• Laura Victoria Bolaño P*

Aprender de una bestia


Foto: 20th Century Fox

¿Alguna vez se ha preguntado cuál es el problema de Colombia? ¿Cuál es su mayor lastre? ¿El desempleo? ¿La corrupción? ¿La pobreza? ¿La inequidad? En estas páginas me atrevo a asegurar que el problema de Colombia no es social, ni siquiera político ni económico, sino moral. La mala distribución de la riqueza y la corrupción, que son perpetuadoras de la pobreza en Colombia, se deben, en mi opinión a la falta de simpatía y de imaginación moral, así como del desconocimiento de la dignidad humana.

Colombia es un país injusto en la medida en que las instituciones encargadas de distribuir justicia no lo hacen como deberían. La justicia es uno de los valores fundamentales de sociedades como la nuestra. Si alguien nos pregunta qué es “actuar bien” o “actuar correctamente”, la respuesta sería actuar de forma justa. El problema de la justicia es muy amplio, así como la interpretación del concepto, pero en eso no me detendré aquí. Solo diré que las instituciones en Colombia son injustas porque, por ejemplo, los bienes básicos no son distribuidos de forma equitativa. En nuestro país hay personas que viven como si estuvieran en Mónaco y otras como si vivieran en el Congo: tan solo el 1.5% de la población es la dueña del 52% de la tierra. Somos el tercer país más desigual del mundo. Este, evidentemente, es un problema de injusticia.

Ahora bien, ¿qué hace que la justicia sea esquiva en nuestra sociedad? Es aquí donde siento que este problema de la justicia está relacionado con un sentimiento moral: la simpatía. La simpatía es la capacidad que tenemos los seres humanos de entender las tristezas o alegrías del otro al imaginarnos a nosotros mismos en una situación similar a la que el otro nos describe. Pero la simpatía va más allá de la inteligencia emocional y conduce a la persona no solo a importarse por el otro, sino a actuar para el otro. Esto quiere decir que hay un momento en que la empatía, como la capacidad de comprender lo que el otro puede sentir, se convierte en simpatía, como la necesidad de querer actuar para ayudar al otro y, finalmente, en solidaridad.

A los seres humanos, y a los colombianos, se nos ha enseñado un cierto egoísmo racional que está en contravía de la simpatía y del cuidado del otro. En nuestra cultura, la ventaja y la trampa se premia en detrimento de las maneras justas y se sintetiza en dos frases de la sabiduría popular: “el vivo vive del bobo” y “a papaya puesta, papaya partida”. Si el otro se descuida, aproveche. Si el otro ofende, ofenda usted también. Se nos ha enseñado de forma muy hobbesiana que “el hombre es malo por naturaleza” y que todas nuestras acciones morales tienen motivaciones egoístas.

Cuando se educa a una sociedad para ser egoísta y carente de empatía (no digamos simpatía que es más compleja) es muy fácil que se roben el dinero de los almuerzos de los niños de la Guajira, que compren votos con tal de perpetuarse en el poder o de simplemente hacerse el loco para no hacer una fila. Porque, claro, aquí en Colombia nos acostumbramos a ser corruptos con lo que tenemos.

Una de las condiciones que necesita la simpatía es la imaginación moral. La imaginación moral es la facultad de ubicarse a sí mismo en una perspectiva distinta a la propia. Una vez uno entiende el contexto del otro, por ejemplo, es más fácil comprender la forma en la que piensa, sus acciones o sus decisiones.

La imaginación, decisiva en la acción moral, se puede ampliar a través de la literatura, como lo vio Martha Nussbaum en su famosa Justicia Poética. Las historias de otros nos llevan, justamente, a hacer ese ejercicio de perspectiva moral. El cine y las novelas gráficas pueden contribuir en ese aspecto y aquí es cuando comienza a tener sentido el título de este texto. Un de las historias pop que más me gusta son los X-Men, comic creado por Stan Lee y Jack Kirby. X-Men narra la historia de una realidad alterna en la que existen homo sapiens (humanos comunes y corrientes) y mutantes, y que resulta ser una excusa para hablar sobre discriminación, temor a la diferencia, autoaceptación y tolerancia. En este universo, los mutantes son considerados como un peligro para los homo sapiens y, por eso, muchos de ellos temen exponerse tal y como son, algo parecido a la vida real. Uno de los mutantes más interesantes de este universo es Henry McCoy, “Bestia”, un mutante dotado con una gran inteligencia, pero que luce como un hombre-lobo.

En un episodio de la serie, Bestia es apresado injustamente junto a Magneto, mutante que tiene una visión más bélica y menos diplomática del conflicto entre mutantes y homo sapiens. A la manera de un diálogo de Platón, Bestia defiende su estadía en la cárcel aún cuando sea injusta porque escaparse, propuesta que le ofrece Magneto, ensuciaría su causa. Dicho de otro modo y a la manera de Sócrates en el Critias: una injusticia no se puede corregir con otra injusticia. En Colombia nos hemos acostumbrado a que si nos ofenden debemos ofender, si nos cierran en la vía debemos adelantarnos y cerrar al otro, si nos roban, tenemos la justificación de robar. Esta es una forma de moralidad que ve a la justicia sólo en términos de reciprocidad. Y la justicia, decía Platón en boca de Sócrates, es algo que se quiere por sí misma. Tratar con justicia a otro aún cuando ese otro no es justo conmigo, no es más sino reconocer su dignidad como ser humano. “Bestia” es un personaje que prefiere sufrir injusticia que producirla, pues el dolor que produce sufrir injusticia puede ser pasajero, mientras que el dolor que produce en el alma cometer una injusticia perdura para siempre.

Los personajes de ficción constantemente se están enfrentando a dilemas morales. De ahí que sus historias sean entretenidas. Los superhéroes, en particular, si bien muchas veces se mueven entre la legalidad y la ilegalidad, procuran actuar privilegiando el valor de la justicia. Por supuesto, esto no es absoluto en todos los personajes y es necesaria una revisión individual de cada uno para determinar en qué medida buscan la justicia o, simplemente, la venganza. En Colombia la ley se dobla según nuestros intereses y, mientras la sociedad o el Estado no se dé cuenta de nuestras acciones, no pasa nada. Por eso nos cuesta asumir una posición ética ante la vida. En la medida en que se nos enseñe a ser más empáticos y a ocuparnos del otro, nos daremos cuenta de que existen acciones que son inmorales, que instrumentalizan a otros sujetos o que nos instrumentalizan a nosotros mismos. Es decir, injustas. Por eso hay que ser más mutantes y menos humanos.

* Laura Victoria Bolaños Pérez, filósofa y periodista. Docente de la Universidad del Rosario. Actualmente realiza una maestría en Estudios humanísticos con énfasis en ética. Autora del libro: Los superhéroes, el deber moral y la obligación. El caso de Spider-Man y los X-Men.


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