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La herencia de la guerra


Foto: Juan Pablo Rueda Bustamente | El Tiempo

Ingenuos quienes pensaban que la campaña electoral de la FARC no iba a suscitar protestas en la sociedad colombiana. Incluso, políticos profesionales como Germán Vargas Lleras hasta políticos carismáticos como Álvaro Uribe Vélez han experimentado en su vida pública el malestar ciudadano. Las calles han sido el escenario en los que la gente expresa (genuinamente o de forma manipulada) su descontento mediante pancartas, silbidos, abucheos, y de vez en cuando insultos. El constituyente primario, le llaman algunos.

De ninguna manera se trata de unas manifestaciones aisladas en ciudades como Armenia y Florencia sino de un rechazo generalizado. Ese constituyente primario aborrece a la FARC en parte por el discurso binario que triunfó dividiendo a la sociedad entre buenos y malos y en parte por los crímenes que cometieron en tanto que guerrilleros. El escenario al que está saliendo la FARC es hostil, se ha radicalizado y no fija puntos medios, solo los extremos cuentan. Ellos mismos integraron uno de esos extremos y hoy sorpresivamente se extrañan por la polarización colombiana. Algunos de sus líderes se están enfrentando a la realidad, se están dando cuenta que no representan al pueblo – salvo contadas excepciones como en algunas veredas del suroccidente del país – ya que en general, nadie los quiere.

En efecto, varios cálculos políticos de la FARC han sido erróneos y en definitiva, no cesan de echarle leña al fuego. El primero, conservar las siglas de la organización, lo cual da cuenta de que portan con orgullo su pasado insurgente. El segundo, las declaraciones testarudas de líderes como Jesús Santrich, Pablo Catatumbo y Timochenko. Tercero, no iniciar todas sus intervenciones públicas haciendo mea culpa y pidiendo sistemáticamente perdón a las víctimas de un conflicto que ellos integraron. Cuarto, presentar candidato a las próximas elecciones, aún sabiendo que van a ocupar el último puesto, que su fuerza política no suma sino que resta y que tienen 10 congresistas fijos para los próximos dos periodos legislativos.

Pese a que tienen mejor imagen de favorabilidad que los partidos políticos, la FARC está lejos de alcanzar una imagen positiva en el imaginario de los colombianos. No solo tuvieron a un Establecimiento y a unos medios de comunicación en su contra (que tuvieron doble rasero a la hora de medir las acciones de ellos y la de otros actores armados como los paramilitares) sino que no lograron conectarse con las bases populares. Por si fuera poco, la otra guerrilla, el ELN, no ha dejado de emplear tácticas terroristas en medio de unos diálogos que poco avanzan y que no parecen encontrar un rumbo definido. En tiempos de posconflicto, no han sido suficientes las ambivalentes declaraciones de la FARC en torno a someterse a la JEP y han caricaturizado la entrega de bienes al incluir escobas y elementos de aseo. La sensación de la gente es que “ser terrorista paga” y aunque esta afirmación es apresurada y es instrumentalizada por sectores políticos, no deja de desligarse de la realidad.

Quienes apoyamos la paz observamos con profunda preocupación todos estos errores porque lejos de contribuir a una transición democrática producto del Acuerdo de Paz, acentúa los odios de los colombianos. De Álvaro Uribe, Germán Vargas Lleras, Alejandro Ordóñez y un largo etcétera, no podemos esperar que defiendan este proceso y celebren la reinserción a la vida civil de los ex guerrilleros. Su vigencia política depende de la existencia de ese enemigo común. Bien lo decía el historiador Herbert Braun, en 1994:

“los políticos no quieren deshacerse de la guerrilla porque, así, siempre pueden preguntar a la gente si prefiere el sistema actual o una nación gobernada por la guerrilla, sabiendo perfectamente que la mayoría de los colombianos considerarán a los políticos como la mejor opción entre los dos“.

De quien sí debemos esperar es de la FARC y su voluntad política, porque fueron ellos quienes firmaron un Acuerdo y se comprometieron a dejar las armas y a luchar por el poder mediante vías democráticas y legales. Por supuesto que el Estado también lo firmó y claro que no ha estado a la altura de cumplir lo que prometió en las 310 páginas. No obstante, así ha sido este Estado, con instituciones que no funcionan bien, que no le garantizan derechos básicos a una parte importante de la población, sin recursos, sin un proyecto común de nación que integre al país, con corruptos viviendo del erario público y demagogos haciendo política con las víctimas de un conflicto que deshumanizó la vida en sí misma.

Por ello, el reto al que asiste Colombia es enorme. Es imperativo el trabajo de varios sectores de la sociedad por la paz. Pasar la página no será cuestión de meses sino de años. En nuestras entrañas está arraigada la sed de venganza y no necesariamente porque seamos unos violentos, sino por la herencia de esta guerra inútil y anacrónica, que no nos ha permitido vislumbrar otras formas de dirimir los conflictos.


LA GUACHAFITA