• Mauricio Muñoz Escalante*

Crónica de una muerte anunciada, pero sostenible


Foto: Colprensa

Mientras unos se cortan las venas por el ambiente en Neiva («No al fracking. El agua es tu sangre», dice un grafiti cerca de la Universidad Surcolombiana), el mismo Ministerio de Ambiente autoriza ese tipo de explotación desde Bogotá.

Después de ver los videos que dieron la vuelta al mundo hace por lo menos siete años sobre los residentes de Colorado (Estados Unidos) que pueden prender fuego al agua que sale por la grifería del lavaplatos, es difícil encontrar la razón en quienes aseguran que el fracking es una práctica segura que no contamina el ambiente. Y llama más la atención que en Colombia, un país infinitamente menos rico económicamente que EEUU, con un nivel de investigación pequeñísimo en comparación, pretenda vendernos la historia de que se trata de una energía limpia, verde y sostenible que no representa ningún riesgo.

Si todavía hoy — ad portas de la tercera década del siglo XXI — estamos lidiando con derrames de petróleo por cuenta de atentados terroristas que no hemos podido controlar, y estamos reseñados mundialmente como un país con altísimos niveles de corrupción política a nivel regional y nacional, ¿cómo pretender que la población acepte el fracking sin que se levante el menor manto de duda?

Nuestra historia de mermeladas, falsos positivos, narco-casetes y delitos que se cometen «a las espaldas» de los más altos mandatarios de la nación indica todo lo contrario: que sí habrá fracking, que éste sí contaminará las fuentes hídricas, que el dinero del negocio se lo llevará en gran parte la corporación extranjera que se gane el proyecto, que lo poco que le quede al país se repartirá en mordidas, chanchullos y serruchos de toda índole, que las calles de los pueblos donde deberían llegar los miles de millones de las regalías seguirán sin pavimentar, que los colegios seguirán sin pupitres y sin profesores, que saldrá fuego por los lavamanos y las albercas de las casas aledañas a los lugares de explotación, que no habrá compensación ni rectificación ni arrepentimiento ni resarcimiento a los afectados, que se morirán decenas o cientos (dependiendo de quién haga la cuenta) de especies animales y vegetales por las malas prácticas, que cuando llegue la hora de las acusaciones (cuando ya sea demasiado tarde, por supuesto) el Ministerio de Ambiente le tirará la pelota a la Agencia Nacional de Licencias Ambientales y ésta a la Agencia Nacional de Minería y ésta a la Agencia Nacional de Hidrocarburos, y nada ocurrirá.

El problema dirán unos es que al país se le están acabando las reservas de petróleo; que necesitamos equis millones de toneladas al mes, a la semana, al día, cada hora, cada segundo; que el fracking es la solución… Pero al mismo tiempo nos dicen otros que Colombia ha firmado con la Organización de Naciones Unidas un compromiso — la Agenda 2030 — en la cual aseguramos reducir el consumo de combustibles fósiles y prometimos cambiarnos a energías limpias como la eólica o la solar lo antes posible, porque «Debemos disminuir nuestra huella de carbono», «Tenemos que proteger el planeta», «Es lo único que nos queda».

No parece un discurso muy coherente. De hecho, parecen dos discursos diferentes. No es muy claro cómo las tareas que se nos encargan (separar las basuras, recoger los excrementos de nuestras mascotas, regar las plantas con el agua que sale de la lavadora y cambiar los bombillos incandescentes por unos tipo LED) vayan a lograr el «desarrollo sostenible» si se gastan 23 millones de litros de agua al mes en un solo pozo de fracking, según los datos de la Agencia de Protección Ambiental del Estados Unidos… Y si esos 23 millones de litros de agua quedan contaminados, ¡ni hablar!

Que me late que eso del fracking será como el famoso libro de nuestro nobel: la crónica de una muerte anunciada, pero «sostenible».

* Profesor de la Universidad Antonio Nariño - Neiva


LA GUACHAFITA