• Mauricio Muñoz Escalante*

Miguel de Cervantes, Campoalegre y los andenes de Colombia


Foto: RCN Radio

Cuando un conductor afanado se topa en la vía con una persona, una de las expresiones más comunes para condenar dicho comportamiento es llamar al despistado peatón «campoalegruno».

Intuitivamente se piensa que así debe ser en Campoalegre y, cuando nos asomamos allá en efecto vemos que la gente camina por la calle, y que en las vías coinciden no sólo los carros sino también las personas y los animales y los ciclistas y los motociclistas, todos en una danza espontánea, un pasito aquí y otro allá, esquivando además huecos y alcantarillas destapadas, postes de electricidad y árboles que atraviesan el pavimento.

Pero lo que no se piensa es que el campoalegruno (gentilicio de los nacidos allí) no camina por la calle porque quiera, sino porque le toca: porque la mayoría de las veces el andén es una franja de ochenta centímetros contra las fachadas de las casas, donde cae el agua de los tejados y donde cada dueño de cada inmueble ha decidido hacer lo que quiera: enchapar con cerámica o dejar en arena, tender una rampa o hacer escalones, poner un asador de arepas o llenar el espacio de mesas para los clientes. Si los andenes de Campoalegre fueran espacios cómodos para caminar, con desniveles para los discapacitados, con bolardos contra los automóviles, construidos en un material poroso que evite las caídas, arborizados, bien iluminados, con bancas y lugares para depositar las basuras, seguramente nuestro famoso campoalegruno no caminaría por la calle. Pero no es una tarea fácil. Bogotá, que casi llega a los 9 millones de personas, sólo tiene andenes en ciertos barrios y en las vías del sistema Transmilenio. Medellín, con su arquitectura de revista y su civilidad, tampoco los ofrece a toda su población. Y en Neiva, unos kilómetros al norte de Campoalegre, recién salió el Plan Maestro de Espacio Público. No sería exagerado decir que si hay algo que caracteriza las ciudades y pueblos del país es precisamente la falta de espacio público para los peatones: ¡en Colombia todos somos campoalegrunos!

Esto explicaría en parte por qué el mote «campoalegruno» no sólo es común en el Huila, de donde hace parte la ciudad, sino que se escucha indistintamente por todo el país. Pero la razón por la que el dicho ha pegado tan fácil, no es porque ellos sean especialmente proclives a caminar por las calles poniendo en riesgo sus vidas y las de los conductores, sino porque la palabra «campoalegruno» resuena en la mente de cualquier urbanita como lo opuesto al habitante típico de la ciudad.

La escena ejemplifica perfectamente la dicotomía: la persona en el auto (con aire acondicionado y aromatizador de canela, oyendo alguna emisora de música instrumental para reducir el estrés) es el símbolo del progreso, que es la ciudad: ella es la hija de los logros, la comunicación y el aprendizaje. La persona de a pie (ignorante de las sutilezas de los colores del pavimento y de las señales que dicen por aquí sí, por aquí no) es el símbolo de la ingenuidad, que es el campo: es la hija de la vida natural, pacífica, de placeres sencillos y valores morales.

Campoalegre, aunque es una población de 35.000 habitantes, para los estándares de hoy en día, cuando las ciudades llegan a las decenas de millones de personas, tal vez no se considere una «ciudad» propiamente dicha. Es muy probable que para el habitante de Tokio o de Sao Paulo no lo sea, y más bien, aunque no lo identifique en el nombre español que desconoce, piense que es un campo.

Y de ahí a conectar «campo» con «alegre» hay un paso. El campo siempre es alegre, y al contrario, la ciudad, aunque es la meca de la civilización, aparece como triste: el lugar del ruido, la contaminación, la ambición y la mundanalidad. En el imaginario público—del Huila, de Colombia, del mundo—la persona del campo es más atrasada, más ignorante y vive con más limitaciones, pero paradójicamente es más feliz. Tanto que no se da cuenta de que la vía es para el carro y el andén es para ella.

No estaría de más homenajear los 402 años de la muerte de Don Miguel de Cervantes Saavedra diciendo que cuando de caminar por andenes se trata, el idioma es el que manda.

* Profesor de la Universidad Antonio Nariño - Neiva


LA GUACHAFITA