• Juan Carlos Acebedo

Un día después de la muerte de Rogelio Echavarría, El Transeúnte


Me desperté temprano esta mañana, no había salido el sol y en un gesto rutinario apagué la alarma del celular y revisé mi cuenta de Facebook; la primera nota que leí decía: “A los 91años murió el poeta Rogelio Echavarría”. Una fotografía en blanco y negro del poeta, mostraba una imagen suya muy cercana a la que tenía cuando lo conocí en Bogotá en 1995. Como un potente rayo de luz, la noticia de la muerte del poeta me devolvió dos décadas atrás.

Finalizaba mis estudios de periodismo en la Universidad de Antioquia. Con mi compañero de aulas Andrés Vergara, habíamos convencido a Juan José Hoyos, nuestro profesor, de que nos apoyara para realizar una investigación sobre dos grandes cronistas colombianos: José Antonio Osorio Lizarazo y José Joaquín Ximénez, como requisito para graduarnos de la carrera. Juan José nos había despertado en sus cursos de Periodismo y Literatura, el amor y el interés por la historia del periodismo y en especial de los grandes cronistas colombianos. Cuando nos aprobaron el proyecto de monografía, nos aconsejó viajar a Bogotá para buscar en las hemerotecas de esa ciudad las publicaciones de ambos cronistas en la prensa bogotana de la primera mitad del siglo XX. “Voy a concertarles una entrevista con el poeta Rogelio Echavarría, que es amigo mío, para que conversen con el sobre Osorio y Ximénez. Como periodista y editor durante varias décadas de El Tiempo, Rogelio conoce muchas historias de ambos y los podrá orientar en sus búsquedas”, nos dijo Juan José.

Andrés y yo acudimos puntuales a la cita en alguna esquina del centro de Bogotá, quizá sobre la carrera séptima. Rogelio llegó vestido de traje oscuro y corbata, con sus gafas de carey y su cabello todavía abundante, canoso y peinado hacia atrás. Tenía una actitud cálida, acogedora, algo así como la de un tío que estuviera recibiendo a sus sobrinos que venían a visitarlo por vez primera. Nos preguntó por Juan José con afecto y nos convidó a caminar por la séptima un par de cuadras hasta un restaurante español para que almorzáramos juntos. “Yo los invito”, nos dijo, adivinando nuestra situación de estudiantes pobres de provincia. En el segundo piso del restaurante, nos aconsejó un plato de la carta (nosotros nada sabíamos de gastronomía española), y charlamos durante un par de horas sobre nuestros proyectos y sueños, sobre sus recuerdos de Osorio Lizarazo y de Ximénez.

El trato de Rogelio hacia ese par de estudiantes que apenas si estaba conociendo, que venían de Medellín recomendados por un amigo, era de una calidez y una generosidad inesperadas. No habló mucho, pero sí nos miró a los ojos, nos escuchó, nos arropó con su sabiduría de periodista y poeta que rondaba los 70 años.

Pidió la cuenta y la pagó (no quisimos ni mirarla por la estrechez de nuestros recursos), y luego caminamos otras cuadras por la carrera séptima hasta que en una esquina nos despidió con un abrazo, deseándonos lo mejor en nuestras pesquisas.

Ahora no recuerdo bien si fue antes o después de conocer a Rogelio Echavarría, cuando leí su libro de poemas El Transeúnte, por el cual tiene un lugar ganado en la historia de la poesía colombiana del siglo XX. Varios de los poemas de ese libro recuerdo haberlos leído alguna vez al oído de la mujer que amo.

“Todos las calles que conozco

son un largo monólogo mío,

llenas de gentes como árboles

batidos por una oscura batahola” dice el poeta.

Nunca más volví a ver personalmente a Rogelio Echavarría, hasta cuando esta mañana me topé con su rostro afable en una noticia sobre su muerte. De cuando en vez mi amigo Gustavo Zuluaga, El Hamaquero, me daba algunas noticias sobre su vida. Así me enteré de su dolor hace unos años por la trágica muerte de uno de sus hijos más queridos. Y de algunas historias románticas como su reencuentro, medio siglo después, con la que había sido su novia en Santa Rosa de Osos, donde nació el poeta en 1926. Y de la preparación de un homenaje que se le iba hacer en Medellín, organizado por El Hamaquero, al que ya no podrá asistir Rogelio.

Cuando pienso en todo esto, en ese almuerzo en Bogotá con Rogelio Echavarría propiciado por mi maestro y amigo Juan José Hoyos, compruebo que la vida intelectual y la cultura de un país se nutren de esos encuentros entre personas que pertenecen a distintas generaciones, pero que están unidas por un mismo amor y pasión por las ideas, por la literatura, por las creaciones más sublimes del alma humana. Andrés Vergara y yo, que ahora enseñamos periodismo y literatura a jóvenes de universidades públicas en Medellín y en Neiva, fuimos hace 22 años a Bogotá a recibir el abrazo y la voz cálida de Rogelio Echavarría, único sobreviviente del grupo Mito, la legendaria revista que dirigió Jorge Gaitán Durán.

Mil gracias a Juan José Hoyos, por habernos regalado hace dos décadas ese diálogo con Rogelio Echavarría, hombre bueno, sencillo, un inspirado transeúnte por las calles ardientes de este país que todavía no se reconcilia consigo mismo, en el que “todos luchan solos por lo que buscan todos juntos”, como dice en uno de sus versos. El valor y el aliento que nos legó Rogelio en ese almuerzo en Bogotá, todavía nos alcanza para levantarnos cada día temprano y esforzarnos por dar lo mejor de nosotros mismos, en esta ardua y persistente tarea de cultivar el amor a la poesía y al buen periodismo entre los muchachos de hoy, que ya solo oirán hablar de Rogelio Echavarría si nosotros les damos la noticia de su vida honrada, creativa y de su muerte silenciosa y humilde a los 91 años.

Foto: Archivo Particular / Banco de la República


LA GUACHAFITA