• Astrid Flórez

Los campesinos filósofos


Alberto es hijo de una familia campesina del Huila, un joven brillante que hila con claridad y autenticidad las críticas de Marx al capital, los neodesarrollismos productivos del gobierno colombiano con las Teorías de la Dependencia interesadas en el desarrollo agrario latinoamericano. Para obtener el pase de ingreso a este mundo de saberes que le brinda la universidad pública la mamá de Alberto vendió una gallina, sacrificó el almuerzo de ese día para la familia y obtuvo el dinero que infructuosamente había buscado prestado entre sus allegados para poder inscribir a su hijo al examen en el último minuto.

A clases nuevamente Alberto llega tarde, bien vestido, con la lectura subrayada y es el primero en levantar la mano. Más adelante, se disculpa por no traer el ensayo hecho, tan solo un avance, me cuenta que por razones de trabajo en la compañía de envíos tuvo que hacer el turno de la noche, no sé si desayunó o si podrá almorzar, pero está en clase, dispuesto a preguntar y comentar los conceptos de un personaje equis que jamás conoció el mundo en el que nació Alberto pero que le ayuda a repensarlo. ¿Sería capaz de cerrarle la puerta por llegar tarde, de no recibirle el texto medio avanzado?

Como proyecto de tesis Alberto me pregunta si puedo asesorarlo sobre formas de producción agroecológica que dejen “saldo pedagógico” y “estrategias de sustentabilidad para el campesinado” en los bordes de la Reserva Natural y la vereda donde su padre tiene unas vacas y unos cultivos en compañía. Me explica lo que quiere hacer y por qué. Alberto sabe desde muy niño cultivar, arriar las vacas, ordeñarlas, vender la leche, procesarla. Así como una infinidad de manejos productivos y ambientales aprendidos de su padre, tíos y vecinos que yo desconozco pero que como su profesora “tengo el deber” de orientar.

Al buscar cómo, trato de ir un poco más allá, de entender qué podrá hacer con esa tesis y de qué le servirá. Él es campesino y yo profesora de ciencia política. Debo aprovechar muy bien este diálogo, no sé cuándo podrá repetirse ya que entre resolver las urgencias económicas del día a día para comer y pagar el arriendo con los trabajos precarios que consigue, auxiliar a su familia, viajar al pueblo los fines de semana a ayudar con la cosecha, los turnos aleatorios y los ímpetus juveniles de quien descubre la capital del departamento, tardaremos un largo rato en volver a encontrar un momento para la asesoría de tesis. ¿Podría rajarlo por no asistir a la asesoría o por no encontrar rápidamente y en sus horas de estudio las herramientas conceptuales para fundamentar su proyecto cuando ni los más brillantes economistas del país lo han logrado?

En condiciones similares a las de Alberto se encuentra Iván, pero en este caso me han pedido que hable con él porque se le ve abstraído, sus compañeros de clase y viejos amigos me piden que no le dé la palabra porque solo dice cosas que nadie entiende, se pone muy cansón y agresivo. Mi diálogo con Iván siempre ha sido en el campo de la discusión académica, en ocasiones no le sigo sus razonamientos pero al llegar a casa, repensar sus preguntas me permite encontrar nuevas vetas para proyectos de investigación que serían muy bonitos.

Sin embargo no logro identificar la manera de entablar un diálogo más personal porque Iván siempre rehúye todo lazo con las necesidades concretas que sus compañeros dicen que sufre: tuvo que dejar la habitación que arrendaba, su novia “lo echó” porque se aburrió de sus rutinas y lecturas y él anda perdido, echado a la pena, dedicado a lo que mejor se sabe hacer en muchas regiones: refugiar las penas en el alcohol.

Podría contarles el caso de un par de amigos de otro pueblo que se turnaban la responsabilidad de pagar la comida y el arriendo semanalmente y que buscaban prestadas las fotocopias ya subrayadas entre sus compañeros para poder leer. Mientras el uno trabajaba el otro asistía a clase y tomaba atenta nota para explicarle al otro cuando este debía faltar. O el caso de Martín a quien su padre le prometió cederle las ganancias de la próxima cosecha siempre y cuando le ayude en el cultivo y no deje de asistir a clases, y de esta forma pueda tener unos ingresos para el siguiente semestre, mantener a su esposa e hijita de meses de nacida.

La universidad colombiana tiene una amplia deuda con el campo en las regiones. NO se trata solo de ampliar cupos o “llevar conocimientos” a las veredas. Se trata de reconciliar los proyectos de sociedad en las vidas de los estudiantes campesinos que acceden a la universidad, en permitirles construir un proyecto de vida que no disocie lo que son como campesinos de lo que aprenden en la universidad para convertirlos en seres urbanos.

Desde mi experiencia puedo decir que urgen proyectos pedagógicos universitarios que eviten en el mundo campesino lo que ha pasado con indígenas y negritudes. La esquizofrenia que otras comunidades denuncian frente a su acceso al sistema de educación superior les ha obligado a crear universidades propias puesto que nuestra educación superior, lejos de ayudar, vulnera sus proyectos comunitarios e interculturales, favoreciendo el desarrollismo y la mirada denigrante de lo que son como personas y colectivos.

Urge, por lo menos en el Huila y en el Putumayo, una experiencia universitaria que responda a las necesidades educativas de los jóvenes del campo que acceden a la pública. Esto no implica desconocer las múltiples iniciativas que se desarrollan en estas instituciones pero que desarticuladas y trabajando con las uñas poco conocemos. Los tiempos de la paz también implican que la pedagogía deje de ser una guerra entre docentes y estudiantes, entre la ciudad y el campo, entre quienes pueden pagar la universidad y quienes no.

Foto: Colección sobre Acción Cultural Popular, ACPO.


LA GUACHAFITA