• Andrés Mauricio Cabrera

La improbabilidad de los improbables


Hace unos días, Rodrigo Uprimny supo entregar al país otra de sus certeras columnas. En ella, reafirmaba el valor de la discusión como pilar de cualquier sociedad en la que valga la pena vivir; me refiero, por supuesto, a su escrito titulado Diálogo entre improbables. Aunque comparto todo lo dicho por Uprimny, quisiera pensar en algunos casos en los que distamos de arribar al espacio ideal de habla, punto de partida inicial de su escrito: la situación perfecta de habla como un tipo puro o ideal regulativo al que, si bien se pretende aspirar, puede llegar a verse como mero presupuesto sin una concreción real.

En otras palabras, uno de los grandes inconvenientes que poseen muchas propuestas que parten de señalar el mejor de los escenarios o mundos posibles, es que no se sabe cómo llegar, en la práctica, a vivir así. Precisamente por esto, se corre el riesgo de errar…de enfrentarse al riesgo de fallar: aunque el diálogo sin violencia ni injerencia externa alguna sean primordiales para llegar a consensos y disensos sólidos, hace falta mucho más para que podamos vivir en un mundo digno. En primera medida, debe tenerse en cuenta que, como bien señala Uprimny, la honestidad o la buena fe al momento del diálogo es fundamental: si no estoy en capacidad de escuchar al otro, de reconocerlo como alguien que ha pisado la misma tierra en la que vivo, a pesar de no haber dado mis mismos pasos, lo más probable es que me aferre a mi postura personal y no me tome el tiempo de siquiera contemplar aquello que tiene para decirme. Creo que este es el principal escollo que termina por hacer improbable el diálogo entre improbables.

En este escrito, quisiera ahondar en tres casos particulares de negación del otro. Puede que, si somos conscientes de dicho mal, podamos ser menos reticentes a permitir que éste perdure en las discusiones públicas. En estos casos, suele caricaturizarse la visión del mundo del otro de formas distintamente riesgosas: 1) la infantilización del otro; 2) la negación subrepticia del otro; 3) la demonización de la contraparte. Si bien no desconozco que puedan existir otras formas para negar la participación de la alteridad en un debate, considero que estas suelen ser recurrentes y, por ello, dignas de mención.

1. La infantilización del otro

Se suele pretender que el otro “no sabe”, “es un ignorante” o, peor aún, es una especie de “niño chiquito”, alguien cuya opinión merece ser reencausada a partir de las enseñanzas de un “adulto”. En estos casos, es común ver cómo ciertas personas se atribuyen el rol de educadores de la vida de los otros; por ejemplo, está el caso de algunos hombres que pretenden “enseñar” a las mujeres cómo deben vestirse, hablar, salir a la calle, etc (cosa estúpida, pues la experiencia tanto corporal como cultural que alcanza a ambos sexos difiere totalmente); cuando no recriminan injustamente alguna agresión sexual sufrida por alguna de ellas (piénsese en el caso de los hombres que justifican el maltrato sexual a partir de opiniones tales como “es que, si salió así vestida a la calle, debía querer algo más que ir de fiesta”, “una mujer decente no se viste de esa manera”, etc).

En estos casos, el que acusa al otro sin siquiera escucharlo parte de la premisa de que su posición es correcta por el hecho de provenir de una fuente de experiencia que agota cualquier otra visión de mundo posible. Dicho de otra forma, la persona que asume la tutoría del otro considera que su visión del mundo es adecuada por provenir de una experiencia singular que excluye otras posibles experiencias e interpretaciones de la misma.

Esto es falaz, por el mero hecho que todas las personas tenemos maneras distintas de experimentar los sucesos del mundo: puede que algo que para mí sea infinitamente doloroso, para otro no lo sea (por ejemplo, aquel al que la desazón por la muerte de un hermano sea profunda; mientras que puede existir otra persona para quien la muerte de su hermano no resulte un hecho nefasto: en virtud de sus creencias, puede creer que la muerte significa el paso a una “mejor vida” antes que el fin de la existencia). Asimismo, es falaz en virtud de una segunda razón: el contexto en el que nos encontramos afecta la manera en que comprendemos ciertos sucesos. Debido a ello, muchas veces cometemos el error de anteponer nuestra experiencia personal como criterio de juicio último de la vida de los demás: un caso de esto es el de aquel que justifica los “piropos” a las mujeres como un acto principalmente elogioso antes que violento. Es probable que esa persona no se haya detenido a imaginar cómo sería que un desconocido - preponderante en fuerza y violencia física - lo abordase en la noche para pronunciarse sobre su belleza y deseos sexuales: tras el desconcierto, es probable que surja la sensación de desamparo (si no lo conozco y no le he permitido ese trato, ¿qué le hace pensar que puede decirme eso? Si es tan abusivo como para menoscabar mi dignidad, ¿qué más será capaz de hacer? Estas son solo algunas preguntas que cualquier persona debería hacerse con el propósito de pensar cómo es que el otro se siente en un caso específico).

Como puede entreverse, de la infantilización del otro suelen extraerse consecuencias nefastas: la voz de aquel que se considera en “minoría de edad” es acallada, y sus intenciones y propósitos se conciben como impertinentes. En este marco, suele surgir una “voz experimentada”, el “adulto responsable” que pretende adoctrinar al niño y educarlo para que lleve una “vida buena” sin preocuparse por “nimiedades”. Dado que no existe una última manera de ser o habitar el mundo, la infantilización del otro tiende, bajo un tipo de falacia ad hominem[1], a hacer del otro alguien que no merece ser escuchado, alguien cuya opinión es irrelevante y, por ello mismo, desacertada en principio. Más allá de esto, su intención última suele ser perversa: el otro, como el niño que es, merece ser educado para que no piense de esa manera. Esto no es más que una manera solapada de encubrir intereses colonialistas[2], sean culturales, raciales, epistémicos, etc. Si no es posible diferir y vivir de acuerdo a aquello que consideramos digno de una “buena vida”, es probable que una mayoría oprima, cuando no pueda llegar hasta el punto de querer eliminar a un grupo minoritario.

2. La negación subrepticia del otro

En últimas, la infantilización del otro no es más que una forma sofisticada de negación del otro. Sin embargo, existen formas más evidentes e igualmente violentas. En Colombia, al menos en el debate político, suele ser habitual el ver cómo, con el propósito de apelar al sentido de comunidad de una mayoría, se suele negar la existencia del otro. Una estrategia común en estos casos es recurrir a realzar cierta idea de comunidad que, implícitamente, deja de lado otras formas de vida; cuando no las somete al criterio de la mayoría. En este momento, recuerdo un tweet del exprocurador Alejandro Ordoñez Maldonado. En este, el hoy candidato a presidente de Colombia aparecía sonriente de espaldas a una multitud. Lo anterior no hubiese llamado mi atención, de no ser por el epígrafe que acompañaba la foto: “¿País Laico?…Já!”[3] (sic). De una manera intencional y solapada, Ordoñez, conocedor del orden constitucional colombiano y, por ello, de la diferencia entre un principio regulativo del actuar público y el estado de cosas pre-existente (reafirmar la existencia de la conocida mayoría católica presente en el país), pretendió subsumir la validez de un principio de carácter público a partir del realce de una creencia eminentemente privada.

Dicho de otra manera, Ordoñez buscó con dicha imagen convencer a los receptores de su mensaje que el principio regulativo del actuar público de las decisiones democráticas (el diálogo racional y argumentado, en el marco de los principios constitucionales, como base de la construcción ciudadana y los ideales estatales, que no es más que la reafirmación del laicismo) no tiene cabida en virtud de la mayoría confesional que prima en el territorio colombiano. De esta forma, el exprocurador encubrió algo que, como él bien sabe, es falso: una cosa es que exista una mayoría católica con poder de decisión, y otra es que, por el mero hecho de ser mayoría, sus decisiones siempre sean correctas y, por ello, merecedoras de ser acatadas en el plano público. Esto último, no es más que la afirmación de una falacia ad populum: que la suma de voluntades individuales considere que algo es lo mejor para todos, no tiene porque ser, en efecto, lo mejor para el Estado y los ciudadanos colombianos como tal.

Asimismo, pretender que toda manifestación de la voluntad mayoritaria debe perfilar el progreso social y el ideal de comunidad en el que vivimos, llevaría necesariamente al totalitarismo: ¿qué pasaría si, por ejemplo, la mayoría colombiana decidiera que todos aquellos que tuviesen alguna característica que no estuviese acorde a cierto ideal de “colombianidad” (v.b. no ser creyente, pertenecer a una minoría sexual, ser negro, etc) debieran ser expulsados del territorio nacional? ¿Es esto justo? Bien recuerda Stuart Mill en Sobre la libertad que el disenso y la capacidad para expresarlo públicamente son valores fundamentales para la transformación social. En cierto modo, se vuelve imposible transformar nuestros valores sociales si pretendemos que todos seamos, pensemos y habitemos el mundo de la misma manera. La diferencia, en este sentido, se convierte en la apuesta por un futuro mejor: uno en el que, al final del día, seamos capaces de reconocernos y tratarnos mejor los unos a los otros.

Además de lo anteriormente señalado, el hecho de equiparar a la mayoría con la comunidad no es más que un error: un ateo, un gay, una feminista o un anarquista (por citar los casos que primero se me vienen a la mente), no son menos ciudadanos que un hombre blanco católico y capitalista, por decir algo. Cuando se afirma que “el pueblo ha hablado”, “que la comunidad se ha hecho oír”, y demás expresiones similares, sobre todo si se trata de decisiones que afectan directamente a grupos tanto minoritarios como históricamente discriminados[4], debería sentirse recelo antes que alivio: es probable que se esté ante un caso de opresión de una mayoría que, de manera injusta, ha asumido la vocería de todo el resto de miembros de la comunidad. Tras esto, no queda más que la negación del otro: su existencia ha sido excluida de la comunidad, al invisibilizarse a partir del vestido que la mayoría ha sabido tejer como cárcel de toda posible divergencia.

3. La demonización de la contraparte

Hay que temer al hecho de erigir un ideal de comunidad que parta de un grupo humano excluyente y endógeno, que no permita la divergencia. En primera medida, la consolidación de dicho ideal comunitario suele, antes que afirmar la vida, negar la existencia de ciertas formas de vida minoritarias. Es curioso que, cuando más suele exaltarse el nacionalismo y el fanatismo de cualquier índole, es cuando más se suele excluir o rechazar a otras formas de vida. Bajo afirmaciones que pretenden rescatar la “pureza de los valores”, la “predominancia de la raza/especie”, la vuelta “a los principios que nos hicieron grandes”, la “defensa de nuestros principios”, se han cometido una gran cantidad de hechos barbáricos. Ejemplo de ello, fue el totalitarismo nazi que, como bien advierte Jean Améry, no tenía por esencia más que la tortura, pues su principal certeza era que existían vidas que no merecían ser vividas y que, asimismo, eran menos que humanas (como era el caso de las víctimas judías, Testigos de Jehová, Gitanos, minorías sexuales, entre otros[5]).

"Cualquier ejercicio digno de comunidad debería partir de, al menos, dos puntos fundamentales: el primero, la celebración de la vida y la alteridad, pues el mundo es un lugar demasiado grande como para pretender que existe tan sólo una manera de verlo; el segundo, el respeto al otro como pilar básico de la existencia comunitaria"

Cualquier ejercicio digno de comunidad debería partir de, al menos, dos puntos fundamentales: el primero, la celebración de la vida y la alteridad, pues el mundo es un lugar demasiado grande como para pretender que existe tan sólo una manera de verlo; el segundo, el respeto al otro como pilar básico de la existencia comunitaria. Cualquier proyecto de comunidad que parta del señalamiento del otro y su necesidad de eliminación y exterminio, suele terminar por refugiarse en cierto vacío conceptual propio de la barbarie: ¿qué hace a alguien menos que humano? ¿Qué es aquello que hace a alguien mejor que otro? Estas son preguntas vacías, que suelen ser rellenadas mediante artificios retóricos y jerga tanto cientificista (que no es lo mismo que científica[6], valga la aclaración) como directamente discriminatoria.

Al final del día, no existe una manera de establecer una forma de vida como superior a las demás: nuestro espectro para comprender al otro es, en principio, finito: podemos (y deberíamos procurar hacerlo más frecuentemente) imaginarnos cómo es ser otro; mas no podemos, a partir de nuestra mera imaginación, tener certeza de haber visto con los mismos ojos de aquel el mundo que nos es constitutivo. A la larga, nuestro conocimiento del mundo suele ser perspectivista: nuestra mirada tiene matices, enfatiza en ciertos aspectos mientras deja de lado algunas aristas que, si bien pueden ser igualmente interesantes a aquellas que recalca, se perciben oscuras, cansinas. De allí que, cuando se erige cierta idea de ser humano por encima de las otras, se suela desconocer que el mundo nos es constitutivo a todos de formas distintas: aunque todos necesitemos del agua y del alimento para vivir, por decir algo, no todos vivimos el mundo de la misma manera. Ello hace que, al caer la noche de nuestras vidas, comprendamos que la experiencia del otro nos constituye: habitamos un mundo con los demás, y ellos, a la larga, tienen bastante para transmitirnos a partir de la forma particular en que han comprendido y experimentado cada paso sobre esta tierra. Cada vez que muere alguien, en algún lado, en cualquier parte, muere una parte constitutiva de nuestro mundo: algo ha quedado por decir…hubo una voz que no retumbó, que pudo haber cambiado algo, que podría haber cicatrizado las venas del sufriente y revelado a la desdicha una nueva carta sobre la mesa.

Cada vez que se apela a un nosotros comunitario de forma excluyente (es decir, como criterio para establecer diferencias entre seres humanos con miras a discriminar negativamente), se suele recurrir a una figura retórica vacía: dependiendo de las circunstancias, las características a resaltar de dicho grupo suelen variar conforme a las motivaciones que el emisor de dicho mensaje tenga y los efectos que pretenda causar. Designar al otro como necesariamente “malo” o “peligroso”, trae consigo la posibilidad de señalarlo sin que sea necesario apreciar qué es eso que, como comunidad, consideramos valioso y digno de construcción; a la par que se cierra cualquier posible diálogo sincero con aquel que consideramos distinto a nosotros. Detrás de la actitud de quien juzga al otro sin tomarse la tarea de dejar que este se muestre tal como es, en la singularidad de su presencia, se esconde una forma particular de habladuría: un relato sobre algo que, así sea asumido como verdadero, no parte de la experiencia misma sino, usualmente, de los temores traducidos en características negativas que se adscriben al sujeto o comunidad de la que se habla. Esto, a la larga, no es más que la atribución de nuestros temores más profundos a “algo que creemos conocer” pero de lo que, tristemente, no sabemos nada. Lo anterior, constituye la actitud de aquel que se dedica a transpolar aquellas características que estima como negativas a cierto grupo o sujeto al que estima diferente; sin detenerse, siquiera, a compartir con aquel.

Detrás de este maniqueísmo vacío, en el que acusa se asume como pilar moral mientras percibe a su acusado como principio de toda inmoralidad, se termina por hacer del otro (el señalado como “malo”) alguien que, a partir de su acusación, se concibe como menos que el conjunto de la comunidad que lo señala. Esto último, trae consigo la posibilidad de someterlo a un trato denigrante, a todas luces injustificado, tal como lo señala Richard Rorty en su ensayo Derechos Humanos, sentimentalismo y racionalidad: una sociedad digna debe ser aquella que, antes que excluir, debería acoger la mayor cantidad de formas de vida y experiencias humanas, bajo un concepto amplio de humanidad que le permita a todos los grupos pertenecientes a la comunidad desarrollarse gracias al otro, y no en detrimento de los demás (desearía ahondar un poco más en esto, pero creo que mejor lo dejaré para un futuro escrito).

Conclusión

Aunque Uprimny acierta en señalar cuál sería el mejor espacio de discusión posible; esto es, el escenario en que los antagonistas discuten como rivales epistémicos y no como enemigos existenciales, bajo la premisa de la buena fe y la argumentación basada en argumentos racionales, dicho ideal está lejos de concretarse en la sociedad en la que vivimos (de hecho, su realidad suele ser una utopía, aunque no por ello deba pensarse en hacer todo lo posible para que esto pudiese ser así). En buena medida, considero que dicho ideal se ve menoscabado por la imposibilidad de escuchar al otro seriamente, de tomarse enserio qué es aquello que tiene para compartir; cuando no de rechazar sus enseñanzas a partir de la negación de su existencia misma. Valdría la pena preguntarse qué puede hacerse para refrenar el impulso señalatorio: aquel que condena a los demás para reafirmar cierta idea de nosotros plenamente excluyente; aunque esto capaz sea tema para un nuevo escrito.

Notas

[1] La falacia ad hominem consiste en un error argumentativo mediante el cual se desconoce lo dicho por alguien por el sólo hecho de ser una opinión proferida por esa persona. En este sentido, el error argumentativo consiste en desconocer los argumentos del otro a partir del señalamiento de alguna característica que, usualmente, nada tiene que ver con lo discutido. Por ejemplo, decir que alguien por el mero hecho de ser ateo no pueda esgrimir argumentos convincentes en contra de la postura religiosa que pretende negar los derechos de las minorías sexuales, es falaz: nada tiene que ver si soy ateo si, en este caso, estoy rebatiendo argumentos que no tienen peso en el debate público: dado que Colombia es un estado laico, el apelar a Dios u otra deidad no es un argumento que pueda esgrimirse sin más. En este contexto, lo importante es salvaguardar el interés público conforme a razones que cobijen a todas las formas de vida que habitan el país (ateos, creyentes de otras religiones, agnósticos, etc).

[2] Sobre este punto, sugiero revisar el ensayo de Tzvetan Todorov “Las malas causas y las malas razones”.

[3] Link del tweet: https://twitter.com/A_OrdonezM/status/905829596460978178/photo/1?utm_source=fb&utm_medium=fb&utm_campaign=jjolivella&utm_content=906156581498347520. Visto por última vez el 24 de diciembre de 2017, a las 12: 33 PM.

[4] Aquí se me vienen a la mente ciertos casos recurrentes de la realidad colombiana: normas sobre el uso del espacio público, que suelen ser excluyentes con los habitantes de calle; decisiones sobre temas como el aborto, en los que suele privilegiarse una creencia religiosa antes que la existencia digna de la madre que no desea al menor; participación política de grupos históricamente marginados, como ocurrió hace poco con las curules para las víctimas en el Congreso, etc.

[5] A propósito, sugiero revisar el capítulo titulado “La tortura”, perteneciente al libro “Más allá de la culpa y la expiación: tentativas de superación de una víctima de violencia” del propio Améry.

[6] Al respecto, Tzvetan Todorov aborda el problema del cientificismo y su relación con el nazismo de una manera interesante en su obra “Memoria del mal. Tentación del bien”.


LA GUACHAFITA