• Andrés Mauricio Cabrera

Apuntes sobre el yermo: reflexiones a partir de Franz Kafka


En uno de los diálogos más hermosos y tristes sobre el amor, la vulnerabilidad, y la precariedad del ser humano frente a sí mismo y los demás, el personaje de K., titubeante, señala la última garantía que tiene para habitar un sitio del que nunca ha sido parte, que siempre le ha sido esquivo: “yo no puedo emigrar (…) he venido aquí para quedarme. Me quedaré aquí (…) qué es lo que podría haberme atraído de este lugar yermo, sino el anhelo de quedarme”. ¿Qué es eso que puede atraer a un ser humano a la tierra donde nada crece? ¿Qué es aquello que sostiene a un hombre cuando sus esperanzas, finitas y precarias, se estrellan contra el viento para no volver? En su intento por justificar una vida atada a las vicisitudes y caprichos de unos hombres que no conoce (los habitantes del castillo), K. se permite dudar sobre aquello que es constitutivo de su vida: no hay amor que cure el dolor de la partida…no hay afecto que permita aferrarse a la tierra y germinar, no existen los girasoles bañados de lágrimas azules.

Entre las idas y venidas de una discusión entre dos amantes, Kafka traza el hogar del desterrado: sus paredes, itinerantes y removibles, sólo separan la distancia entre un “verdadero” ciudadano y aquel que, a la espera de la risa del posadero y el campesino, transita el camino veredal a la luz de la noche. Si algo tiene el desterrado de Kafka, es la posibilidad de habitar la soledad de su existencia entre el café de la mañana y el ruido de la máquina de escritura que taladra las paredes en la tarde.

Si su residencia es un salón de clase, o un juzgado, o una peluquería, no tiene sentido: su paso por el mundo es siempre precario, porque vivir implica enfrentarse al riesgo de justificarse a sí mismo (no tiene importancia si se trata de hacerlo en un proceso judicial o ante las autoridades laborales del último pueblo del planeta), de saberse anclado a las vicisitudes de la piel. Para Kafka, vivir es una actividad de medianoche, el parpadeo del aturdido ante el pliego de cargos que, entre líneas, esconde las palabras que incineran la propia alma. En este sentido, vivir es siempre un tránsito: el camino que separa el paso dado del que pudo haber sido; a la espera de los demás, siempre frente a sus rostros sonrientes pero aturdidos, expectantes, tristemente insinuantes. Un lugar, un objeto, no dicen nada: son el mero rezago del trastabillar del ser humano por el mundo, su afán de justificación tras un beso en la roja madrugada.

“No existe un camino, ni se hace camino al andar”, replicaría un K. ofendido por todos aquellos que señalan, mesiánica y estúpidamente, un sendero del que no se sabe nada. A la larga, cada paso no es más que la reiteración de un simple movimiento, una acción mecánica, irreflexiva, que no deja ver mucho a pesar de señalar algún sitio. La vida es el instante entre dos momentos, la pisada sobre la arena que se extingue ante el beso del mar, el llanto de un niño a la luz de las farolas, brasa púrpura de tristeza, reiteración de un movimiento que no conduce a nada; pero que, al final del día, traerá consigo la necesidad de justificar la existencia propia.

Dicho de otra forma, las personas, para Kafka, transitan sus vidas entre labores insignificantes y risibles, a la espera del momento en que es necesario vivir o morir para saber quién carajos es uno mismo. Al final del día, no existe vida después del proceso, ni trabajo en el castillo: no hay otra justificación para llamarnos humanos que el sentir hambre o el aguantarla, por decisión o precariedad. Para Kafka, el alimento parece ser el refugio ante la elusión del instante en que toda esperanza se ha visto perdida (o, si no, que le pregunten al artista del hambre: suicida de noches amarillas y escasas palabras, para quien comer nunca es una opción; o a K., que cena con Frieda mientras todo queda por decir): la mirada esquiva que lame el atardecer y sus cenizas en la noche, deseando que sea otro día, que existan nuevas oportunidades, aguardando un sendero del que no se ha sido parte, porque no se ha vivido, mientras se legajan papeles en oficinas miserables a las que se debe la posibilidad de comer, pero nunca de saberse saciado.

Al final del día, la obra de Kafka es un canto a la vida del miserable, a la impotencia del desterrado: se ha nacido en un mundo desconocido, infame, gris y apabullante, pero no existe otra tierra para cada uno de nuestros pasos. Mientras hilvanamos el ropaje de nuestro nombre (siendo que no importa si se es K., o Andrés, o el que sea: el nombre no es más que un rezago lingüístico, la pereza de los vivos para no apresar el movimiento a partir de la sacralización de lo inerme) en la ebria danza de la existencia, aguardamos el instante, la palabra al final de la charla, el silencio ante la risa: esperamos el instante en que el espacio exuda nuestra alma, porque no hay otra forma de saberse vivo que desafiando la cárcel del nombre, el trabajo, la quietud del negro abrazo en la noche y el silencio. No hay otra manera de vivir que caminando, viendo brotar la sangre sobre el yermo: si bien el mundo exige que nos adaptemos a sus demandas, siempre podemos desafiarlo en sus términos. La única emancipación posible es la del hombre de su sombra: “que no queden pisadas, ni rezagos de mí tiempo”, dirá un personaje de Kafka, “que no quede un hogar, pues nunca fui libre aquí. Y sólo me supe vivo a partir del dolor, y el gesto que provoca el saberse perdido. No sentí piel y alma para no enfrentarme a mí mismo. Pero, en algún instante, supe hallarme, entre folios y expedientes de otra gente…en algún tiempo, en otro lugar”.

Porque vivir no importa si no es para perderse. Y comer, alimentarse del mundo (labor difícil y extenuante), nunca implica la saciedad. El alma no puede saciarse: nadie desea morir antes de tiempo. Y por eso lloramos, porque el llanto es la risa de los que viven y después mueren.


LA GUACHAFITA