• Carlos Losada

La paz en el pantano de Vargas


Hace doscientos años, en las tierras del departamento donde la música carranguera se convertiría en ícono de su gente, sus costumbres e idiosincrasia, se presentaba una de las batallas más importantes en el proceso independentista del entonces virreinato de la Nueva Granada de la corona española.

Nadie imaginaría que en la actualidad pudiésemos usar el nombre de esa emblemática batalla para señalar, a consideración de quién les escribe, uno de los más bochornosos episodios de nuestro Congreso de la República; de igual forma, tras varias décadas de conflicto interno con grupos al margen de la ley no contemplábamos la opción de sentarnos a desarrollar un proceso de paz que finalizara con la firma de un acuerdo. No era la primera vez que nos sentamos a solucionar las discrepancias hablando, pero si era la que en los índices de la opinión pública ocupara un punto importante.

Con la reelección del Presidente Juan Manuel Santos se abría un camino a la finalización de una guerra que le arrebató la vida y la tranquilidad a cientos de miles de colombianos. Y es de la mano de esta bandera política que se establecieron los programas ambiciosos que llevaran a la modernización y presencia total del Estado en el territorio, tarea que le fue designada a Germán Vargas Lleras; hasta ahí, todo acorde a lo esperado. El problema se presentó cuando, al renunciar a su cargo como Vicepresidente de la República, las cosas tomaron un giro diferente.

Hoy, desde la esquina como candidato presidencial, recorriendo el país y recogiendo firmas, le vemos cobijándose de los diferentes discursos para abanderarse del centro de la política. Su particular postura de lanzarse sin el respaldo de Cambio Radical ha generado debate y controversia; y es que luego de la separación con la coalición de Gobierno, la puesta en marcha de los acuerdos de paz no parece tener un norte definido.

La razón: al Congreso de la República se le ha olvidado legislar, específicamente en la Cámara de Representantes. Y traigo a colación este tema por el hecho de saber que Rodrigo Lara Restrepo, actual presidente de la Cámara de Representantes no refleja en nada la labor loable y los sacrificios de Rodrigo Lara Bonilla.

El padre del actual Presidente de la Cámara de Representantes es otra historia que contar, tanto así que en un primer instante cuando me interesé por conocer la historia del que hoy llamo mi segundo hogar, observé el amor que le tienen los huilenses a un mártir de las buenas causas. Apoyó los diálogos con las FARC que se desarrollaron durante el Gobierno de Belisario Betancur siendo ministro de Justicia (último cargo que ocupó antes de ser asesinado por el Cartel de Medellín) y manifestó en reiteradas ocasiones que la idea de paz en Colombia era completamente inviable sin educación y justicia social.

Hoy recuerdo aquellos fragmentos de sus ideales y esperaría que, luego de treinta y tres años de su asesinato, su hijo en la Cámara de Representantes aprovechara esos súper poderes que le otorgan ser presidente de dicha corporación para sacar adelante elementos propios de la lucha de Lara Bonilla: buscar los mecanismos necesarios para poner en marcha la Jurisdicción Especial para la Paz y lograr el trámite necesario para la reforma política. Un pequeño aporte pero un gran paso para lograr la construcción de verdad, justicia y no repetición de actos. Una contribución a abrirle la puerta a las voces minoritarias del país y a la construcción de memoria histórica nacional.

Foto: Las 2 Orillas.


LA GUACHAFITA