• Mauricio Muñoz Escalante*

Supercampo vs Megaciudad


Foto: The Select Group

El pueblo se ha pronunciado. Decidiremos quién tomará el timón del país por los siguientes cuatro años: o Duque o Petro (los menciono en orden según la votación obtenida). Ahora empieza la cuenta regresiva para una final «de película», según dijeron los noticieros: los ratings disparados por el cielo, los anunciantes enajenados contando billetes, y los votantes indagando por todos los medios habidos y por haber. Pero tal vez no sea el momento de preguntar, sino el de reflexionar. Las respuestas ya las dieron los candidatos en su momento. Que no nos satisfagan, eso es diferente. Por ejemplo, al recurrente cuestionamiento de cuál debe ser el modelo de desarrollo ideal para Colombia, ambos ya respondieron sin dudar «debemos tecnificar el campo», repitiendo como loros lo que estamos cansados de oír, como si alguno fuera a reconocer, «Mi plan de gobierno es sepultar el campo, olvidarlo, dejarlo al garete», como se ha venido haciendo en Colombia desde hace años por liberales y conservadores por igual.

Por supuesto que debemos tecnificar el campo (a una pregunta estúpida, una respuesta estúpida). Lo que queríamos saber los electores era cómo. Pero los candidatos viven en otro mundo: piensan en las nuevas generaciones de tractores inteligentes (y su cabina CommandView III™ que parece la de un avión, lejos, muy lejos de esa carcaza metálica oxidada, prácticamente vacía de no ser por el timón y la palanca de cambios, que deambula por los cultivos del país) y echan a andar la máquina de los sueños y se imaginan el John Deere 9570RX reluciente, sacando papa en los cultivos de Villa Pinzón y recogiendo café cuesta arriba en las montañas de Pitalito, con su campesino rubio de ojos verdes y botas CAT al volante, ojalá con una Dodge Ram 3500 estacionada a lo lejos, prueba de que «el campo somos todos». El reportero, trasmitiendo desde la tierra (con los pies hundidos en el fango), hace una nueva ronda de preguntas igualmente vacías y los candidatos se echan a volar otra vez, hablando de aparatos para sembrar y artefactos para segar, de trilladoras y secadoras y bandas transportadoras, y cuando se bajan de la nube, todavía borrachos por el descenso tan vertiginoso, ya no ven el campo, ese que tenemos usted y yo al frente: hablan de Supercampo, que dizque nos viene a salvar.

El problema, en términos de los comics tan de moda, es que desde hace mucho tiempo el país —no digamos «le apostó» porque evidentemente es una exageración— «se inclinó» por Megaciudad: un modelo de desarrollo en torno a grandes centros poblados y periferias urbanas, «ciudades dormitorio comunicadas por trenes de cercanías», «centros industriales y de innovación tecnológica», «sembradíos de bajo impacto pero de alto retorno» y «pueblos universitarios satélites» —comillas, comillas, comillas, comillas— como quizás funciona en Los Ángeles, alrededor de la cual giran Silicon Valley, Hollywood, los viñedos del valle de Napa y los campus de Loyola y CSU y WCU y UCLA y SULA y NULA (nada menos y nada más).

Pero en Colombia Megaciudad no ha sido tan exitosa. Por lo menos no tanto como se lo imaginaron los asesores que hicieron las presentaciones ante los exmandatarios en las que pusieron como «referentes internacionales» del modelo no solo a Los Ángeles, sino a Londres y a la región del delta del río de las Perlas en China. Digamos, como dicen otros, que Megaciudad ha sido un desastre y como resultado Supercampo se debate entre la vida y la muerte: pobreza del 45%, analfabetismo del 12%, atraso tecnológico del 83%, inasistencia del estado del 90% y baja productividad (sólo 19% dedicado a siembra y 80% para pastos), según las cifras aproximadas del Censo Nacional Agropecuario.

Duque y Petro son «candidatos» de los de hace 50 años, no hombres de Estado del siglo XXI. Por eso recuerdan a Gloria Martin: «Un candidato es un señor, que ofrece siempre lo mejor, y que está a punto de sufrir total amnesia, cuando mañana, si es que gana, hará lo que le venga en gana, dejando atrás mil infelices con cuatro palmos de narices». Una cosa son hoy, ad portas de terciarse la banda presidencial y sentarse en el solio de Bolívar, y otra muy distinta el «doctor Duque» o el «doctor Petro» del 7 de agosto de este año hasta el 7 de agosto del 2022 (porque el período presidencial es de sólo cuatro años; en eso quedamos). ¿Quién en la historia de la humanidad ha tecnificado el campo de un país netamente agrícola (porque aquí no se hacen chips para computadores ni carros ni naves espaciales ni tractores) en sólo cuatro años, cuando además los políticos encargados de la tecnificación llevan a cuestas el prestigio de robarse siempre toda la plata?

Los cuatro años de tecnificación del doctor Duque o del doctor Petro muy probablemente no sean cuatro años hacia adelante para Supercampo, sino hacia atrás. No haber respondido sin evasivas cómo hacerlo los delata: 1) Porque implica que creen que un líder no tiene que saber cómo hacer las cosas, sino saber de «alguien» que lo haga, lo que nos conduce directo al famoso «amigo» que no es usted ni yo, a quién le van a dar el contrato; 2) Porque sugiere que creen que la posesión más importante hoy por hoy es la tierra y, por consiguiente piensan que la lucha es controlarla, cuando en realidad uno dice que es de la gente, aunque se refiere a la aristocracia, y el otro dice también que es de la gente, pero piensa en el Estado; y 3) Porque pone en evidencia que creen que la tecnificación del campo es comprar máquinas, cuando lo importante no es traerlas y estacionarlas en un parqueadero improvisado al sol y al agua, como ya ha ocurrido tantas veces, sino saber cómo las pagaremos, cómo nos prepararemos para manejarlas, cómo las arreglaremos cuando fallen, cómo asumiremos los sobrecostos de la producción… (Sin traer a colación que lo verdaderamente importante sería no «traerlas» sino producirlas, pero ese es otro cuento).

Digo «pagaremos», «prepararemos», «arreglaremos», «asumiremos», porque sé que el doctor Duque y el doctor Petro no van a sacar ni un peso de su pecunia para promover a Supercampo. Eso nos tocará a nosotros; no a ellos. Pensemos que para que Supercampo haga todo lo que dicen nuestros candidatos a segunda vuelta tendrá que luchar a muerte con Megaciudad, que es su archienemigo desde hace setenta años, que es el tiempo que lleva el fenómeno del abandono de la ruralidad por parte de los gobiernos, como dicen los expertos.

Porque en las cuentas del doctor Duque y el doctor Petro, cada peso que se destine para Supercampo es un peso menos para Megaciudad, asunto que no conviene. Porque si hay cien pesos… Bueno, no exageremos: si hay diez pesos y en este momento Megaciudad se está quedando con nueve, si queremos equilibrar la balanza —digamos que cinco y cinco— Supercampo florecerá con cuatro pesos más, pero sólo «relativamente» como diría Einstein, pues Megaciudad se deteriorará: si ya ocho de cada diez colombianos vive en una zona urbana, según los cálculos de la CEPAL, quitarle cuatro pesos es fatal. Quedan pobres los dos.

Mientras no haya once o doce o cien pesos, la relación de Supercampo y Megaciudad será la de pez gordo y pez chico que volvimos proverbio a partir de Darwin. La anhelada línea media de los aristotélicos (o el bebé miti-miti de los salomónicos) augura el crecimiento sólo a expensas del otro. La idea es, precisamente, convertir a Supercampo en una industria viable por sí misma, aparte de Megaciudad. Sólo si Supercampo genera uno y dos y diez pesos para él, entonces Colombia —el Salón de la justicia, para seguir con el jueguito— tendrá veinte pesos y se generará riqueza. Es lo que enseñan en Teoría del capital 1 o lo que se puede inferir del volumen 1 de El Capital, la obra de Marx, que seguro leyeron en la universidad. De lo contrario Supercampo no tendrá nada de súper: será otra vez sólo «campo» y Megaciudad sólo «ciudad» y lo que dicen el doctor Duque y el doctor Petro será una vez más una historieta.

Y entonces Vallejo tendrá razón de nuevo sobre lo que son los «doctores» de Colombia.


LA GUACHAFITA