• Marcos Fabián Herrera

Rivera: Más allá de la Tierra Prometida


Foto: Alchetron.com

El próximo 19 de febrero se cumplen 130 años del natalicio de José Eustasio Rivera. Como en sus aniversarios anteriores, abundan los homenajes, los ditirambos, las celebraciones, los decretos de honor, las condecoraciones y las necrologías. Y no hay nada más infortunado que intentar un obituario con alguien tan exultante de vida, invención y excepcionalidad. El hombre, hoy consagrado como el mayor novelista y poeta que ha dado el Huila, para esta fecha estará en la boca de académicos, críticos, políticos, estudiantes y escritores. Y es verdad: Rivera es el mayor escritor que ha dado el Huila.

Su grandeza no reside en la cantidad de apologías que le hayan concedido la clase dirigente, la misma que él fustigó con ardorosa lucidez en el parlamento y desde sus distintos y encumbrados cargos públicos en los que se desempeñó con pulcritud, y, que además, quiso cooptarlo como su obsecuente amanuense. Su universalidad y grandeza estriba en lo que él como creador significó: Un impenitente trasgresor. Trasgresión asumida no como el prosaico reclamo a los poderosos, sino como un insoslayable compromiso creador con sus derroteros humanísticos. Porque Rivera hizo de su inteligencia no un objeto de lujo, sino un fértil campo de debate y altruismo; tan opuesto al desierto de muchos de sus coetáneos.

José Eustasio Rivera se ocupó de lo sustancial y desdeñó el parroquialismo y las contiendas bizantinas propias de los círculos literarios de la época. En momentos que la Literatura Colombiana se agasajaba con el onanismo de encorbatados petimetres y parnasos, Rivera escribió una novela que develaba el dolor humano en un accidentado trasiego de la ciudad a la selva en procura de la cristalización del amor. Concibió una tierra devoradora, inescrutable e impredecible que no se confinó a la ligera y vacua exaltación del exotismo selvático. La vicisitud y el amor se funden en una novela en la que con vertiginosa precipitud el hombre ineluctablemente corteja el riesgo. Y ésta es su mayor trasgresión: La Literaria.

Su Tierra de promisión, hoy convertida en manido cliché publicitario y proselitista, quizás diste mucho de la tan pregonada y despistada asimilación que de ella hace el poder. ¿Habrá algo más antiliterario que forzar interpretaciones amañadas a la luz de una obra? ¿Para qué le servirá al Huila convertir y acuñar un titulo Riveriano en desgatada frase de cajón? La mejor exégesis de esa Tierra de Promisión es la del anónimo lector en su secreta lectura. Porque sus potros, torcazas y ríos, muy seguramente correspondan a un personal territorio metafísico.

Así, la vida de Rivera está eslabonada por trasgresiones. En lo político, lo literario y lo humano. En lo literario su obra significó una ruptura con la tradición imperante del momento, y en lo humano, su vida se constituyó en una ininterrumpida apuesta por el hombre y la creación, una insaciable búsqueda y ensanchamiento de la experiencia que lo convirtió en delimitador de frontera, inspector limítrofe, senador, y abogado; sin que jamás estas vinculaciones minaran su capacidad crítica. Empeñado en una inconclusa odisea cinematográfica, abrazó la muerte en su soledad en Nueva York.


LA GUACHAFITA