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Venerar al narco: una expresión de la cultura traqueta


Foto: Colprensa

La multitudinaria despedida del número dos del Clan del Golfo, Luis Orlando Padierna, alias Inglaterra, en Carepa, Antioquia, demostró una vez más el arraigo que tiene el narcotraficante en algunos sectores de la sociedad colombiana. No se puede explicar de otra manera el hecho que cientos de personas hayan acudido a su sepelio en una caravana de motos, alcohol y “corridos”. La veneración del narco, en su máxima expresión.

El fenómeno es mucho más complejo de lo que parece. Estos individuos gozan de una legitimidad y un reconocimiento que los actores estatales no tienen porque precisamente han olvidado y descuidado los territorios: desde su infraestructura hasta la salud, la educación y la economía. Son los que imponen el orden social y dirimen conflictos. Se han ganado una autoridad que es impuesta por medios violentos y/o por aceptación de sus habitantes.

Dan mercados, construyen vías, dan empleo (como los raspachines de coca) y de esta manera, van construyendo unos lazos sociales y económicos que no brinda el Estado por su incapacidad institucional. Bien es conocido que en Colombia hay más territorio que Estado y donde no llega el Estado, surgen otros actores que imponen su autoridad.

Pero también, el narco ha permeado las capitales. Medellín y Cali acogieron hace unas décadas a los mejores exponentes de la denominada “cultura traqueta”, esa que privilegia el dinero fácil, el andar armado, la ley del menor esfuerzo y el derroche por encima de la austeridad. Fue tanto el reconocimiento que recibió, que años después esos imaginarios traquetos persisten en el comportamiento de los colombianos. De ahí viene el “usted no sabe quién soy yo, hijueputa”, “la ley es para los de ruana”, “hecha la ley, hecha la trampa”, “el vivo vive del bobo”, entre otros.

Hay que decirlo clarísimo: la cultura narcotraficante ha permeado completamente las bajas y altas esferas de la sociedad colombiana. Y se venera de diversas formas, como por ejemplo, comportándose como ellos. El exhibir riquezas (como grandes mansiones, joyas, relojes, yates, mujeres esculturales, fiestas exorbitantes, alcohol costoso, caballos y vehículos de alta gama) hace parte de la estética de esta cultura la cual se volvió hace mucho tiempo un referente para millones de colombianos. La máxima es la siguiente: no pasar desapercibido. Por cierto, no solo caben allí narcotraficantes sino también políticos, cantantes, empresarios, actores, futbolistas, entre otros, que recrean lo que se podría definir como la sociedad de los excesos.

Las novelas de RCN y Caracol que nacen de libros como Rosario Tijeras, No nacimos pa semilla y Sin tetas no hay paraíso han fortalecido esos imaginarios traquetos y le han mostrado a los jóvenes sus “beneficios”: rápido ascenso social, dinero por montones, prestigio, diversión, etc. Por si fuera poco, plataformas como Netflix están reproduciendo estos imaginarios a nivel mundial dado que conocen perfectamente los réditos que dan las series de narcos.

En el amplio el abanico de novelas y series se encuentra un relato común: personas humildes que ante las dificultades de su entorno, familias descompuestas y frustración en el estudio, se refugian en economías ilegales. Los hombres se convierten en sicarios a sueldo y las mujeres, en acompañantes de los criminales.

La difusión de estos relatos, infortunadamente, sitúa a los narcos como modelos a seguir y como referentes de una sociedad que no ofrece ningún tipo de ascenso social por medio de la educación. Se equivocan estos canales de televisión si creen que el mensaje que envían sus novelas es el de advertir los problemas que trae la cultura traqueta. Todo lo contrario, lo que hace es promoverla a gritos en los hogares colombianos y naturalizarla en las conversaciones cotidianas que cada vez más, involucran chistes propios de esta cultura de solucionar los problemas a bala, con plata o con ambas.

Cabe decir que este no es un fenómeno social exclusivamente colombiano. En México le llaman “Mirreynato”, que no es otra cosa que ostentar riquezas, independientemente si tiene origen legal o ilegal, para gozar de prestigio ante los demás mortales. Para situarse encima de los otros, para demostrar los privilegios que da el poder económico: marcar una frontera entre el que está arriba y el que está abajo.

Y de esta forma, sin darse cuenta, el de abajo termina venerando al narco, al que está arriba, siendo cómplice de esta degradación social que tiene por referentes a criminales y delincuentes. En definitiva, todo parece indicar que esta expresión de la cultura traqueta sigue muy presente en el país a pesar de que han pasado más de 24 años de la muerte de Escobar, creador de esta expresión y quien también reunió a una multitud de gente en su funeral.


LA GUACHAFITA