• Yamid Sanabria

Malditos celos


Múltiples sectores de la sociedad han naturalizado las conductas violentas, en especial las direccionadas a lo que se considera “débil” o “vulnerable”. La exclusión ha generado entornos marcados por la segregación social de acuerdo a la condición económica, la raza, la orientación sexual u otros aspectos que han determinado unos patrones culturales que se materializan desde la burla hasta la eliminación física.

A diario las opiniones discriminatorias pasan desapercibidas en imaginarios que van adoptando figuras como la de la mujer asociada a la satisfacción sexual, la fragilidad o el relato histórico donde quedan relegadas a ocupaciones que solo pueden ser realizadas por ellas. Esto ha desarrollo unas costumbres, acciones y ambientes que favorecen las relaciones de poder de quienes ostentan la supuesta “autoridad moral” o la aparente supremacía de la naturaleza.

La falta de una educación emocional ha conllevado a sucesos indeseables, donde encontramos sujetos que asumen a su pareja como parte de su patrimonio personal, lo cual se traduce en casos como el de Angélica Rodríguez quien fue asesinada el 01 de enero de 2017 en Garzón – Huila por una aparente discusión sentimental con su esposo; y aunque escandaliza el titular noticioso la primera semana, solo es un hecho más, que concluye con la judicialización del culpable.

¿De qué sirve la pena de cárcel cuando no se ataca el problema estructural de la violencia de género? Según un estudio adelantado por el profesor Alejandro Castro de la Universidad de Palermo (Argentina) los celos están determinados por las particularidades del “rival” en cada cultura y cada persona, y además varía de acuerdo a las condiciones adoptadas en el territorio. Ser parte de los mecanismos con los cuales se legitima la violencia nos hace parte del problema como sociedad, porque no basta con el rechazo mediático cuando se falta al respeto en el hogar, el colegio u otro espacio de movilidad ciudadana.

Combatir este problema público de las conductas violentas nos debe llevar a replantear la formación que damos desde la primera infancia con los estereotipos inculcados o las marcadas diferencias entre lo que hacen los hombres y las mujeres, con el fin de lograr un relevo generacional basado en el respeto por la diferencias y a vivir sin temores de inferioridad (de allí salen los celos).

Estos cambios culturales suelen tomar décadas y deben estar acompañadas de políticas institucionales que no sean solo parte del discurso de sus gobernantes, sino que se ajuste a las realidades sociales en el tiempo e inversión de recursos que apunten a la sensibilización, creación de procesos y el empoderamiento de toda la sociedad. Esta no es una causa exclusiva de las mujeres y tampoco tendrá héroes salvadores, el verdadero resultado se dará en la medida en que cambien nuestros esquemas sobre cómo debe ser él y ella.


LA GUACHAFITA