un momento histórico sin precedentes: lo escoges a él y aquí escriben cualquier cantidad de augurios desastrosos o a él y aquí aparecen todo tipo de profecías siniestras».

Suena la cuenta regresiva como si estuviéramos frente al reloj del juicio final, ese que marca dos minutos para la medianoche desde el 26 de enero del 2017, indicando que en cualquier momento —de un minuto para otro, literalmente— podemos empezar a destruirnos sin compasión, casi que sin mirar atrás, hasta que quede sólo uno de pie, como cuando en 1953 Estados Unidos y Rusia hicieron sus consabidas pruebas con la bomba de hidrógeno y el mundo entero pensó: «No fue más», «Apague y vámonos».

"Que una sociedad imagine, por derecha y por izquierda, que el futuro sea alguna forma de autoritarismo muestra que la percepción del presente es prácticamente caótica, y pone en evidencia cierto nihilismo generalizado, pues sugiere que la incertidumbre del futuro es tanta que todo lo que se haga en el presente carece de cualquier importancia."

Los seguidores de Duque pintan a Petro como si fuera Stalin reencarnado, y los seguidores de Petro pintan a Duque como si fuera Il Duce en persona. Y saltan los intelectuales al servicio de Petro para decirnos que Duque nos dejará como sentenciaba Orwell, y los intelectuales al servicio de Duque se atraviesan para decirnos que lo que promete Petro será como escribió Huxley, y unos y otros bajan los resúmenes de internet para lucirse en el siguiente debate improvisado que surja en Facebook o en Whatsapp, cuando algún ingenuo decida traer a colación el tema de la política, ni siquiera para decir «Vote por el que la consciencia le inDuque» o «Se vive, se siente, Petro presidente», sino para publicar un mensaje que diga, por ejemplo, «Déjenme en paz».

A la luz de la psicología esto ya es un pésimo signo del estado actual de las cosas. Que una sociedad imagine, por derecha y por izquierda, que el futuro sea alguna forma de autoritarismo muestra que la percepción del presente es prácticamente caótica, y pone en evidencia cierto nihilismo generalizado, pues sugiere que la incertidumbre del futuro es tanta que todo lo que se haga en el presente carece de cualquier importancia. Eso explicaría en parte la proclividad del país hacia las actividades ilegales y la dificultad, por ejemplo, para sacar adelante un proceso de paz verdadero.

El problema, sin embargo, es que no se puede anhelar la utopía porque ésta no existe ni existirá nunca. No es real. Es una invención humana creada precisamente como condición «ideal» en contraste con la realidad, de manera que si se elimina la realidad (en la que se observan las imperfecciones que tanto nos irritan, llámense Duque o Petro), se elimina asimismo la ilusión de la utopía. La existencia de la una está ligada irremediablemente a la otra. Por eso en Colombia, como estamos cansados de la realidad de los políticos corruptos y las obras a medio hacer, el espejismo de la utopía se nos hace cada vez más grande, tanto que ahora somos capaces de imaginar que Duque o Petro están a la altura de lograr lo inhumano, lo sublime y lo trascendente, asunto que sin duda ilustra nuestro nivel de delirio. Igual con las antiutopías: pensar que Duque o Petro pueden llevarnos por la senda de 1984 o Un mundo feliz es reconocer de entrada que somos ese pueblo maleable y servil, esclavo de sus deseos y sus pasiones que estamos negando cuando clamamos «Decide», «Elige», «Vota». No se puede decidir, elegir, votar por una utopía o una antiutopía. Éstas dependen del devenir, sea en perfeccionamiento o descomposición, de la sociedad. Pero nunca se llega a ellas, salvo en la literatura o en otro arte, como ya se vio.

No estamos, pues, ante ningún momento histórico «sin precedentes», sino todo lo contrario: estamos en la era de lo predecible, del lugar común y la frase de cajón. Que los seguidores de Duque digan que Petro es un populista porque promete subsidios y nacionalizaciones, y los seguidores de Petro digan que Duque es un populista porque jura créditos y privatizaciones es una clara muestra de ello.

Los amantes de la encrucijada, en lugar de captar la consistencia, lo repetido, que en este caso es lo populista del discurso, nos dicen que estamos en una sociedad polarizada y que Duque o Petro, según convenga, es el populista, o sea, que uno de los dos es un político cínico que se aprovecha de la ignorancia del pueblo para engañarlos en su buena fe. Por su parte, el otro es un hombre sincero e íntegro que le habla al pueblo con «La verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad», como dicen en los juicios de las películas gringas, cuando el acusado sienta la mano temblorosa sobre una pesada biblia y dice «Lo juro».

Y los conciliadores, que son muchos menos, invocan a Ernesto Laclau para explicarnos que ambos son populistas porque el populismo se ha convertido en un «significante vacío» que funciona igual para la derecha que para la izquierda, una estrategia cuyo objetivo es tomar el poder al precio que sea, prometiendo «puentes donde no hay ríos» como canta el famoso bambuco, y sacan esa gráfica romboide en la que se leen todo tipo de tendencias políticas socialistas e individualistas, capitalistas y estatistas, y nos muestran que justo donde se cruzan las líneas que dejan opuestos al anarquismo y al fascismo, al marxismo y al liberalismo, en el centro mismo de la figura, ahí donde sólo es posible leer entrecerrando los ojos, en la diana del blanco, dice «populismo».

Por eso en gran parte cuando acusamos a Duque de paramilitar y a Petro de guerrillero y revolcamos su pasado en busca de una justificación medianamente aceptable para nuestra quimera fracasamos en el intento; y eso explicaría también por qué cuando se les pregunta a ellos si son de extrema derecha o de extrema izquierda ambos responden que no y dicen que son —ta, ta, ta, tan— «de centro».

Tal vez ese es el problema de nuestros candidatos: que no son tan radicales. Ni Duque es fascista ni Petro es comunista, y más bien le estamos cerrando la puerta a la realidad para dar paso a todo tipo de fantasías prestadas. Tal vez somos los electores, noveleros, peliculeros, revisteros, «periodiqueros», los que vemos a Duque y a Petro en los extremos de una misma línea e insistimos en enfrentarlos, endilgándoles cualidades de hombres de estado y carisma de líderes que ninguno tiene, y así como están las cosas sea igualmente peligroso que cualquiera de los dos gane las elecciones. Porque el peligro ya no son ellos, sino los que los elegiremos, que estamos ciegos persiguiendo ideologías que ni siquiera encarnan ellos, buscando pelea en las conversaciones familiares, atizando el fuego con los compañeros del trabajo, incendiando el ambiente dependiendo de cuál noticiero se ve o se escucha en el restaurante donde vamos por el almuerzo ejecutivo, después de deleitar la gelatina del postre que sirven en una copita plástica de aguardiente, mientras seguimos a pie juntillas la sección deportiva.

Tal vez nos está pasando en la política igual que en el fútbol: en el pasado llevamos al mundial una selección formada por «El Pibe», «El Tren» y «El Tino», y vimos en su lugar a Pelé, a Beckenbauer y a Cruyff. Hoy tenemos frente a nuestros ojos a Duque y a Petro, y en nuestras cabezas pensamos en ponga aquí el más grande dictador que conozca y en escriba aquí el revolucionario más extremo del que tenga noticia.

Y tal vez no dan para tanto.

* Profesor de la Universidad Antonio Nariño


LA GUACHAFITA