• Mauricio Muñoz Escalante*

Las apariencias no engañan


No es raro que en el argot de la disputa presidencial se cuelen términos de la pugilística y se digan cosas como «La contienda electoral es el próximo domingo» o «El candidato tal le dio un duro golpe a la campaña de pascual» o «Equis esquivó exitosamente el ataque de Ye». Pero una cosa es lo que dicen los medios y otra lo que muestran los supuestos boxeadores.

En una esquina hay un hombre con una camisa de color rosado claro por fuera del pantalón, arremangada, pero no como quien va a pelear, sino como quien dice «No tuve tiempo ni de ponerle cuidado a eso». Pero no es natural. Parece como si alguien hubiera dejado deliberadamente una manga más arriba que la otra; alguien que va y viene, alguien que acerca y aleja el lente de la cámara y de vez en cuando le dice al hombre cosas como, «Mire hacia allá, al horizonte, para que la gente piense que usted tiene el ojo puesto en el futuro», mientras le sacude el pelo no para despeinarlo, sino para hacerlo ver despeinado. Otra persona que carga un atomizador con agua tibia —fría no porque las personas importantes a las que con tanto esmero se les quiere sacar una fotografía eso no les gusta— pasa rauda y veloz dejando sobre el rostro del hombre apenas un barniz, una fina capa que parece de sudor para dar el toque final a la imagen de quien supervisa el descargue de una tractomula llena de porcelanato Made in China en una ferretería de San Victorino, y no ve ningún inconveniente en echarse un par de cajas al hombro para ayudar con la tarea.

Clic.

En la otra esquina está otro hombre, mucho más joven que el anterior pero que luce el pelo gris («Que se vean las canas —dice— que resalten. Arréglelas en Photoshop para que parezcan más, para que me vea con experiencia»). Se ve sonriente («No tanto —le dicen— un poquito menos. No, no, no… Suba el labio. Eso. Que se vean los dientes…No, no, no. No tanto. Ahora sí»). El hombre tiene los brazos estirados hacia el frente, como quien dice «No temas, soy tu amigo», pero no están abiertos en posición de abrazar («No es para tanto —dice— una cosa es ser amigable y otra ser pendejo»). Tiene la mano derecha más adelante, en posición de «Ven conmigo», y la izquierda un poco más retrocedida, cerca del «Corazón blando» de su tutor («Gírela —le dicen— para que se vea el anillo de matrimonio»), para que la gente que piensa que está muy joven para manejar un país patas arriba diga «Es el que es». El hombre lleva camisa blanca («Que indica pureza —le dicen— como si fuera la paloma de la paz o el espíritu santo»), sin corbata, pero cerrada desde el segundo botón para mostrar que es conservador, un tipo que así como no le gusta improvisar con la moda, mucho menos con el país.

Clic.

Y en la otra esquina —porque no es un cuadrilátero como en los que se debatían a guantazos los guerreros de antaño, ni un octágono como donde pelean ahora casi a puño limpio los luchadores de las artes marciales mixtas, sino un trilátero —hay otro hombre con la mirada clavada en el observador como diciendo «A mí no me da miedo nada». Está vestido con una chaqueta de esas que se usan en Bogotá para ir los domingos a Cajicá a comer fritanga y cuajada con melao, una chaqueta de esas de cuello alto con cremallera hasta el borde, como se deben usar en los campos de esquí —que en Colombia no hay— que deja ver otra camisa debajo abierta, como quien dice «Soy un tipo relajado, informal, fresco como una lechuga», para que no nos concentremos en que la imagen es roja furibunda, roja sobre roja —recuerdo de Estados Alterados— RED, como la última línea de Iphone, roja como se ruboriza la gente cuando se congestiona por el mal humor, roja como se imagina uno la camisa del «buen amigo de corazón […] verriondo y muy liberal» del que cantan Silva y Villalba en Llano grande: «Y que me den un trago para medírmele al toro».

Clic.

Pero la verdad es que ninguno de los tres es así. No cargan cajas de enchape ni andan de abrazos con desconocidos ni andan posando para vallas ridículas. Y cuestionados por la sarta de paradojas que surgen de esas imágenes, lo más probable es que digan que eso no fue idea de ellos, que hablemos con sus asesores de imagen o sus estilistas de cabecera o sus departamentos de estética gubernamental; que lo de ellos son las ideas, los planes de acción, las propuestas legislativas, las innovaciones tributarias. Pero aun así lo hacen, se toman miles de fotos, y ahí podemos verlos posando en sus vallas entorpeciendo el paisaje de todas las ciudades de Colombia: Petro presidente, Duque presidente, Vargas presidente.

¿Pero habrá alguien —digamos un obrero de una gran constructora acantonada en algún tramo perdido de La ruta del sol, en pleno Magdalena Medio, a 40 grados a la sombra, operando un martillo neumático, o peor, cargando a pala una volqueta de 14 m3 de asfalto— será que un trabajador cualquiera cuando mira la publicidad de Petro, y lo ve como descachalandrado, dice para sí mismo «Hay que votar por él, que es un hombre como yo»?

Y así mismo, ¿habrá alguien —digamos que el ingeniero civil que hace la residencia de la obra de la vía en mención, sentado frente a su computador dentro del contenedor con aire acondicionado, almorzando en los recipientes de poliestireno expandido del restaurante más cercano— será que un profesional cualquiera cuando mira la publicidad de Duque, y lo ve tan amistoso y de buenas migas, dice para sí mismo «Hay que votar por él, que es un hombre como yo»?

¿Y habrá alguien —digamos que un ex empleado de la secretaría de obras públicas de la ciudad donde está afincada la constructora en mención, sentado en el parque principal viendo pasar las horas porque la empresa la liquidaron por corrupción— será que un pensionado cualquiera cuando mira la publicidad de Vargas, y lo ve tan corajudo y con los pantalones puestos, dice para sí mismo «Hay que votar por él, que es un hombre como yo»?

Es posible que no.

Lo más probable es que el ciudadano común —«el peatón» del que hablaba Sabines— piense que las fotos son una farsa y que más bien vea, como si tuviera Google Glass, todo lo que nos quieren tapar los candidatos de turno (que por supuesto es demasiado extenso para pensar cubrir en este espacio). Tal vez lo que la gente ve sí es una pelea y las apariencias, al contrario de lo que pensamos, no engañan: ven una pelea en la que los combatientes tienen poco o ningún contacto físico y donde lo que importa es la verborrea (y no la imagen), tal como ocurre en los momentos que anteceden a los batallas circenses de la WWF, cuando cada uno de los involucrados grita cosas sin sentido contra su oponente, a veces amenazantes o acompañadas de un poco de saliva que salta incontinente, siempre de manera exaltada, con muchos movimientos de brazos (de esos que critica Vallejo diciendo que parecen molinos de viento con los que se podría obtener energía eólica de lo tan frecuentes), para después «medirse» cara a cara el día de «la disputa» y, aparte del resultado —por decisión unánime o knock-out—, mantener en vilo a los espectadores, que pagan usualmente más por la novela que por la sangre.

Algo así nos puede estar pasando.

* Profesor de la Universidad Antonio Nariño


LA GUACHAFITA