• Carlos Tobar

27 de mayo: ¿unas elecciones de ruptura?


Foto: El Colombiano | Ilustración Morphart

Si bien el resultado electoral del pasado domingo pareciera más de lo mismo: los dos extremos del espectro político dominantes en los últimos 50 años, Duque y Petro, pasaron a la segunda vuelta para elegir el próximo presidente de la república, se dieron algunos indicios del comienzo del cambio en la práctica política del país. Haber empezado a salir del maleficio de la violencia armada como forma de hacer política, cambió el ambiente de intranquilidad y zozobra que agobiaba sectores importantes de la sociedad colombiana, especialmente rural, pero también el sufrimiento de las familias de soldados, policías, insurgentes, campesinos…, y, sobre todo, del ambiente de peligro permanente para los moradores. Este ya es un logro importante del proceso de paz, con todas sus imperfecciones, así el centro democrático se empeñe en desconocerlo o ponerle peros. Se hizo evidente que estas elecciones se realizaron sin las Farc como organización armada.

Esta nueva situación, potenció la campaña electoral que, con todas las deficiencias que se quieran, como la aparición del populismo de derecha e izquierda, centró la discusión en los problemas que aquejan a la ciudadanía y, puso en la palestra el sentido tema de la corrupción. La prueba es que la participación ciudadana en las elecciones se disparó, tanto que, la abstención fue bastante menor: en Bogotá bajó al 35% y en el país el promedio fue del 45%. Además, el voto de maquinaria salió duramente apaleado (¿la sepultura de los partidos liberal y conservador y sus hijos putativos?), los ciudadanos eligieron, en su mayoría, de manera libre e independiente. Y, eso está bien. Es lo que necesitamos. Que, además, esperamos se extienda a todas las representaciones en los cargos de elección popular.

El gran resultado es la votación de Sergio Fajardo. Cuatro millones seiscientos mil colombianos que por convicción y por el entusiasmo que le puso el equipo fajardista, se decidieron por la independencia frente a las fuerzas políticas que representan el pasado de confrontación que, antes fue a bala y, ahora se reedita con el simplismo amigo/enemigo: quién no está conmigo, está contra mí. Este apoyo a Fajardo tiene la connotación de representar la variopinta sociedad colombiana de hoy que, entre otras cosas, está mamada de los mismos con las mismas, incluyendo las exclusiones mutuas que se recetan; según el uribismo aniquilar el castro-chavismo, según el petrismo desaparecer la “ultraderecha”, ambos antagonismos baratos que no permiten construir un proyecto de nación –aplazado por más de cien años– que, es el único camino cierto para enfrentar un mundo globalizado donde los pueblos como el nuestro no tienen ni presente ni futuro.

Pareciera que estamos empezando a entrar a la modernidad, a superar el atavismo de la violencia y a disponernos a enfrentar las lacras de la corrupción y la desigualdad social. Ojalá y así sea. La tarea en esta segunda vuelta presidencial, es obligar a los bandos en contienda a morigerar sus extremismos, a respetar las normas constitucionales y legales que hemos definido para enfrentar las diferencias y, a abordar con seriedad y realismo los acuciantes problemas de los colombianos, empezando por el derecho fundamental al trabajo. Mientras tanto, Fajardo, quedará como la gran reserva moral y política de quienes queremos construir una Colombia unida, pacífica e incluyente.


LA GUACHAFITA