• Astrid Flórez

Las que “no sabemos no darlo”


La última columna de Antonio Caballero ha levantado ampolla. Respuestas de diversos orígenes han puesto en evidencia la concepción subordinada de lo femenino en su escrito y reclamado por la normalización de la violencia contra las mujeres, en la que se banalizan las “pequeñas agresiones”. Para no llover sobre mojado debo resaltar un solo punto cuando él, no tan caballero, pregunta “¿Y no saben tampoco cómo no darlo estas mujeres a quienes se lo piden de tan tosca manera?”.

De esa breve pregunta me inquietan tres asunciones: las mujeres ‘no sabemos’, ‘no lo damos’ y no podemos enfrentar la ‘tosquedad masculina’ en lo que se refiere al contacto sexual.

Está claro que las mujeres no sabemos cómo protegernos de las agresiones masculinas y femeninas sobre nuestro cuerpo, nuestros deseos y nuestras apuestas en la medida en que no hemos logrado desvanecer de manera definitiva y efectiva todas las agresiones de las que somos objeto cotidianamente. Una mujer es violada cada media hora en Colombia y el ochenta por ciento de las víctimas son niñas, cifras que no bastan para escandalizar a nadie ni para que la ley nos proteja.

Asumir que las mujeres “no sabemos” implica desconocernos como personas, como sujetas de derechos y como parte fundamental de las dinámicas sociales. Esta percepción es tan solo la continuidad de la invisibilización de nuestras formas de ser, hacer y estar en el mundo, del olvido de nuestras tareas asignadas por la división sexual del trabajo.

Y precisamente por ello, confinadas al mundo privado, nuestro trabajo no vale ni se tiene en cuenta. Lavar, planchar, cocinar y cuidar no son un trabajo sino una obligación natural que tampoco merece remuneración. Somos trabajadoras y sabedoras de segunda y tercera ante nuestros maridos, hijos y colegas sin importar nuestros niveles educativos.

No se salvan ni las mujeres analfabetas ni las más doctas, que en años recientes han hecho esfuerzos para crear asociaciones de mujeres empresarias, científicas, filósofas para reivindicarse como productoras de saberes válidos, útiles e indispensables en nuestras sociedades. Tampoco se escapan las mujeres campesinas, indígenas y negras que han tenido que crear espacios propios de organización, encuentro y reflexión aún en medio de sectores “progresistas” y de “izquierda” para evitar que sus compañeros de lucha las callen, les nieguen la participación en los lugares de poder y comprendan al fin que son mucho más que simples notarias y autómatas al servicio de los liderazgos masculinos.

Que “no sabemos” es la cara negativa de las que “lo damos”, porque ellos en su histórica manera de construir nuestras identidades y las formas en que nos dominan han considerado nuestro cuerpo como un objeto que les pertenece, sobre el cual deciden sin preguntarnos nada. Entonces cuando alguna de nosotras tiene la osadía de adueñarse de su propia coseidad, de valorarse más allá de “la cosa” por medio de la cual la poseen tiene que ser satanizada y estigmatizada puesto que no hay mayor acto de rebeldía que el de decidir por nosotras mismas cuándo, cómo y a quién “se lo damos”.

Ahora que está tan candente el debate del lenguaje y la inclusión, vale la pena resaltar que la impersonalidad de la expresión “dárselo a un hombre” o “pedirlo” es una muestra más de la desposesión que sufrimos las mujeres de nuestra vida sexual que, por su potencia deseante, creadora de vida, reproductora vital de saberes sociales, no puede pertenecernos ni ser manejada por nosotras como se nos dé la gana a riesgo de desarrollar todo su potencial subversivo y rebelde.

Finalmente, esa tosquedad a la que Caballero se refiere es tan solo la punta del iceberg de un sinfín de violencias que debemos enfrentar las mujeres diariamente. Una ‘tosquedad’ que afirma el poder del macho sobre la hembra y que se agrava a medida que pensamos en las especificidades rurales, étnicas, etáreas y de orientación sexual. Vaya mire de qué forma brutal son asesinadas las travestis, torturadas y en completa impunidad. Vaya revise cómo se agrede a las mujeres lideresas reclamantes de tierras, de justicia para sus hijos y sus maridos cuando osan controvertir las lógicas de violencia en que se las inscribe.

Este texto está lejos de idealizar los saberes femeninos o sus alianzas; lejos de excluir a los hombres en la apuesta por la equidad femenina o considerarlos su enemigo; de considerarnos como agentes sociales puramente pacíficas o en silenciosa resistencia. Al contrario, se funda en la esperanza de tocar alguna fibra de las mujeres jóvenes que - con suerte - nos leen, para que ellas puedan descubrir, potenciar y desarrollar todo su poder sin miramientos. De tal manera que ellas puedan dárselo (el poder) bajo sus propias reglas.


LA GUACHAFITA