• Daniel Cortés

El día del odio


Empecé a leer la Novela “El día del odio” escrita en 1952 por Jose Antonio Osorio Lizarazo en enero de 2017. Son 16 capítulos, en orden cronológico. Concebida como una obra de la literatura urbana, la obra narra las vicisitudes afrontadas por Tránsito, una bella campesina de 17 años que llega a la ciudad a laborar como sirvienta de una familia de clase media. Durante los meses anteriores al 09 de abril de 1948 en Bogotá, una capital que apenas surgía, con notorias desigualdades entre los ricos y la plebe, se respira una ambiente de marasmo. Esperaba otras enseñanzas del libro porque decidí leerlo con el fin de profundizar más en la vida personal de Jorge Eliécer Gaitán Ayala, pero para grata sorpresa, vislumbré unos consejos poco aparentes e inesperados en la obra de Lizarazo.

La desigualdad persiste porque las leyes están hechas por los ricos y por ende, en favor de éstos. Aunque se ha tornado complicado desde otrora, alguien con las cualidades morales de Gaitán debe asumir las riendas del país algún día cercano; alguien que haya escalado posiciones y cumplido metas en virtud del mérito propio. Los que lo han intentado han sido asesinados en su derrotero hacia la presidencia (Gaitán, Pizarro, Galán, Pardo Leal, entre otros), pero guardo la esperanza de que en pocas décadas la sociedad reafirme su dignidad y apoye a una persona que no se venda fácil, que sea independiente en virtud de la tenacidad y disciplina en el cumplimiento de sus metas.

La mayoría de personas de escasos recursos económicos son seres humanos que no tuvieron oportunidades laborales ni académicas para surgir y mejorar su mínimo vital. Ante las dificultades optaron por seguir el camino de sus ascendientes, lo cual es un ciclo patrocinado por las altas esferas que se puede acabar con acciones pequeñas como no tener tarjeta de crédito o pagar en máximo dos cuotas; caminar y usar más la bicicleta, consumir alimentos a precios proporcionales a nuestros ingresos; invertir en diversión con mesura y estudiar todos los días. Asimismo, se nos olvida que esa falta de recursos es únicamente de índole patrimonial. La riqueza mental está intacta en cada uno de nosotros, por lo que debemos enfocarnos en mejorar la percepción que tenemos de la sociedad y mejorarla. Al final nos daremos cuenta que todo acción tiene su consecuencia, si obramos bien, en algún momento llegará la oportunidad laboral, académica o amorosa que buscábamos.

Nadie es independiente, todos dependen del político de turno, de sus apellidos, de sus conocidos en entidades públicas o privadas, de sus acreedores; pocas personas logran sus metas por sus propios méritos, lo que hace complicado el progreso de la sociedad.

Todos se quejan pero nadie actúa, todos se quejan de los corruptos pero cuando llegan a un puesto de poder académico, político, militar, civil o similares lo primero que hacen es buscar el beneficio personal y no el general, debido al ciclo que han tenido que sobrellevar para estar allí.

Ahora, en cuanto al aprovechamiento del tiempo libre, la obra permite aseverar que el alcohol es la compensación a las derrotas perennes y sufrimientos de los menesterosos, a través de la chicha se ha calmado el hambre del pueblo desde los albores de la humanidad (Gran Bretaña invadió China dándoles opio gratis y en la Bogotá de inicios del siglo XX se abrían chicherías en todos los barrios emergentes de obreros y empleadas domésticas), con base a lo expuesto, es recomendable consumir menos alcohol cada día, solo en ocasiones especiales que ameriten un agasajo con familiares, compañeros de trabajo y excelsas amistades.

Quedo convencido del buen camino por el que va la sociedad Huilense pero puede y debe ser con mayor enfoque, en especial, encaminado al mejoramiento de la calidad de vida. Debemos cumplir las metas gracias a nuestras convicciones y a la disciplina aplicada. Esto nos llevará a tener una vida íntegra, completa y feliz, sabiendo por dónde tuvimos que pasar y los sacrificios hechos que más adelante se percibirán como ínfimos ante la grandeza de las hazañas alcanzadas.

Para finalizar, expreso la gran alegría de pertenecer a este proyecto interesado en mejorar la vida de la sociedad Huilense, empoderar a los que tienen ganas de ayudar y reivindicar los valores que están amenazados constantemente por la ruptura del tejido social generado en Colombia a partir de la desigualdad perenne que nos agobia.

Adicionalmente, tal como lo expone Elizabeth Castillo Guzmán: “Esta literatura de los muchos “día del odio” constituye un variado campo de novelas, cuentos, crónicas periodísticas y obras de teatro. Algunas privilegian la voz de las víctimas, su psicología; otras el perfil de los victimarios, la naturaleza de las múltiples violencias sean estas legales e ilegales, o las formas de resistirlas.

Cóndores no entierran todos los días (1971) de Gustavo Álvarez Gardeazábal; El Cristo de espaldas (1952) y Siervo sin tierra (1954) de Eduardo Caballero Calderón; El día del odio (1952) de José A. Osorio Lizarazo, La selva y la lluvia (1958) de Arnoldo Palacios; Viernes 9 (1953) de Ignacio Gómez Dávila, La Calle 10 (1960) de Manuel Zapata Olivella (1960), Estaba la pájara pinta sentada en su verde limón (1975) de Alba Lucía Ángel, El cadáver insepulto (2005) de Arturo Alape y El incendio de abril (2012) de Miguel Torres, son algunas de las más notables piezas de este archivo literario. Ojalá algunas de estas obras sean parte del plan de lectura de nuestras instituciones educativas, pues la tarea consiste en comprender cómo y porqué razones se produjo esta violencia histórica entre nosotros, para vislumbrar el camino de la no repetición”.

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LA GUACHAFITA